Uno puede llegar a imaginarse lo que se le puede hacer la boca agua a un productor de cine cuando conoce el éxito que ha tenido una novela, o una saga narrativa, si le da por pensar en adaptarla; o el gran interés que puede despertarle a un director en busca de proyectos suculentos. Se titule Harry Potter (J. K. Rowling, 1997-2007), Juego de tronos (George R. R. Martin, desde 1996), Cien años de soledad (Gabriel García Márquez, 1967) o, y a eso vamos, El Señor de los Anillos (J. R. R. Tolkien, 1954). El primer cineasta que plasmó la Tierra Media en el séptimo arte fue Gene Deitch (Tom y Jerry) con su corto animado El Hobbit (1966), seguido de Jules Bass, Arthur Rankin Jr. (El vuelo de los dragones) y Ralph Bakshi (American Pop) con su trilogía de animación, que abarca desde El Hobbit hasta El retorno del rey (1977-1980).

Pero pocas dudas ha de haber al considerar que la del neozelandés Peter Jackson (King Kong) como la adaptación definitiva, mucho más en lo que respecta a los tres filmes de El Señor de los Anillos (2001-2003) que a los de El Hobbit (2012-2014), por supuesto. Y uno se pregunta qué hubiese pensado el viejo Tolkien de su primera e inconmensurable trilogía, uno de los eventos cinematográficos del siglo. Sobre todo al saber que el británico padre de Frodo Bolsón y compañía se enfadó lo suyo al leer en 1958 el primer libreto que le presentaron para que su epopeya sobre el Anillo Único se estrenase en la gran pantalla. Había sido redactado por el desconocido Morton Grady Zimmerman a propuesta del novelista californiano Forrest J. Ackerman (Mr. Science Fiction’s Fantastic Universe), especialista en ciencia ficción, y el productor televisivo neoyorkino Al Brodax (Popeye, el marino).

En verdad, a Tolkien le había encantado el diseño de arte del filme, que se acercaba más al estilo del ilustrador inglés Arthur Rackham que al dulcificado de Walt Disney, el cual le daba cierto repelús. Y parecía estar de acuerdo con el cóctel de animación, imágenes reales y miniaturas que planeaban Brodax, Ackerman y Zimmerman, además de las tres horas de metraje con un par de interludios. Pero el guion le hizo echar humo negro por las orejas y, en una carta de junio de 1958 para Ackerman, le descerrajó sin ambages todo lo que sigue: “Les pediría que hagan un esfuerzo de imaginación suficiente para comprender la irritación (y, en ocasiones, el resentimiento) de un autor que encuentra, cada vez más a medida que avanza, su trabajo tratado como parece descuidadamente en general, en ciertos lugares imprudentemente y sin signos evidentes de apreciación de lo que se trata”.

Lo mínimo que puede uno decir es que el bueno de John Ronald Reuel no se andaba con chiquitas si alguna cosa no era de su agrado, y desgranó todo lo que no le gustaba del libreto de Zimmerman. Había “cortado las partes de la historia de la que depende principalmente su tono característico y peculiar”, con una tendencia común a reducirlo “hacia un cuento de hadas más infantil” o los “modernos convencionales” y, a la vez, con un “impulso hacia la cientificación” impropio de la obra literaria. No había “hecho ningún intento serio de representar adecuadamente el corazón de la historia”, pecado capital. “¡Zimmerman, por favor, respete mi texto, al menos en las descripciones que obviamente son fundamentales para el tono general y el estilo del libro!”, clama Tolkien antes de terminar con esta frase: El Señor de los Anillos no puede ser tergiversada de esta manera*”. Y el proyecto no salió adelante, así que no lo fue.