Se nos han venido encima los diez episodios de la temporada inicial de Mindhunter, una nueva serie de Netflix desarrollada por Joe Penhall, guionista de El intruso (2004) o La carretera (2009), según el libro Mind Hunter: Inside FBI’s Elite Serial Crime Unit, de Mark Olshaker y John E. Douglas, este último ex agente del FBI y pionero en la elaboración y el uso de perfiles psicológicos de los criminales más temibles. Esto de por sí debe hacer que descartemos cualquier suposición de que se trate del típico procedimental de los que hay a montones.

Cuatro de los capítulos, los dos primeros y los dos finales de este ciclo inaugural, han sido dirigidos por el admirado David Fincher (El Club de la lucha, El curioso caso de Benjamin Button), que figura como productor ejecutivo junto con la actriz Charlize Theron (Pactar con el Diablo, Mad Max: Furia en la carretera) y que ya se había decantado por tramas sobre asesinos seriales con Seven (1995), Zodiac (2007) y Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (2011), y que ya había catado la ficción televisiva ocupándose también de los dos primeros capítulos de House of Cards (Beau Willimon, desde 2013).

Nos recuerda en su historia de lucha por aumentar el conocimiento, la metodología y la modernización de un campo específico, la psicología criminal aplicada, en los roles de personajes aliados o detractores, que ayudan o entorpecen la labor de los protagonistas, y en su estilo narrativo conversacional a Masters of Sex (Michelle Ashford, 2013-2016) o Halt and Catch Fire (Christopher Cantwell e ídem C. Rogers, 2014-2017): las tribulaciones y traspiés de los pioneros que se topan con el muro conservador de siempre y con sus propias limitaciones.

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Pero no se limita a mostrarnos esta tarea de los agentes especiales Holden Ford y Bill Tench, a los que encarnan sin un reproche posible Jonathan Groff (Glee) y Holt McCallany (CSI: Miami), y la académica Wendy Carr de la igualmente intachable Anna Torv (Fringe), sino que incluye la intriga de los turbadores casos de homicidio que los agentes ayudan a resolver mientras recopilan información para sus estudios sobre el comportamiento de los culpables; y por supuesto, el drama de las preocupaciones de cada uno de los protagonistas, que afectan a su trabajo.

Por el mismo asunto que aborda y la dinámica de las entrevistas con los asesinos reales ya condenados, resulta imposible no recordar El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) y su precuela, El Dragón Rojo (Brett Ratner, 2002), con Clarice Starling (Jodie Foster) y Will Graham (Edward Norton) charlando con el gran doctor Hannibal Lecter (Anthony Hopkins), recluido en un hospital forense de Baltimore. No por nada Douglas fue asesor de Ratner y compañía en su proyecto sobre Lecter.

Y, al contrario que los homicidas del riguroso procedimental televisivo Mentes criminales (Jeff Davis, desde 2005), que sólo nos inspiran rechazo, lástima o pavor, los de Mindhunter son mixtos, es decir, unos se asemejan al doctor Lecter y nos producen una fascinación morbosa y horripilante, como el flemático Edmund Kemper (Cameron Britton) o el risueño Jerry Brudos (Happy Anderson), y otros, como el incómodo Monte Rissel (Sam Strike) o el hostil Richard Speck (Jack Erdie), son en verdad carne del equipo que encabeza primero Jason Gideon (Mandy Patinkin) y, después, David Rossi (Joe Mantegna) en la serie de Davis.

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La narración de Mindhunter es pulcra y decididamente minuciosa, pero no brilla casi en ninguna secuencia, pues a Penhall le basta con enseñarnos el camino que siguen las observaciones de Ford, Tench y Carr sin insuflarle emoción o incluso verdadera inquietud a los episodios, y la banda sonora ambiental de Jason Hill, al estilo de la de Mark Snow para Expediente X (Chris Carter, desde 1993) pero mucho más discreta, nunca se nos instala en la mente. El estimable montaje audiovisual de los créditos es toda una declaración de intenciones: vamos a contemplar los horrores del ser humano con el desapasionamiento en que lo haría un psiquiatra forense, o alguien que se prepara para mantener conversaciones con asesinos seriales por puro vocación profesional; y resulta de lo más curioso que la única secuencia más elaborada, de montaje rápido, sea la que nos expone la rutina de los viajes de Ford y Tench en el segundo capítulo.

Solamente en el último tramo del episodio que finaliza la temporada hay un estallido emocional pero, como no lo han ido construyendo en los anteriores, nos afecta demasiado. Y no será porque los actores principales y el resto de sus compañeros, desde Hannah Gross como la perspicaz Debbie Mitford y Cotter Smith como el implacable jefe Shepard hasta Britton, Strike, Anderson y Erdie en la piel de sus peligrosos homicidas, no merezcan cumplidos por sus interpretaciones. Pero el caso es este comienzo de Mindhunter se queda en una fría radiografía criminal y metodológica con indiscutible vocación de continuidad futura, más competente que extraordinaria, más discursiva que visceral, más interesante que perturbadora.