"Ella se encontraba encinta y, mientras estaban allí, se le cumplió el tiempo. Así que dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada". Con estas palabras describió San Lucas el nacimiento de Jesús, una efeméride que solemos relacionar con el festejo del día de Navidad. Sin embargo, no es cierto que haya motivos religiosos detrás de la celebración del 25 de diciembre.

Durante los primeros años de la cristiandad, se cree que la fiesta de Navidad se hacía coincidir con la llegada de los Reyes Magos o el bautismo de Jesucristo, es decir, en el período comprendido entre los diez primeros días de enero. El traslado de la celebración al 25 de diciembre parece haber ocurrido hacia el año 330, en tiempos de Constantino (306-337), según explican desde el Instituto Tecnológico Autónomo de México. El objetivo era contrarrestar una de las fiestas más populares que habían surgido en Roma desde la época de Caracalla.

El emperador, que dio nombre a unas famosas termas que todavía hoy se pueden visitar en el centro de la Ciudad Eterna, había fomentado el culto al dios solar sirio Sol invictus durante el 25 de diciembre. Una de las hipótesis más famosas sobre el origen de la Navidad defiende que Constantino decidió cristianizar las fiestas paganas de las saturnales romanas, en honor al dios Saturno, una figura importante en la mitología dedicada a la agricultura y las cosechas, y la dedicada al Sol invictus.

La elección del 25 de diciembre también se explica en el contexto del solsticio de invierno en el hemisferio norte, un momento en el que los días comienzan a aumentar progresivamente. Así fue como se eligió que la fiesta de Navidad comenzara a llevarse a cabo durante un día como hoy, una celebración no estrictamente relacionada con motivos religiosos, pero que nos permite bucear en las raíces de nuestra propia historia.