Crecer es aprender a amar las cosas pequeñas, los rincones con verdad; la fruta fresca, los tejidos nobles, el consumo responsable, los trabajos hechos a mano y el mundo —infinito, imprescindible, bellísimo— de la artesanía. Crecer también es intuir que el edificio más alto del mundo arranca con el simple garabato de un arquitecto, ser consciente de que “resolver cualquier problema es más importante que tener razón” (Milton Glazer) y tener la absoluta certeza de que, en realidad, solo tenemos tiempo. Y esta es una historia sobre el tiempo.

Historia del tiempo

Dicen que somos hombres —y mujeres— porque tenemos la capacidad de escribir, porque viajamos (somos el único mamífero que ha pisado todo el planeta, adaptándose a todos los climas y geografías) y porque, en algún momento, aprendimos a medir el tiempo. Somos trocitos de tiempo, y también la única especie consciente de la finitud de su paso por aquí; esa consciencia (terrible, tantas veces) es a la vez una alegría y una condena, por eso el tiempo nos obsesiona y nos fascina —“sé, como Proust, un fanático del tiempo”, escribe Jack Kerouac.

Por eso la medición del tiempo ha marcado la historia del hombre desde los primeros relojes de sol (que dividían el día en 10 partes, con dos horas de crepúsculo adicionales durante la mañana y la tarde) inventados hace unos 4.000 años y los relojes de agua hace unos 3.500; ambas fueron creaciones de la cultura egipcia y estuvieron absolutamente ligadas a la agricultura y la subsistencia: el tiempo medía las fluctuaciones anuales del río Nilo y su objetivo era la regulación del trabajo agrícola durante el año, de hecho los egipcios definían el año como el tiempo necesario para la cosecha.

El tiempo devora las cosas

La historia de la relojería es también la historia de la relación con tantos fenómenos naturales: las constelaciones en el firmamento, la observación de las mareas y sus fuerzas de atracción gravitatoria o las fases lunares; y esta además es una mirada que llega hasta hoy (la ‘complicación’ que mide las fases de la luna presente en algunos relojes mecánicos, ¿algo más romántico y único que observar, cada día, como la luna y el sol se deslizan sobre tu muñeca bajo un cristal de zafiro gracias a un movimiento exclusivamente manual?). Por eso el tiempo sigue ligado a las estrellas, al sol y a la luna —y eso sigue siendo mágico: por eso un año es el tiempo invertido por la tierra en recorrer su órbita alrededor del sol, un mes es el tiempo requerido por la luna para describir una órbita alrededor del sol y un día el tiempo que tarda la tierra en efectuar una rotación alrededor de su eje. El tiempo devora las cosas.

Belleza y utilidad

Resulta casi imposible imaginar un reloj sin visualizar su forma más común: el reloj de pulsera. Perdón, el reloj mecánico de pulsera —la mecánica llegó al mundo de la horología en algún momento a finales del siglo XII: en aquellos primeros modelos fueron accionados por pesas pero el gran cambio vino de la mano del matemático Galileo Galilei, cuando a comienzos del siglo XVII dio a conocer su estudio del movimiento del péndulo. Ciencia y relojería, siempre de la mano.

Tres momentos claves para el reloj de pulsera: Louis Breguet (casa fundada en París en 1775 y responsable de la creación del tourbillon) manufactura en el año 1812 el primer reloj de pulsera para Caroline Murat, hermana menor de Napoleón y reina de Nápoles; no es casual que sea un Breguet el reloj que viste Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días: “No hay equipaje. Sólo un saco de noche. Dentro, dos camisas de lana, tres pares de medias, y lo mismo para vos. Ya compraremos en el camino. Bajaréis mi ‘mackintosh’ y mi manta de viaje. Llevad buen calzado. Vamos”. Año 1868, Patek Philippe fabrica el “reloj joya”: el primer reloj de pulsera para mujer que adquiere el húngaro Countess Koscewicz, y llegamos hasta el siglo XX, año de las vanguardias y final del segundo milenio; el 22 de noviembre de 1907 el piloto Santos-Dumont (considerado el padre de la aviación: diseñó 22 máquinas voladoras ) cronometra con su reloj de pulsera el hasta entonces récord mundial de aviación recorriendo 220 metros en tan solo 21 segundos. Santos fue también amigo de Gustave Eiffel, Julio Verne o Louis Cartier; y precisamente de la amistad con este último nace el primer reloj mecánico de la era moderna, un momento único que refleja la fascinación por la modernidad, la arquitectura, el progreso y la simetría.

Reduciendo la definición a lo más simple: los relojes mecánicos son los que funcionan dándoles cuerda, ya sea manualmente o de forma automática. Y desde su creación siguen funcionando exactamente con los mismos principios físicos, con exactamente los mismos cinco elementos básicos — la fuente de energía, el sistema de engranaje, el mecanismo de escape, el mecanismo regulador y el indicador de la hora. Nada más.

Las cosas que importan

Un reloj mecánico es para siempre. Por eso has de cuidarlo, porque te acompañará a lo largo de tu vida; y quizás, sea un presente que un día puedas ceder a tu hijo. Esto es importante: no es un juguete, no es capricho ni está de moda. Ni pasará de moda. Y seguirá funcionado siempre (si lo cuidas) porque no necesita más energía que la mano del hombre.

Por eso cada reloj mecánico es un pequeño homenaje a la labor del artesano, al trabajo honesto y la paciencia. Tras su esfera no hay rastro de electrónica: solo áncoras, rubíes, ruedas de escape, espirales, tornillos, complicaciones y calibres. Su belleza esconde una verdad que hemos tardado toda una vida en descubrir: solo tenemos tiempo. Nada más.

La importancia de la precisión

Los relojes suizos tienen fama mundial por su precisión y porque cada una de sus piezas encajan a la perfección con el resto dando como resultado un producto perfecto, sin fallo. Si una de ellas no se adapta al resto de piezas, el reloj pierde su excelencia.

Cuando hablamos del afeitado, ocurre algo similar. Si se desean obtener los mejores resultados, es imprescindible que cada uno de los elementos que componen las máquinas de afeitar, especialmente las hojas, encajen perfectamente para ofrecer un afeitado al ras, preciso y sin poner en riesgo la piel. Si uno de ellos falla, además de generar trastornos estéticos (dejar vello en una zona), puede crear heridas en la piel.

Las máquinas de afeitar Schick Quattro Titanium han sido diseñadas para mejorar la experiencia de afeitado ya que te protege hasta 2,400 pasadas. Esta tecnología la puedes encontrar en sistemas con Schick Quattro Titanium Precision, la máquina perfecta para un afeitado duradero, uniforme y sin cortes. Incorpora cuatro hojas recubiertas de titanio y diamante, adicionalmente tiene una hoja adicional para una precisión extra que te permite delinear tu afeitada y se puede ajustar a cuatro niveles de altura para recortar el vello.

Schick también comercializa las máquinas desechables de la misma franquicia Quattro Titanium, con cuatro hojas recubiertas con titanio y diamante, micro protectores para evitar cortadas y una hoja adicional que garantiza un afeitado preciso y duradero.

En cualquiera de los dos casos, las componentes de las máquinas Schick, al igual que un reloj suizo, deben funcionar a la perfección, encajando cada una de sus partes para garantizar el correcto desempeño y, por supuesto, su duración a lo largo del tiempo.

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