Los filmes de propaganda política o ideológica han sido una constante más o menos diáfana en cualquier época del cine y país del mundo con tal industria, sobre todo con el auspicio y bajo la bota de gobiernos dictatoriales, pero no solamente por ellos. Conocidas son las aportaciones de Sergei M. Eisenstein al régimen soviético, La huelga, El acorazado Potemkin (1925) u Octubre (1928) con Grigori Aleksandrov, o los documentales de Leni Riefenstahl al hitleriano, La victoria de la fe (1933) o El triunfo de la voluntad (1935). Pero la propaganda o la ideología no constituyen valores artísticos evaluables; además, no tiene por qué ser negativa, y a veces olvidamos que, por ejemplo, también Charles Chaplin nos brindó la antifascista El gran dictador (1940). Sea como fuere, tal vez por su absoluta mediocridad y por el aburrimiento soberano que provoca, la propagandística Titanic de Herbert Selpin y Werner Klingler (1943) no es muy recordada, para bien de los espectadores pasados, presentes y futuros.

La historia falseada que se cuenta, al contrario de lo que ocurre con el resto de las versiones cinematográficas sobre el célebre transatlántico hundido en su ominoso viaje inaugural en abril de 1912 entre el puerto inglés de Southampton hasta el de Nueva York, obvia por completo el clasismo que, no sólo estaba presente con una claridad meridiana en los distintos alojamientos del buque y su rígida separación, sino también en la forma en que se dio prioridad a los pasajeros de primera clase para subir a los botes salvavidas frente a los demás cuando se fue a pique, en especial teniendo en cuenta que los de tercera clase les superaban ampliamente en número. De hecho, ni siquiera existe aquí dicha separación, y los pasajeros pobretones pueden llegar a la famosa escalinata del Titanic sin que miembro alguno de la tripulación o empleado de la naviera White Star Line se lo impida.

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Y no es una omisión inocente en absoluto pues, en lo tocante a la ideología nazi, el supremacismo no se sitúa únicamente en la raza, sino que “los mejores” suben a lo alto de la pirámide social y se mantienen ahí gracias a que son superiores: el darwinismo aplicado a la sociedad de la época; de forma pseudocientífica, qué duda cabe. Es más, los pasajeros de extracción humilde prácticamente no importan; la trama se centra en las ambiciones corruptas de los personajes acaudalados, una burguesía y una nobleza decadentes que necesitaban la revitalización del fascismo nazi, y que abocan al Titanic al fondo del océano; y las escasas ocasiones en que participan los de tercera clase son para mostrar sus intereses básicos, minúsculos, su degradación promiscua, que hoy nos parecería de una simpática ingenuidad pero que entonces resultaba escandalosa, y hasta su vena violenta y criminal desde una perspectiva muy desfachatada considerando el belicismo nazi.

Sólo a veces se sobreponen a sus tendencias y se dignifican, quizá demasiado tarde, y huyen de las tentaciones voluptuosas que les conducen a la ruina sin remedio. Tanto Sir Bruce Ismay (Ernst Fritz Fürbringer), el famoso magnate dueño de la compañía que fletó el Titanic, como Marcia (Jolly Bohnert), la joven que atrae a los dos pobres diablos de Henry (Fritz Genschow) y Bobby (Peter Elsholtz), cuentan con unas facciones inconfundiblemente “no arias”, y podrían ser tomados por judíos; y él hasta serviría como ejemplo del tópico sobre la codicia hebrea. Por el contrario, los viajeros de tercera clase que no parecen albergar tales propensiones, si bien son humildes, también se le ve la blancura lechosa de la piel, el rubio del cabello y hasta un peinado, la trenza de Anne (Lieselott Klingler), que asociaríamos con los alemanes; igual que el pasajero que toca el violín en la orquesta de a bordo (Hermann Brix) y, por tanto, es un artista, enamorado de Hedi (Claude Farell) durante el trayecto, luce por apellido el germánico Gruber.

El desprecio que se muestra por el personaje latino de turno, inferior racialmente, el ladrón cubano Cristóbal Mendoz (Werner Scharf), contrasta con el tratamiento del improbable primer oficial Petersen (Hans Nielsen), alemán y el único con la sensatez necesaria para advertir a Ismay y al capitán Edward J. Smith (Otto Wernicke), ambos británicos, de que es muy irresponsable no reducir la velocidad del buque por los avisos de avistamiento de icebergs; y habla en vano con la rusa Sigrid Olinsky (Sybille Schmitz), empobrecida de repente, para que les convenza: una metáfora de las tesis de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial; son los británicos los que se comportan irresponsablemente, y la Unión Soviética de Iósif Stalin, asolada por el comunismo leninista, puede marcar la diferencia en el conflicto. El Titanic es Europa, o incluso el mundo, y si los Aliados no escuchan las juiciosas advertencias de los alemanes, no habrá quien evite la escabechina.

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Lo que hay detrás de este filme y sus planteamientos es la idea de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi, de utilizar el naufragio del Titanic para enaltecer a los alemanes, como buen promotor nacionalista que era, y sobre todo, denigrar a los Aliados. Así, el antisemitismo se nota mucho menos que en otras películas del régimen, como El judío eterno (Fritz Hippler, 1939), El judío Suss (Veit Harlan, 1940) o Los Rothschild (Erich Waschneck, 1940), porque no se trataba de asunto principal. En 1942, Goebbels le encargó el proyecto al respetado Selpin, que no simpatizaba con el partido nazi ni con la obcecación del ministro por agraviar a los países hostiles al Tercer Reich, y por ello discutía acaloradamente con el guionista, Walter Zerlett-Olfenius. Pero no sólo por esa razón, sino también a causa de los continuos retrasos en el rodaje por las juergas que los asesores de la Marina alemana se corrían con las actrices, y esto fue lo que decidió el triste destino de Selpin.

Había ido a Berlín a grabar varias escenas en un estudio, y cuando se presentó en el puerto de Gotenhafen, donde se suponía que el equipo iba a cumplir con su propio plan de rodaje en el buque Cap Arcona, los encontró en tal estado; y al recriminar el hecho a Zerlett-Olfenius, este prefirió defender la inutilidad de los condecorados militares y que Selpin no tenía derecho a decirles ni pío, a lo que el director respondió con el sarcasmo de que sus condecoraciones se las ganarían conquistando a mujeres y no en la guerra. El guionista dimitió y fue a Berlín para denunciar a Selpin, a quien detuvo la Gestapo para llevarle ante Goebbels. El Ministro de Propaganda trató de convencerle de que retirase lo que había dicho sin éxito alguno. Al día siguiente se halló a Selpin ahorcado con sus propios tirantes en su celda, y nunca se supo si se trató de un suicidio o de otro más de los asesinatos en la larga lista del régimen nazi.

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De modo que Goebbels, ni corto ni perezoso, le sustituyó por Klingler, que fue quien pudo terminar la película, la de mayor presupuesto del cine alemán hasta entonces, con la ayuda del reincorporado Zerlett-Olfenius, y con el empujoncito que le dio al trabajo que el Ministro todopoderoso amenazara al equipo para que desistiese su manifiesta hostilidad hacia el guionista traidor. El estreno de la Titanic de Selpin y Klingler tuvo lugar en la Francia ocupada durante la Navidad de 1943, y triunfó en taquilla. Pero, como la guerra había dado un giro negativo para los nazis mientras se rodaba, Goebbels optó por prohibirla en su país por si la tragedia del buque inglés desmoralizase a las tropas y a la población. Y, cuando la contienda no dio más de sí, llegó a los cines de la Alemania Occidental, descolgándose pronto por su ineludible propaganda antibritánica, y a la Occidental, donde cosechó críticas estupendas.

La injusticia con que concluye el filme respecto a la responsabilidad de Ismay en la hecatombe del transatlántico se remata con el siguiente mensaje: “La muerte de 1.500 personas sigue sin castigo. Una condena eterna por la loca búsqueda de lucro de Inglaterra”. Más claro, agua. Pero lo curioso es que aviones ingleses hundieron el Cap Arcona, uno de los escenarios de rodaje, cerca del final de la lucha en la bahía de Lübeck, con entre 3.000 y 5.000 heridos y prisioneros de los campos de concentración nazis a bordo, que perecieron porque los pilotos británicos pensaron que se trataba de un barco militar. Y la industria del cine excluyó a Sybille Schmitz, la rusa Olinsky en la película, que acabó cayendo en las drogas y el alcohol y, tal vez como Selpin, se suicidó en Munich en abril de 1955 con una sobredosis de narcóticos, circunstancia de la que se culpó a su parasitaria compañera de piso, la doctora Ursula Moritz. Y si a Selpin se le había considerado “la última víctima del Titanic”, lo cierto es que la misma elocuencia podría utilizarse con la pobre Schmitz.