Hoy Google dedica su doodle a las cuevas de Altamira, con el dibujo de una mano y un bisonte, encerrados en las dos letras o del nombre del famoso buscador. El motivo de tal homenaje es que el 24 de septiembre se cumplen 139 años del hallazgo de sus pinturas.

En aquel momento, la comunidad científica negó que se tratara de arte prehistórico, e incluso hubo quien aseguró que se trataba de la falsificación de un pintor moderno. Sin embargo, con el tiempo la verdad se abrió camino y hoy en día se sabe que esta cueva, situada cerca del municipio cántabro de Santillana del Mar, encierra uno de los ciclos pictóricos y artísticos más importantes de la prehistoria.

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El descubrimiento de un perro y una niña

En 1868, el tejero asturiano Modesto Cubillas salió de caza, como solía hacer a menudo, acompañado por su perro. Mientras perseguía a una presa, el animal quedó atrapado entre las grietas de unas rocas, requiriendo de la ayuda de su amo, que acudió enseguida a liberarlo.

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En esas se encontraba Cubillas cuando halló la entrada a una cueva de la que no se tenía constancia hasta el momento. Corrió a contárselo a sus vecinos, pero éstos le dieron poca importancia al descubrimiento, ya que la zona está compuesta en su mayoría por terreno kárstico, en el que es muy común la formación de cuevas. Una más, ¿qué más daba?

Sin embargo, el asturiano tenía el presentimiento de que era algo más que una simple gruta, por lo que se lo contó a Marcelino Sanz de Sautola; quien, además de ser el propietario de las tierras en las que servía como aparcero, tenía una gran afición a la paleontología.

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En un principio no se interesó en viajar a las cuevas. Sin embargo, más tarde, en 1875 o 1876-hay discrepancias en torno a la fecha exacta-decidió ir y recorrerla de arriba abajo. Una vez allí vio algunas marcas oscuras que en un principio atrajeron su atención, aunque finalmente no les dio ninguna importancia, ya que no parecían realizadas por el ser humano.

El verdadero gran hallazgo tuvo lugar en su segunda visita, en 1879, cuando decidió ir de nuevo, esta vez acompañado por su hija María, de ocho años. Un año antes, habían visto en la Exposición Universal de París algunos objetos de un mineral llamado sílex, muy usado en la Edad de Piedra para la elaboración de herramientas. Aquellos utensilios habían llamado enormemente su atención, por lo que padre e hija decidieron ir a la cueva a excavar junto a la entrada en busca de objetos similares.

Pero la curiosidad de un niño va mucho más allá de una simple excavación, por lo que mientras que Sautola se afanaba en buscar bajo la tierra la niña decidió adentrarse en la cueva, en busca de algo interesante que no requiriera andar removiendo arena. Así fue como llegó a una sala lateral, con el techo totalmente cubierto de pinturas de animales. Inmediatamente corrió a decírselo a su padre al grito de “¡Mira, papá, bueyes!”. Al acudir al lugar que señalaba la niña, Sautola quedó maravillado al comprobar lo que parecía obra de los primeros pintores de la historia.

En 1880, decidió escribir un tratado sobre el tema, al que tituló "Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander". Una vez finalizado, se lo envió al catedrático de geología de la Universidad de Madrid Juan Vilanova, que estuvo de acuerdo con él en el origen prehistórico de las cuevas. Sin embargo, tres de los mayores expertos en la materia de la época, los franceses Émile Cartailhac, Louis Mortillet y Édouard Harlé no apoyaron la teoría, por lo que pronto las cuevas de Altamira cayeron en el olvido.

Curiosamente, el origen de esta controversia estaba en la visión religiosa de cada una de las partes. Tanto Vilanova como Sautola eran católicos, por lo que consideraban que Dios había creado al hombre desde sus inicios con la capacidad artística para llevar a cabo pinturas como las que decoraban los techos de Altamira. Sin embargo, quienes apoyaban las teorías darwinistas de la evolución, creían que en realidad el ser humano debió pasar por una serie de complicadas fases hasta adquirir la destreza necesaria para tales fines.

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Afortunadamente, los hallazgos similares acaecidos unos años después en varias cuevas francesas, llevaron al propio Cartailhac, que previamente se había mostrado opuesto a las teorías de los dos españoles, a aceptar que, efectivamente, fueron los hombres prehistóricos los responsables de aquellas obras de arte. Así fue creciendo el interés de la comunidad científica en esta cueva; que, según los cálculos actuales, estuvo habitada entre hace 13.000 y 36.000 años.

El museo más antiguo

Las cuevas de Altamira tienen una longitud total de 270 metros, a través de los que se extienden un gran número de grabados prehistóricos. Sin embargo, la gran mayoría de ellos se encuentran concretamente en la conocida como Gran Sala de Polícromos.

Los dibujos más grandes son los de caballos y bisontes, de entre 125 y 179 centímetros de longitud, y una gran cierva, cuya silueta supera los dos metros. Además, aunque de menor tamaño, también aparecen representadas otras especies, como el jabalí y, por supuesto, el ser humano.

Los autores de las pinturas las dotaron de un gran realismo, a través de la utilización de técnicas como el aprovechamiento de los propios salientes de la roca para dar tridimensionalidad al dibujo. Por ejemplo, el famoso bisonte encogido, que aparece hoy en la imagen del doodle, está dibujado sobre un abultamiento de la bóveda de la Gran Sala.

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Como si de pintores actuales se tratara, los habitantes de las cuevas realizaron primero la silueta de los dibujos, utilizando un "lápiz" de carbón. Después, coloreaban el resultado con la ayuda de pinturas elaboradas a base de pigmentos minerales de óxido de hierro, mezcladas con agua o grasa animal, como aglutinante. Así, conseguían coloraciones que iban desde el rojo hasta el amarillo ocre, ambos predominantes en las pinturas. Finalmente, utilizaban de nuevo el lápiz de carbón para dibujar detalles como pelillos o los componentes de la cara.

Todo esto se depositaba sobre la roca con ayuda de los dedos, las manos o utensilios similares a pinceles, cubiertos de gamuza. Por otro lado, también se emplearon técnicas más sofisticadas, como soplar pintura a través de pequeños huesos de ave huecos, a modo de spray.

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Lógicamente, todos esos hallazgos condujeron a que aficionados al arte y la historia de todo el mundo quisiera visitar Altamira, hasta el punto de finalizar los primeros años de la década de los 70 con más de 173.000 visitas. Esta sobreexplotación llevó a que con el tiempo se hiciese visible el paulatino deterioro de las pinturas, por lo que en 1977 se tomó la decisión de cerrar la cueva al público. Permaneció así hasta 1982, cuando volvió a abrirse, esta vez con al restricción de no poder ser visitada por más de 8500 personas al año.

Pero esa medida parecía insuficiente; ya que, por un lado, muchos visitantes quedaban cada año fuera de la selección y, por otro, esos 8500 también alteraban peligrosamente el entorno. Por eso, finalmente en 2002 se procedió a la construcción de una réplica exacta, a la que se bautizó como Neocueva. En la actualidad, la cueva original se abre una vez a la semana para la visita, durante 37 minutos, de cinco personas, elegidas por sorteo el mismo día de la visita. Esto convierte a los agraciados en verdaderos privilegiados, al poder ver de primera mano este entorno rupestre, calificado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Sin embargo, los que no tengan esa suerte siempre pueden visitar la Neocueva, abierta al público sin restricciones, y el museo, al que acuden alrededor de 300.000 visitantes al año.

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