El pasado 30 de mayo, murió a los 76 años de edad una mujer a la que muchas personas deben no haber perdido la vista: Patricia Bath.

Aunque su nombre puede no sonar a muchos, el invento que la convirtió en la primera mujer afroamericana en registrar una patente médica se usa a día de hoy en quirófanos de todo el mundo para tratar las cataratas con éxito. Fue sin duda una gran científica, que supo romper todas las barreras con las que se encontró en su época, por ser mujer, de baja clase social y afroamericana. Y lo hizo dejando un legado que va incluso mucho más allá del láser ocular que inventó.

Becas muy bien aprovechadas

Patricia nació en Harlem, hija del primer hombre negro que trabajó en el metro de Nueva York y un ama de casa descendiente de esclavos africanos.

Desde muy pequeña sus padres se preocuparon por fomentar su curiosidad y sus ganas de aprender, a través de pequeños actos como regalarle un juego de química. Y lo consiguieron, pues pronto comenzó a sentirse realmente interesada por todas las ramas de la ciencia. Era también una buena estudiante, por lo que pudo obtener durante su época de adolescente una beca de la National Science Foundation que le permitió continuar sus estudios y realizar un exitoso trabajo de investigación que más tarde le valdría el Premio al Mérito de la Revista Mademoiselle.

Gracias a sus recién estrenados éxitos, además del esfuerzo de sus progenitores, pudo obtener primero el Bachiller Universitario en química y más tarde la carrera de medicina, en la Universidad de Howard. Después de licenciarse se mudó a California, donde se convertiría en la primera mujer afroamericana en ejercer como cirujana en su hospital universitario. Además, pasó a ser la primera oftalmóloga del Instituto de los Ojos Jules Stein, de UCLA.

Salvando ojos por todo el mundo

Uno de los grandes trabajos que debemos agradecer a Patricia Bath es su preocupación por la salud de los ojos de las personas con menos recursos. Observó que en las comunidades más desfavorecidas de Estados Unidos se producían problemas de visión derivados de causas que podían prevenirse a través de la educación, la divulgación y la implicación de los servicios públicos sanitarios.

Fue así como cofundó en 1970 el Instituto Americano para la Prevención de la Ceguera, una organización sin ánimo de lucro que defendía la visión como un derecho básico del ser humano. Además, se convirtió en pionera en una nueva disciplina, llamada oftalmología comunitaria, que la llevó incluso a atravesar las fronteras de su país natal y viajar hacia países como Pakistán o Nigeria, donde ayudó a tratar la visión de sus habitantes.

Una década más tarde, el uso de la tecnología láser comenzaba a ser muy estudiado en oftalmología. Patricia se sintió interesada por esta floreciente disciplina y se unió a las investigaciones sobre ella, patentando finalmente en 1988 la sonda Laserphaco Probe, que utiliza el láser para disolver las cataratas de los ojos. Gracias a ella, esta afección tan común entre pacientes de avanzada edad pudo comenzar a tratarse de forma indolora, devolviendo la vista a personas que habían permanecido ciegas durante años.

Pero la investigación de la doctora Bath no terminó ahí, pues con el paso de los años se convirtió en la autora de otras tres patentes, una de ellas para un método que utiliza los ultrasonidos para el tratamiento de las cataratas. También publicó 100 artículos de investigación y dedicó parte de sus años de trabajo a la divulgación de la oftalmología, así como a dar charlas a jóvenes interesados en la medicina, la ciencia y la tecnología. Incluso después de retirarse de la medicina siguió dando charlas y conferencias.

Falleció el pasado 30 de mayo, aunque no ha sido hasta esta semana que su hija ha hecho el comunicado oficial. Esta la define como una mujer sencilla, sin pretensiones y muy activa. Gracias a ese carácter, muchas personas han podido seguir viendo el mundo que les rodea. Ese gran legado sí que nunca morirá.