En el 2018, Ari Aster sorprendió a los fanáticos del cine de terror y a la crítica, con su ópera prima El legado del Diablo, en la que usó el horror folk como un recorrido por terrores inconfesables de índole privado. Con la evidente referencia de la película El bebé de Rosemary (1968) de Roman Polanski, Aster construyó un argumento tenebroso en que la forma de narrar se sustenta sobre un misterio que no se revela de inmediato.

El film juega con la idea de una conspiración que apenas puede entreverse en medio de lo que parece ser un ritual de largo alcance, que involucra a los miembros de una familia disfuncional que enfrenta el desamor y después, un violento duelo. Todo bajo las sombras claustrofóbicas de una casa familiar en la que las puertas cerradas ocultaban el miedo. La percepción de la naturaleza del mal en El legado del Diablo es lo suficientemente antigua, como para vincular un proceso mágico que no se revela, pero cuyas consecuencias estamos notando de forma muy evidente, como centro motor de la historia.

Para este verano, el director regresa con lo que parece ser la visión opuesta de la oscuridad densa y peligrosa de El legado del Diablo con Midsommar, una apuesta arriesgada que según su primer y hasta ahora único tráiler, muestra el terror de una manera poco usual: mientras que en El legado del Diablo la efectividad del miedo residía en las tinieblas que rodeaba a los personajes, en Midsommar la luz está en todas partes.

En el corto avance de apenas un par de minutos, la película de Aster muestra lo que parece ser un escenario plácido y rural, además de los primeros apuntes de una historia en la que el terror ocurrirá bajo el sol brillante de una primavera con tintes surrealistas y fantásticos. La fórmula resulta del todo sorprendente, en especial porque las pocas escenas del tráiler dejan claro que el terror — del mismo tenor iniciático y primitivo del que mostró en El legado del Diablo — ocurrirá a plena vista. ¿Podrá funcionar una combinación semejante?

No es el primer intento reciente de llevar el horror a una dimensión nueva: En ¡Huye! (2017) la primera incursión en el cine de terror de Jordan Peele, la mayor parte de la trama ocurre en medio de escenas impecables que la cámara que observa desde cierta distancia prudencial. Y aunque no pertenece al género del horror folk, Peele utiliza códigos parecidos para analizar el miedo a plena vista. Gran parte de la trama ocurre bajo el sol y el ambiente radiante y cálido de un paisaje engañoso y plácido. Con ciertas reminiscencias a La Lotería de Shirley Jackson (la visión cínica sobre el horror de una aparente normalidad), el argumento de ¡Huye! transcurre bajo la apariencia de lo corriente. Entre recorridos en coches lujosos, cenas familiares e incluso una gran celebración familiar bajo el sol, el miedo — o lo que lo produce — no se esconde de inmediato entre las sombras y ese ese contraste, lo que hace que los puntos realmente terroríficos del guion, sean más duros y potentes. 

Algo semejante ocurre en la ya icónica La Bruja (2016) de Robert Eggers, que utiliza la luz para crear una atmósfera malsana sobre visiones clásicas sobre el bien y el mal, el horror y la beatitud y sobre todo, mostrar el arquetipo de la bruja como una figura ambigua y la mayoría de las veces aterradora. Robert Eggers crea una propuesta que se nutre de todo tipo de símbolos y metáforas visuales en la que la luz es la protagonista: desde los parajes bañados por la fría luz invernal hasta el resplandor húmedo del bosque que acoge lo sobrenatural, en La Bruja la iluminación juega un papel naturalista que desmitifica el uso exclusivo de las sombras para provocar el miedo. De hecho, la mayoría de las escenas de la película imitan esquemas de iluminación de cuadros clásicos, lo que brinda una belleza espectral a sus momentos más duros y angustiosos. 

Según deja traslucir el trailer de Midsommar, Aster utiliza de nuevo como centro del argumento un conflicto emocional: la joven pareja formada por Dani (Florence Pugh) y Christian (Jack Reynor) debe enfrentarse al final de su relación, a pesar que un conflicto familiar les obliga a mantenerse unidos. En mitad de una situación semejante, deciden viajar junto a varios de sus amigos a un festival de verano en una lejana y desconocida aldea sueca.

Pero la omnipresente luz del sol crea un escenario novedoso en el que el miedo y lo malévolo, es un elemento que no se oculta, sino que más bien se muestra a simple vista. Con su paisaje bucólico y su aire pastoral Midsommar es algo más que una historia de terror, también parece ser un notorio homenaje al terror como parte de lo cotidiano, hilvanado y combinado con la percepción de la naturaleza primitiva del ritual como amenaza.



Mientras que El legado del Diablo creó una atmósfera malsana basada en matices de la oscuridad (las escenas en el interior de la casa de la casa familiar, el bosque circundante e incluso, el pueblo que les rodea están sumidos en una colección de sombras triples), *Midsommar muestra el terror como un conjunto de elementos que enlazan lo habitual con un tipo de poder críptico. Una de las escenas centrales del trailer muestra un ritual con la simbólica espiral pagana, en medio de un paisaje brillante y miembros vestidos de blanco celebrando bajo un cielo de un azul casi irreal ¿Que hace que algo semejante nos resulte terroríficos? Aster usa elementos con que se ha identificado las deidades sin nombre en una clara referencia al paganismo, pero también un tipo de violencia sofisticada bajo la apariencia de la belleza. ¿Será la película un recorrido en sentido inverso sobre nuestras supersticiones sobre el miedo y lo terrorífico basado en lo que no podemos ver?

El horror folk (tanto literario como cinematográfico) siempre ha permitido que lo terrorífico pueda tocar extremos contradictorios con enorme facilidad: el escritor Adam Scovell lleva casi una década entera en la investigación del terror con raíces paganas, lo que le ha llevado a reflexionar sobre el cine y la literatura de género alrededor del mundo.

En su libro Folk Horror: Hours Dreadful and Things Strange (2017), el autor se pregunta si el resurgimiento del terror folclórico en la cultura popular (con películas y libros que meditan sobre lo primitivo sin nombre como imagen fabulada del miedo), es una vuelta de tuerca sobre lo que nos produce temor y un regreso a cierta percepción pura sobre el miedo. ¿En la oscuridad o bajo la luz? Scovell, que ha dedicado buena de su carrera académica al análisis de lo tradicional como parte del terror en la cultura pop, se hace preguntas pertinentes sobre el hecho de lo que nos asusta como hilo conductor hacía una dimensión primitiva de la naturaleza del hombre contemporáneo. ¿Se trata de un resurgimiento del interés por las raíces más antiguas de lo que consideramos identidad colectiva? ¿Es la oscuridad el símbolo primigenio del miedo o, al contrario, es la luz una paradójica manera de analizar lo temible desde lo que no puede ocultarse? ¿O se trata de una búsqueda de sentido al cinismo contemporáneo a través de la noción del miedo inexplicable? Sea cual sea la respuesta, el terror folclórico se encuentra en todas partes, analiza al individuo desde lo originario y es ese su mayor triunfo.

Ari Aster parece tener muy en cuenta la confluencia de esa noción sobre el miedo basado en lo primitivo, mucho antes que el miedo —o lo que lo produce— se pudiera catalogar de bueno o malo. En El legado del Diablo, tal pareciera que los escenarios radiantes e iluminados de las escenas al aire libre se entrecruzan con las percepciones diminutas y ofuscadas de Annie en su obra inacabada. En medio de ambas cosas, el terror se orquesta como un juego de luces y sombras. Midsommar llegará a las pantallas de cine el día 3 de julio y quizás, un nuevo tipo de terror visible que basa su efectividad no en lo que oculta, sino en lo que nos obliga a mirar.