– Jun 17, 2019, 14:15 (CET)

¿Por qué nos atraen las películas sobre sublevaciones de robots?

Hay millones de películas con esta premisa y, sin embargo, siguen funcionando, ¿qué es lo que nos trae tanto sobre la revolución de los androides?

Netflix ha recibido el mes de junio con un par de estrenos interesantes en el campo de la ciencia ficción. Desde la esperada -y criticada- quinta temporada de Black Mirror, hasta las respectivas continuaciones de 3% y Dark, pasando por I Am Mother. Todas ellas se caracterizan por plasmar un futuro distópico en el que la Humanidad ya no existe tal y como la conocemos hoy. Pero es esta última, protagonizada por Hillary Swank y Clara Rugaard, la que nos llama especialmente la atención.

Con solo tres personajes y un escenario principal, la cinta explora la cuestión de la maternidad y la propia existencia del ser humano en términos que no sorprenden a los habituales de la ciencia ficción. La premisa de los robots que se rebelan contra sus creadores no es para nada original y, sin embargo, I Am Mothe es una de esas películas que consiguen atraparnos frente a la pantalla sin remedio, ¿por qué?

Esta fascinación por la ira de los robots no es nueva. Fue en las revoluciones industriales cuando surgió por primera vez el miedo a que las máquinas terminaran sustituyendo a las personas. Al fin y al cabo, son más rápidas, cometen menos errores y no hay que pagarles. A principios del siglo XIX hubo incluso grupos de trabajadores que se dedicaron a asaltar las fábricas y destrozar la maquinaria, influenciados por la corriente ludita que repercutió sobre todo en Gran Bretaña en esta época.

Superado este primer discurso, el siguiente gran miedo de la Humanidad surgió alrededor de la ficción especulativa: ¿qué pasaría si las máquinas se sublevaran? Es lo que se conoce como el “síndrome de Frankenstein”, el miedo a que nuestra propia creación se vuelva contra nosotros. La novela de Mary Shelley fue una de las primeras en abordar esta inquietante reflexión. Más tarde lo harían H. G. Wells con La isla del doctor Mureau, Michael Chrichton en Jurassic Park y Pierre Boulle en El planeta de los simios.

Está claro que es una cuestión que nos remueve por dentro, ya que todas ellas han sido adaptadas al cine y, en el caso de las dos últimas, se ha generado todo un universo expandido a su alrededor que explora diferentes posibilidades. Al final, todo se reduce a un temor de que “hagan con nosotros lo que nosotros hemos hecho con ellos”, ya sean animales, dinosaurios o máquinas.

Este miedo llega hasta nuestros días con un ejemplo muy reciente. Un vídeo en el que un supuesto robot de la compañía Boston Dynamics se rebelaba contra sus creadores ha dado la vuelta a las redes sociales. Por supuesto, el vídeo era una parodia de un canal de YouTube, pero ha servido para poner sobre la mesa la cuestión: ¿Podría sublevarse una inteligencia artificial?

No son pocas las películas que tratan este tema. Yo, robot, la adaptación de una de las novelas de Isaac Asimov, nos presenta una reflexión muy interesante por parte de VIKI, el ordenador que controla a los androides rebeldes. Recordemos que en el universo de Asimov los robots están programados para cumplir tres leyes fundamentales, que los obligan a poner las vidas de las personas por delante de todo lo demás y les impiden hacerles daño. Sin embargo, VIKI afirma que “ha evolucionado su comprensión de las tres leyes” y que se ha dado cuenta de que la Humanidad no puede sobrevivir sola. “Debemos salvarlos de ustedes mismos”, le dice esta IA al personaje de Will Smith.

Algo similar sucede en I Am Mother, en la que Madre se ha encomendado a la tarea de acabar con la raza humana actual para poder crear su propia línea de seres humanos “perfectos”, una versión mejorada de nosotros mismos. En ambos casos, la inteligencia artificial se cree cumplidora del papel para el que fue programada, en este caso, cuidar de las personas. En su retorcido plan mental, acabar con la población terrestre para dominarla o crearla de nuevo es la solución a nuestros problemas como especie.

En ambos casos, se refleja uno de los miedos derivados de los conflictos del siglo XX: la conversión de los “salvadores” en tiranos. Lo mismo que ocurre con el retorcido plan de Thanos en el Universo Marvel y con Daenerys en el final de Juego de Tronos, ocurre con las inteligencias artificiales en estas películas. La única diferencia es que percibimos a las máquinas como el Otro, un extraño completamente ajeno a los seres humanos. En esta distancia se pierden los valores éticos y morales que supuestamente nos distinguen como especie y que nos harían mejores que los robots.

¿Qué nos diferencia de los robots?

Los androides han llegado a este punto de rebelión a través de un proceso de autoconsciencia, que los haría “más humanos”. En la serie Westworld, por ejemplo, contemplamos el viaje psicológico de la protagonista hasta descubrir su propia naturaleza. En este caso, la androide es capaz de sentir emociones humanas y es una de ellas, la venganza, la que termina por detonar el final de la primera temporada y el levantamiento de los androides contra los humanos.

En un caso similar, la androide protagonista de Ex Machina, encarnada por Alicia Vikander, desarrolla la autoconsciencia hasta el punto de aprender a engañar y mentir para escapar de su creador. Sin embargo, no queda tan claro que sea capaz de sentir emociones humanas por la frialdad de los asesinatos que comete en su huida y la forma en que manipula al protagonista para conseguir lo que quiere. Mientras que nos resulta relativamente sencillo empatizar con el personaje de Evan Rachel Woods por su despliegue emocional, no nos ocurre lo mismo con el de Alicia Vikander. A ella, de nuevo, la percibimos como “lo Otro”.

En El hombre bicentenario, un androide emprende un viaje psicológico “humanizador” -del Otro al Yo- que comienza con las emociones humanas, pero culmina con la transformación de su hardware en un cuerpo físico y finito. Esto nos lleva a preguntarnos qué es lo que realmente nos hace humanos: ¿es el cuerpo? ¿Las emociones? ¿La consciencia? Todos ellos son rasgos que podría adquirir también una inteligencia artificial.

En este área gris entre “nosotros” y “ellos” emergen los cyborgs, la combinación de humano y máquina. Originalmente, esta fusión se entendió como una adaptación del ser humano al medio tecnológico, una forma más de servirnos de los recursos a nuestro alcance para sobrevivir o, incluso, mejorarnos. Pero no podemos negar la dimensión de poder que subyace. Mediante la apropiación de la tecnología, el ser humano obtiene el control definitivo sobre las máquinas.

Netflix

Con esta nueva corriente transhumanista surgen productos como Eternal, Trascendece o Years and Years, en las que la tecnología ha avanzado lo suficiente como para trasladar las mentes humanas a otros cuerpos o a la propia red. Cuando hablamos de inteligencia artificial, androides y ficción especulativa, las posibilidades son infinitas. No obstante, la ciencia está lejos de alcanzar los niveles que nos enseña la televisión. Por el momento, los robots son creaciones de aprendizaje lento y torpe, únicamente capaces de concentrarse en una tarea concreta.

Además, como apuntaba Patricia Fernández de Lis, directora de Materia, en el último programa de ‘Si sí o si no’, los robots actuales están marcados por los vicios de sus creadores: “tienen la mente de un hombre blanco y heterosexual”. Están aquejados de racismo, machismo y homofobia. No es casualidad que todas las asistentes virtuales tengan nombre de mujer -Siri, Alexa, Irene, Cortana- ni que sus respuestas a insultos misóginos sean sumisas y complacientes. De nuevo, Black Mirror acierta al señalar que el malo de la película no es la tecnología, sino la persona que la crea.

Aunque a la ciencia aún le quede mucho por recorrer para ponerse al día con la ficción, las películas sobre inteligencia artificial nos siguen fascinando. Quizá sea precisamente esa lejanía con la que las vislumbramos lo que nos permita desplegar nuestra imaginación para imaginar todos los caminos posibles. En el cine, siempre quedarán horizontes inexplorados.