El célebre novelista Stephen King, que lleva cuarenta y tres años haciéndonos pasarlo de miedo, publicó La niebla en 1980 como la novelita inicial del libro recopilatorio Skeleton Crew, que en el mundo hispanohablante se tituló con el nombre de la misma. Tuvimos que esperar hasta 2007 para que a Frank Darabont se le ocurriese adaptarla como película homónima, igual que antes había trasladado al cine de este escritor Rita Hayword y la redención de Shawshank y La milla verde con sumo éxito. Y, de entrada, uno no pensaría que esta novela corta de King pudiese darnos para una serie de televisión, y ni por asomo de más de una temporada. Pero, cuando se ve sin demasiados prejuicios la propuesta valiente de Christian Torpe (Rita) para acomodarla a ese formato, uno se da perfecta cuenta de que sí era posible; así que ahorrémonos los chistes sobre su apellido.

Lo único que había que proponerse era ampliar el fresco de personajes y de ubicaciones para ofrecer lo que el propio novelista ha brindado no pocas veces en su obra: un retrato inductivo de la población de Maine, con sus virtudes y sus miserias, en la que suceden los hechos paranormales de turno. Es decir, al contrario de lo que pudiera parecer, esta adaptación televisiva de La niebla no traiciona en absoluto su espíritu sino que contribuye a conducirlo más allá de donde se había llegado en el texto. Porque el pánico claustrofóbico de la novela sirve muy bien para un largometraje, pero una historia seriada requiere ensanchar este horizonte con el objetivo de que no se ahogue, constreñida en prácticamente cuatro paredes y casi una veintena de rostros, en especial si el número de estos últimos se van reduciendo conforme pasan las horas.

the mist
Spike

Y, aunque la fidelidad no es algo que juegue a favor de ninguna adaptación cinematográfica, lo cierto es que algunas decisiones de Torpe resultan difícilmente comprensibles. Ya avisó en su momento de que su The Mist “sería diferente de trabajos anteriores”, incluso de la novela; pero no se alcanzan las razones de que sólo se haya rescatado el rol de seis personajes, y sustituyéndoles el nombre sin necesidad. Kevin, Eve y Alex Copeland, interpretados con buen tino por Morgan Spector (Boardwalk Empire, Person of Interest), Alyssa Sutherland (Vikings) y Gus Birney (Chicago Med), son los David, Stephanie y Billy Drayton de la obra de King; Gus Bradley y Kyle, a los que encarnan con decencia Isiah Whitlock Jr. (The Wire) y Romaine Waite (The Strain), se corresponden con los Bud Brown y Buddy Eagleton de la novela.

Pero el caso de la señora Carmody, personaje de gran relevancia en la misma, bascula entre lo curioso, lo extraño y lo absurdo. Ella concurre como tal en la serie, convertida en una simple e irrelevante madre petarda con los rasgos de Mary Bacon (Mildred Pierce) pero, en verdad, su papel lo desempeñan esencialmente tres personajes: sobre todo, la Nathalie Raven de la inmensa Frances Conroy (Six Feet Under, American Horror Story), la Shelley DeWitt de Alexandra Ordolis (Reign) y el Link de Dylan Authors (Falling Skies). Estos dos últimos actores se desenvuelven también de forma correcta, igual que Danica Curcic (Nobel) como Mia Lambert, Okezie Morro (Shuga) como el soldado amnésico, Russell Posner (Happyish) como Adrian Garf, Darren Pettie (Mad Men, Madam Secretary) y el novato Luke Cosgrove como Connor y Jay Heisel o Dan Butler (Frasier) como el padre Romanov.

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Hay que dejar claro que la mala pata de The Mist ha sido estrenar un episodio piloto que no genera grandes expectativas, pero cuyas condiciones se encuentran por debajo del enigma letal y del drama de locura, autodestrucción y supervivencia que va construyendo Torpe en los capítulos posteriores de esta aceptable primera temporada. Construcción a la que ayuda, como una agradecida guinda, que las particularidades de lo que se esconde en la niebla aterradora se muestren más heterogéneas, complicadas y enrarecidas que las del libro de King, con un factor psicológico que refleja el interior de los personajes y que, por ello, enriquece el conjunto.

Su mayor puntería, por otra parte, está en haber sabido recoger sin ningún problema el mismo concepto que entrañan ficciones apocalípticas como las de The Walking Dead (Darabont, Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore, desde 2010) y sus antecesoras más celebradas, el hecho ya consabido de que los verdaderos monstruos, los que actúan con una malignidad real y consciente o con unos peligrosos desvaríos, no son los zombis ni los múltiples seres funestos que deambulan entre la niebla buscando nuevas víctimas, sino las personas que pierden el control de sus nervios y de su raciocinio o desatan sus tendencias más oscuras, dañinas y antisociales. Tal vez The Mist carece por lo pronto del poderío narrativo de otras series con una temática similar, pero no es posible decir que no dé en el blanco justo, que sus guionistas no conozcan el fondo del corazón sombrío de lo que quieren contarnos.