Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo

El maravilloso beneficio de los selfies recae en dos aspectos: la independencia fotográfica y las incontables horas que podemos dedicar para acercarnos a una «perfección».

Y muy bien dicha esa frase de Charles-Guillaume Étienne, pero existen momentos en donde los factores externos pueden influenciar de tal manera en la que dejará de ser una cita entre tu cara y la cámara convirtiéndose en un retrato de situaciones vergonzosas o simplemente tu propia estupidez.

Probamos el año pasado con todas las lengüetadas y caras de perro que nuestros amigos caninos desatarían una guerra contra nuestra insolencia por usar sus imágenes indiscriminadamente, y claro que la presencia de filtros siguió convirtiéndose en el pan de cada día para muchos de nosotros. Esa presencia malévola a la que me refiero, esas fuerzas exteriores, se aseguraran que ninguno de estos te puedan salvar.

A continuación veremos los ejemplos más drásticos, recordando la importancia de ver a nuestro alrededor para mejorar nuestra fotografía, y claramente, como algunas veces debemos reírnos del otro antes de que nos pase a nosotros —en el contexto de selfies claro está—.

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