Las interfaces cerebro-máquina son dispositivos de gran utilidad para que personas que han perdido la capacidad de comunicarse o moverse puedan recuperarlas, al menos en parte, gracias a la inteligencia artificial. La definición parece propia de un capítulo de Black Mirror, pero lo cierto es que es algo que lleva muchos años en estudio y que ya ha dado buenos resultados gracias a tecnologías como el Brain Gate. Este es un implante cerebral, desarrollado en la Universidad de Brown, que convierte las “intenciones” cerebrales del usuario en comandos para un programa informático, de modo que se materialicen en forma de movimiento.

Gracias a ella en 2006 se logró que un hombre paralizado pudiera mover un cursor para llevar a cabo una partida del videojuego Pong y que otras personas consiguieran mover objetos y brazos robóticos en ensayos clínicos en laboratorio. Sin duda es una herramienta con futuro, pero también cuenta con ciertos inconvenientes, como los peligros derivados de la operación necesaria para colocar los electrodos en el cerebro. Por eso, Elon Musk lleva años tratando de desarrollar junto a un equipo de expertos en la materia una interfaz que también permita leer la actividad cerebral y transformarla en órdenes para una máquina, pero a través de una intervención mínimamente invasiva. Así nació Neuralink, una compañía cuyo trabajo ha permanecido prácticamente en la sombra desde 2017, pero que finalmente ha sido expuesto por el empresario estadounidense en una gran presentación, celebrada anoche.

Hilos “cosidos” al cerebro

La tecnología desarrollada por Neuralink consiste en la colocación de hilos flexibles más delgados que un cabello humano, en cuyo interior se encuentran los electrodos necesarios para recoger la actividad cerebral. Se disponen sobre el cerebro con ayuda de un dispositivo similar a una máquina de coser, que los va uniendo a ritmo de seis hilos (192 electrodos) por minuto. Además, lo hace evitando los vasos sanguíneos, lo cual supone una gran ventaja de cara a reducir posibles respuestas inflamatorias. El resultado es un cableado cerebral potencialmente menos dañino que el que se utiliza en la actualidad.

En cuanto al método para llegar hasta el cerebro, el objetivo de los científicos detrás del proyecto es lograr hacerlo con ayuda de un láser, para evitar las perforaciones en el cráneo que se tienen que realizar con otros métodos alternativos. En definitiva, según ha declarado el cirujano jefe de Neuralink, Matthew MacDougall, esperan que en unos años se pueda instalar esta interfaz con un procedimiento similar al de la cirugía ocular Lasik, minimizando la invasividad y eliminando la necesidad de utilizar anestesia general.

Este sería el final, pero aún falta mucho camino por recorrer, pues hasta ahora solo se ha probado el dispositivo en ratas de laboratorio, en las que los resultados han sido muy positivos. Tampoco han solicitado aún los permisos pertinentes a la FDA, encargada de supervisar la seguridad de los alimentos y medicamentos dirigidos a una futura comercialización en Estados Unidos.

Una vez que se superaran todos estos pasos, el dispositivo definitivo incluiría la implantación de cuatro sensores, tres en áreas motoras (encargadas del movimiento) y una en un área somatosensorial (vinculada a la percepción de los sentidos). La batería se encontraría en un dispositivo situado detrás de la oreja, que se conectaría de forma inalámbrica a los sensores, de modo que la actividad cerebral que estos capten pueda transformarse en órdenes para una máquina externa, como una extremidad robótica o un ordenador, por ejemplo.