Si podrías voltear tus ojos te lo agradecería.

Vayamos atrás todas las temporadas, al inicio, donde ese callejón mugriento nos presentaba la decisión más grande en la vida de muchos: tratar de ayudar a tu perro moribundo o sacarlo de su sufrimiento.

Pero dos cosas están fuera de lugar aquí, Francis Underwood no es definitivamente una persona de perros —por experiencia diría que prefiere tener a un gato— y tampoco es de aquellos que disfruten ayudando a los moribundos, sufrimiento o no ya dejó de sernos útil.

Y en esos aullidos de muerte conocemos al hombre en carne propia, mirándonos a los ojos empieza la función «Hay dos tipos de dolor, la clase de dolor que te hace fuerte, o el dolor inútil. La clase de dolor que sólo causa sufrimiento. No tengo paciencia para las cosas inútiles».

Sin duda es una persona de gatos.

El nombre de Beau Willimon les parecerá conocido, básicamente el que ha estado habitando los títulos por unos cuantos años, escritor y creador de House of Cards, y aquel cuyo despido pasó tan desapercibido ante la nueva temporada que podríamos jurar que todo fue una campaña de marketing fallida.

Una dulce carrera considerando el enorme éxito de la serie, pero antes de dirigirse a la pantalla chica, Beau recorría un mundo tras bambalinas donde observaba desde la gloriosa esquina de los escritores, su última obra de teatro.

Su tema favorito: la política, algo totalmente comprensible al ser esta una de las muchas representaciones teatrales que habitan nuestras sociedades como aquellos rituales religiosos que le dieron «origen» al arte de pagar para presenciar un espectáculo.

Apacible desde su esquina un visitante encapuchado rumiaba los bordes de su cabeza. La idea estaba plantada, y Willimon seguiría sus raíces shakesperianas para verla realizada.

Escogiendo a su actor principal en los escenarios de Ricardo III.

Escribir para el teatro es un arte en sí mismo. Y qué mejor que la base fundamental de este para basar los elementos de tu serie: el drama.

Las técnicas dramáticas que usualmente provienen de una tradición teatral poseen a House of Cards de principio a fin. Volvamos al pobre perrito del principio, con nuestro primer soliloquio del personaje. Tenemos la juventud del protagonista, que justo como en la realidad significa ese ¿qué somos? ¿por qué somos? ¿qué vamos a hacer?

Después en la madurez, nace el conflicto y las acciones donde somos desprovistos de esa mirada angelical y dejamos de recibir explicaciones. Cuando Frank nos habla más adelante escuchamos las preguntas, perspectivas, éxitos y derrotas. Hasta que la ancianidad significa resolución, o en nuestro caso mucha menos exposición y cambios repentinos.

Esta es la estructura del drama, de una obra de teatro y de los tres actos o más que nos llevan a permanecer en la oscuridad de la sala.

¿Recuerdan cuando Frank solía contarnos todo? Ahora debo llamar a la secundaria a preguntar si se ha metido en problemas.

Más adelante tenemos el desarrollo de personajes. Con sub-tramas específicas que sirven para reforzar la idea fundamental sobre poder y ambición, afectar involuntariamente el destino de nuestro protagonista o simplemente agregar capas al mundo Underwood.

Sin embargo, tengo que parar aquí para preguntar algo: ¿Será que nosotros también pasamos por un proceso similar de juventud-madurez-ancianidad? o que ¿La audiencia será un personaje en sí mismo?

Odio Hipertextual, por lo tanto trataré de escribir los peores artículos posibles. ¿Por qué? se preguntarán. Y en ese preguntar nace una investigación, que los convierte a ustedes, el público, en detectives que buscan descifrar una situación dramática.

Lo que motivaría a mi personaje a realizar esa acción puede variar: 1.-Quizás la paga no sea suficiente, 2.- Tal vez el escritor sea malo y está tratando de justificarse o 3.- Es muy probable que ame Hipertextual y esto sea simplemente un ejemplo situacional —probablemente el segundo—.

O probablemente todas las anteriores —como si mi cheque semanal de cinco cifras no fuera suficiente—.

Y por si no lo sabían ustedes son el centro de este artículo, el centro de House of Cards y el centro de básicamente el resto de el 99% de nuestras labores humanas.

Hemos experimentado un desarrollo alrededor de la serie, sobre nuestras impresiones y juicios morales. Pasamos a sentirnos identificados con Frank por miedo percibirnos como inútiles, buscamos pistas sobre lo que ocurrirá a continuación e interpretamos un papel esencial en el drama.

Según el libro The Art and Craft of Playwriting de Jeffrey Hatcher los escritores de teatro suelen olvidarse de una realidad fundamental:

Suelen olvidarse de uno de los actores en el drama: la audiencia. La audiencia tiene metas también: entender, comprender o darle sentido a lo que está pasando en el escenario».

Como todo buen escritor de teatro, Beau Willimon suele tener siempre en mente a su audiencia. Haciendo de ella su personaje más importante, y disfrutando de la manipulación que el acto político conlleva. Una de las muchas situaciones teatrales de las que se basa nuevamente el drama.

—O creen que obtener su apoyo incondicional para lo que sea fue pura coincidencia.

Al visualizar la meta positiva de nuestro protagonista estamos finalmente enganchados. Como Ricardo III —la inspiración directa de Frank Underwood— alentamos el movimiento constante de la actuación, queremos que este asesine, avance y actúe hacia su objetivo, que comprendemos al ser el «poder» parte de nuestra naturaleza humana.

Política es política gracias a su público, y teniéndonos a nosotros como colaboradores que desean el éxito de los Underwood en América, encontramos al personaje «oculto» de la serie. Uno que sin importar cuantos actos atroces vea en pantalla, sólo puede sentirse identificado con los soliloquios de ambición, hipocresía y estrategia que hablan directamente a nuestro espíritu.

Estamos literalmente insertados en House of Cards, para conocer a un pobre hombre trabajador que hará lo que sea para llevar a su país a la gloria, se sacrificará por su sueño de una América mejor y nos liberará de las múltiples amenazas terroristas del hoy. ¡Underwood 2016! ¡2020! ¡2024! ¡2028! ¡2032! ¡2036!

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