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«Su hijo ha caído mártir en tierra de califas». Ese fue el aterrador mensaje que recibió Véronique el 14 de enero de 2016 a través de WhatsApp. Un miembro del grupo terrorista DAESH le anunciaba la muerte de Quentin, que se había ido año y medio antes a Siria para unirse a las filas del Estado Islámico. La periodista Alexandra Gil recopila su historia y la de ocho familias más que vivieron la radicalización de sus hijos y su posterior huida a territorios controlados por el Estado Islámico.

En el vientre de la Yihad (Editorial Debate, 2017) es un libro valiente que trata de responder a una cuestión tan compleja como dura: ¿qué ocurre en el seno de una familia cuando se descubre que uno de sus miembros se ha convertido en yihadista? Alexandra Gil se hizo esta pregunta hace un año, cuando entrevistó a la madre de Quentin para un reportaje publicado en El Español. «Gracias por tu escucha respetuosa», le dijo Véronique por correo horas después de su primera entrevista. La frase fue el desencadenante de un libro necesario y emotivo, pero sobre todo considerado con el dolor de las familias que retrata.

La «eclosión autóctona» del yihadismo

«Cuando conocí a la primera madre no me paré a pensar en las problemáticas a las que estas familias se enfrentaban mas allá de la tristeza», dice Alexandra Gil a Hipertextual. El correo electrónico que le envió Véronique fue un auténtico revulsivo para la periodista. «Necesitaba saber cómo habían tratado a estas madres hasta el momento y conocer sus historias, la radicalización y huida de sus hijos vividas por sus madres», cuenta por correo. Pero recopilar sus relatos no iba a ser una tarea sencilla. El miedo al estigma o las experiencias traumáticas en su entorno familiar o con medios de comunicación en los que confiaron, y que luego les hicieron sentir traicionadas, explican las reticencias de más de una decena de familias a exponerse de nuevo y relatar sus historias.

No es fácil comprender la radicalización de los ciudadanos que, en su propio país de origen, deciden abrazar los ideales de los grupos islamistas. A día de hoy esta problemática sigue siendo un desafío clave para los Gobiernos y las sociedad occidentales. Según una investigación del Real Instituto Elcano, el 45% de los detenidos por terrorismo yihadista en España tenía nacionalidad española. Al contrario de lo que se podría pensar, los islamistas no proceden de forma abrumadoramente mayoritaria de países musulmanes, sino que el 40,5% de estas personas habían nacido en España. Los datos han llevado a los expertos a alertar sobre la «eclosión autóctona» del terrorismo yihadista, una situación que también se ha visto en otros países. Según cuenta Gil, de los 30.000 combatientes extranjeros en suelo sirio o iraquí en septiembre de 2015, al menos 5.000 eran ciudadanos de la Unión Europea, de los que 3.609 procedían de Francia, Reino Unido, Alemania y Bélgica. En el vientre de la Yihad aporta un poco de luz entre tanta oscuridad.

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«Llegar a estas madres fue el punto de inflexión de mi reconciliación con este oficio», admite la periodista. Las madres a las que entrevistó le transmitieron la sensación de haber sido utilizadas en el pasado. «De no tener un sitio en la sociedad en el que asumir públicamente que su hijo es uno de los dos mil franceses que se unieron a la yihad», apunta. En los casos de las familias que se abrieron públicamente en el pasado, los insultos en las redes sociales fueron inmediatos, «a menudo para echarles en cara que son culpables de la deriva de sus hijos», en palabras de Gil. La impotencia y la desesperación es total. Todas las madres entrevistadas para su libro militan contra la radicalización violenta, y a día de hoy siguen colaborando con investigaciones, dando charlas en centros de enseñanza u ofreciendo su testimonio de forma anónima. Pero el miedo a ser juzgadas pesa. «El tiempo fue clave», cuenta Gil. Solo así sus fuentes lograron confiar en ella para relatar sus historias llenas de tristeza e incomprensión.

El papel de internet en la radicalización

En el vientre de la Yihad explora las experiencias de las familias que asistieron por sorpresa a la transformación de sus hijos en peligrosos islamistas. Su radicalización llegó de la mano de personas de su barrio o de su entorno más próximo, según describe Alexandra Gil en su libro. «Las madres a las que he entrevistado aseguran que sus hijos no se radicalizaron por internet, aunque no niegan que este factor jugara un papel esencial en el convencimiento de su militancia al final del proceso», afirma. No pueden demostrar qué papel tuvo la red; sin embargo, sí conocen de primera mano a los agentes cercanos que persuadieron a sus hijos para unirse a las filas del Estado Islámico. Sus historias muestran las dificultades que encuentran las autoridades y las propias familias para evitar la radicalización y frenar la eclosión autóctona del yihadismo de la que hablan los expertos.

A pesar de las experiencias que describe en su libro, Alexandra Gil sí pone el acento en el papel que han podido jugar internet y las redes sociales en este fenómeno. «La última década ha sido determinante para la liberación de la ideología yihadista a través de internet. La ‘yihad 2.0’ ha banalizado el discurso y lo ha catapultado a cada habitación de cada rincón del mundo», cuenta. Ya no hay que rastrear en foros de difícil acceso ni en documentos encriptados para localizar material relacionado con el islamismo. Hoy en día es posible encontrar información sobre el Estado Islámico y otros grupos terroristas en las mismas plataformas que cualquier persona usa diariamente. Los datos que aporta Gil son esclarecedores. Según confirma a Hipertextual, a finales de 2014 el Estado Islámico contaba con más de 46.000 cuentas en Twitter.

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«Los combatientes que llegaron a Siria con el primer flujo de europeos reclutados por DAESH hicieron incluso live-tweet de su periplo», narra la periodista. Algunos de los yihadistas contaban en sus perfiles cómo iba avanzando su viaje, desde Estambul hasta su destino final, Homs, una de las ciudades devastadas por la Guerra Civil que asola Siria. En palabras de Alexandra Gil, «tampoco era extraño ver a estos yihadistas en Facebook posando con su kalashnikov una vez llegados a tierra siria o iraquí, lo cual retroalimentaba la cadena de reclutamiento porque glorificaba la ‘valentía’ de haber logrado salir de Europa sin encontrar dificultades en la frontera». Los primeros yihadistas presumían de serlo en redes sociales, dirigiendo sus mensajes precisamente a las personas que aún no habían completado su radicalización. «Esta difusión de violencia a través de una red tan democratizada como Twitter normalizó a su vez el discurso que vehiculaban, y sin duda alguna inspiró a otros jóvenes a seguir el mismo camino», explica a Hipertextual.

Cómo se comunican los yihadistas con sus familias

«Todas las familias con las que continúo en contacto tienen decenas de aplicaciones de mensajería instantánea instaladas en sus smartphones», explica la periodista. Pero las noticias de sus hijos no llegarán a través de WhatsApp, una aplicación que el Estado Islámico utiliza únicamente para comunicar la muerte de sus miembros, bien a través de una llamada de WhatsApp, bien por una simple frase. «Tienen instalada esta aplicación, pero con el temor de que les llegue un mensaje desde Siria o Iraq explicándoles que su hijo ha caído mártir en tierra de califas», relata Gil. Eso fue precisamente lo que le ocurrió a Véronique. Un extracto de su larga conversación con el «mensajero» que le anunció el fallecimiento de Quentin es hoy la portada de En el vientre de la Yihad. Un diálogo espeluznante, pero real.

«Si suena WhatsApp, ya sabemos que no son buenas noticias», le explicaban las familias a Alexandra. Muchas de la madres que llevan tiempo sin saber nada de sus hijos se aferran a la experiencia de otras para convencerse de que siguen vivos. Confían en que si estuviesen muertos, habrían recibido la noticia por WhatsApp. Sin embargo, la periodista asegura que el Estado Islámico ha dejado de comunicar de forma sistemática la muerte de estos jóvenes. Además, los que continúan vivos hablan cada vez menos con sus familias. El temor a ser geolocalizados y a la vigilancia que ejerce el propio DAESH sobre ellos explican en parte esta falta de contacto. «En los cibercafés donde suelen conectarse, y desde donde envían e-mails a sus familias, el control también se ha recrudecido por temor a la presencia de espías», cuenta Gil a Hipertextual.

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Los yihadistas deben imprimir sus conversaciones y entregar una prueba que será examinada de cerca por el grupo terrorista. El objetivo del DAESH es evaluar el grado de militancia y la motivación de los jóvenes que recluta. «Esta es la razón por la que las madres que creen que sus hijos se arrepienten de haber viajado a Siria notan un cambio radical entre sus comunicaciones telefónicas y sus mails, por ejemplo», asegura la periodista. La otra vía de comunicación utilizada por los jóvenes es Telegram, aunque las noticias ya no llegan de forma tan habitual como antes, cuando las madres recibían un mensaje cada diez días o dos semanas. «Ahora reciben un mensaje cada dos o tres meses. Muchas de ellas han escuchado la voz de sus hijos una o dos veces en los últimos tres años. La llamada es casi un privilegio. Especialmente desde que se intensificaron los bombardeos de la coalición», concluye.

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