La segunda temporada de Stranger Things ha comenzado y si hay algo que ha conquistado al público, además de la propia trama que envuelve cada capítulo, es el efecto nostálgico que ha despertado en muchos.

La idea de que cualquier época pasada fue mejor toma su mayor exponente en la serie de producción propia de Netflix cuando recuerda, con un simple vistazo a alguna de sus secuencias, a los mejores momentos de la década de los ochenta. En esta nueva entrega concretamente a 1984. El cine, poniendo en primera plana la mejor época de Spielberg, la música con Madonna reivindicando su papel como reina del pop y, en medio de todo esto con un fiel reflejo de un cambio de época, la moda, que marcó un antes y un después en la historia.

Si hay algo cierto es que fue la década de los excesos en muchos sentidos. Los convencionalismos de épocas pasadas, especialmente en el caso de España donde se venía de casi 40 años con una dictadura, perdieron toda su inhibición en la forma de pensar, de vestir, de cantar y de expresarse. La moda fue, simplemente, una forma de expresar una rebeldía contenida desde hacía años y, de forma tradicional, asociándose a una u otra tribu urbana. Lo curioso, además, era la mezcla de estilos que se congregaban en las calles de las grandes ciudades: desde el Punk más radical, al Rockero convencido pasando por el pijo clásico ochentero.

En el caso de Stranger Things, toda la trama acontece en un pueblo de clase media o baja del medio oeste norteamericano; las grandes tendencias de la moda internacional aún no se habían reflejado en la vida de trabajador medio del país. Es por esto que, según contaba Kimberly Adams, responsable de vestuario de los primeros capítulos de la serie en una entrevista a GQ, «el mayor reto fue recrear ropa normal, la que podrían llevar padres y niños normales de la época en el midwest americano». Los diseños anti-moda de Yohji Yamamoto y Rei Kawakubo en las pasarelas de París, la reinvención de la feminidad y el vaquero por parte de Armani y la locura innata de Mugler quedaban muy lejos de las zapatillas de baloncesto, el denim heredado, los básicos de Brooks Brothers, y los colores naranjas y marrones (desteñidos y apagados) que los niñós y adolescentes usaban por aquel entonces. O, al menos, el grupo protagonista de Stranger Things.

Gracias Madonna

Like a Virgin de Madonna veía la luz justo en 1984, uno de los mayores éxitos de la cantante norteamericana que, además de ser la reina de pop se convirtió en musa de la moda por aquel entonces. No sólo por su hábitos a la hora de vestir, que hubiesen escandalizado a más de uno en décadas previas, sino por el mensaje de liberalización de la mujer que transmitía con cada transgresión que ponía de moda.

Si a un lado de la balanza tenemos los defensores de la moda andrógina que se basaba en jerseys que escondían la figura de la mujer -los atuendos de Winona Ryder en la serie dan prueba de ello-, en el otro podemos encontrar a aquellas que tomaban la ropa interior como prenda que mostrar al público. Si años antes enseñar el tirante del sujetador era un símbolo de afrenta social, en 1984 Madonna se encargó que esta prenda pasase a un meritorio primer plano. Desde que apareciese con su primer atuendo, apodado como erizo de calle o street urchin, que consistía básicamente en mezclar de una serie de complementos que no cuadrarían en ningún otro momento: faldas cortas sobre leggins, collares, pulseras de goma, guantes de red, collares de cuentas largos, despeinada y mal teñida con cintas de encaje en su pelo. Todo lo inimaginable encima de una sola persona (tanto en estampados como en texturas) que, además, usaba el sujetador o la lencería adornada con crucifijos, como elemento reivindicativo principal de su atuendo. Tanto así con las camisetas con mensajes polémicos o humorísticos del momento. En resumen, todo grande y a todo color.

Quizá, algo de lo que debe arrepentirse 1984 y años cercanos es del uso incondicional de la riñonera. De tela sintética y de colores fluor que hizo que American Apparel ganase millones. Y la lycra en todos sus colores y representaciones.

Pese a todo, la década de los 80 ha calado bien hondo en la moda actual que, entre otras cosas, se caracteriza por recoger lo mejor de momento anteriores. La Ray-Ban, aún vigentes, tenían a la propia Madonna, Tom Cruise , Michael Jackson y Debbie Harry como sus mayores embajadores al mundo. Tanto así con las Reebok Classics o las Dance tanto para hombres como para mujeres. Un dato que, por cierto, es importante: los 80s se caracterizaron precisamente por el caracter unisex de la moda: chaquetas, pantalones, zapatillas o las tendencias en el cabello (cardados o mullet) lo disfrutaban tanto hombres como mujeres.

Alaska, la Madonna española, en La Bola de Cristal. Imagen de RTVE

Hombreras y la mujer trabajadora

En este caso, el mérito de la tarea se lo llevó Dinastía y Dallas. La famosa serie ambientada en el Texas de los 80s posicionaba a la mujer como un elemento fuerte que quería emular al hombre en las esferas de influencia del mundo. El cine, con Working Girls y la televisión utilizaron la moda para posicionar a la mujer, hasta entonces ama de casa, en un nuevo luga; tramas escabrosas a un lado.

La mejor manera que encontraron fue emular la moda masculina haciendo a las damas poderosas con figura ancha. Esto se consiguió, muy a pesar de las mujeres del mundo, con hombreras y mangas anchas. A una hombrera más grande más confianza y poder. Con el paso del tiempo, hasta los hombres adoptaron esa moda dibujando un mundo de negocios de espaldas anchas y cinturas estrechas ligeramente andrógino. Y, sin duda, la figura de poder más destacada del momento era Margaret Thatcher y sus trajes de chaqueta y falta monocromo. A años luz de la moda urbana impuesta por Madonna.

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