Un vaso roto que pasó desapercibido, un accidente a toda velocidad, un amor que simplemente no era correspondido o los juegos de hermandad junto a una mesa de vidrio.

Los colores que emanaba el reflejo, las luces que no paraban de titilar, las visiones borrosas que no dejaban juzgar y aquella sangre que brotaba sin cesar.

Estos fueron eventos que nos marcaron de una forma u otra, así tengas una piel perfecta y tus cicatrices vayan más profundo que tu piel, así tengas una piel roída donde ellas ya no hacen diferencia o así seas un paranoico que básicamente sostiene un historial médico a medias por el miedo de saltar esa cerca en la niñez.

Claramente no yo cuando era niño.

Nunca he sido un gran fan de los tatuajes, pero la mayoría de las veces simplemente los admiro por la enorme cualidad asombrosa que poseen de guardar recuerdos o plasmar tradiciones que llevaremos a todas partes con nosotros, y son propuestas como estas las que me hacen pensar en sus usos sorprendentes más allá de lo simplemente contemplativo.

Ahora que poseo un felino cuyos ataques necesitan tatuajes que quizás los borren —estoy exagerando con sus ataques pero vaya que se verían cool— echar un pequeño vistazo entre las luchas, ahora artísticamente definidas, de estos individuos empieza a influenciarme.

Sea por el bisturí cortando aquella cita de rutina o por esos vidrios rotos que siguen persiguiéndonos —quiero dedicar un momento para pedirle perdón a mi hermano por los males causados—, bienvenido al mundo de la creatividad y la lucha por encontrar un sentido hermoso y muchas veces divertido en las pequeñas batallas que quedaron plasmadas para siempre sobre nuestra piel.

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