La mayoría de nosotros quiere mejorar su cerebro, pero no tenemos mucha idea de qué hacer para ello. Intuitivamente, pensamos que si subimos un par de puntos nuestro IQ, nos irá mejor intelectualmente. Pero a estas alturas de la historia ya sabemos que muchos puntos de cociente intelectual no necesariamente implica ser más sabio, al menos en el sentido amplio de la palabra. Seguro que conoces a un montón de personas con elevados cocientes que hacen cosas terriblemente estúpidas. Quizá hasta tengas un amigo superdotado que carece del sentido común básico.

La inteligencia creativa es nuestra habilidad para lidiar con situaciones nuevas. La inteligencia práctica es nuestra habilidad para hacer cosas. La inteligencia analítica, nuestra capacidad de procesar datos. En los primeros 20 años de vida, a la gente se le recompensa por su inteligencia analítica. Entonces, nos preguntamos por qué los "mejores y más brillantes" analíticamente son poco creativos o inútiles en la práctica. Y la razón es simple: su especialización.

Tener un gran cociente intelectual no significa que alguien sea inteligente, porque los test que miden el cociente intelectual solo captan la inteligencia analítica. Esta es una habilidad que reconoce patrones y resuelve problemas analíticos. La mayor parte de exámenes CI no recoge los otros dos aspectos de la inteligencia humana: la inteligencia creativa y práctica. La forma de evitar convertirte en un buen acumulador de datos inútil en todo lo demás es mediante la mejora, no de nuestro cociente intelectual, sino de nuestro conocimiento en general.

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Richard Restak, un neurólogo y neuropsiquiatra, autor de “Mozart's Brain and the Fighter Pilot: Unleashing Your Brain's Potential”, sostiene que todo lo que pensamos y todo lo que elegimos hacer altera nuestro cerebro y cambia fundamentalmente lo que somos, en un proceso que continúa hasta el final de nuestras vidas.

Richard define la cognición como “la capacidad de nuestro cerebro para atender, identificar y actuar”. Se puede pensar en esto como una mezcla de nuestros estados de ánimo, pensamientos, decisiones, inclinaciones y acciones finales. Los componentes de la cognición, por tanto, son el estado de alerta, la concentración, la velocidad de reacción, la memoria, la resolución de problemas, la creatividad y la resistencia mental.

Restak argumenta, convincentemente, que podemos mejorar nuestros cerebros mejorando los componentes de la cognición; es el tema principal de su libro.

Para mejorar el cerebro, necesitamos ejercitar nuestras facultades cognitivas. La mayoría de nosotros creemos que el ejercicio físico ayuda a sentirse mejor y siempre —hasta cierto punto— se puede mejorar; sin embargo, damos por sentado que al alcanzar la etapa adulta, ya no aprendemos de la misma manera. Para Restak no es así: “Al igual que los músculos, el cerebro mejora a más lo desafiamos porque el cerebro conserva un alto grado de plasticidad, que cambia en respuesta a la experiencia. Si las experiencias son ricas y variados, el cerebro desarrolla un mayor número de conexiones entre las células nerviosas. Si las experiencias son aburridos o poco frecuentes, las conexiones no se forman o mueren”.

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Y qué tendrán que ver los pilotos de combate, dirás. Lo cierto es que los expertos llevan casi una década estudiando a estos pilotos por la evolución humana que presentan tras el entrenamiento que se requiere para desarrollar su profesión. Un piloto de F-18 en el aire es llevado al límite: vuelan a 1.000 kilómetros por hora, persiguiendo al objetivo, con cuatro pantallas transmitiendo datos a la vez, alguien hablándole en cabina transmitiendo órdenes y coordenadas, soportando, debido a la presión, ocho veces el peso de su propio cuerpo sobre el cuello, perdiendo la visión y audición progresivamente en un efecto túnel que puede llevarle al desmayo, y es capaz de reaccionar en un instante, y hacerlo bien. Además, presentan mejoras progresivas en el IQ, que se presupone es debido a que una vez al mes tienen que examinarse —de las ramas de conocimiento fundamentales, de procesos de emergencia y de las actualizaciones del software de su avión— durante toda su vida como pilotos. Son un ejemplo extremo del resultado de dominar múltiples disciplinas, mentales y físicas, y llevarlas a la práctica simultáneamente.

Las pruebas cognitivas y de imágenes por resonancia magnética han demostrado diferencias significativas en los cerebros de los pilotos de combate, en comparación con un grupo control. Los investigadores encontraron que los pilotos de combate tienen un control cognitivo superior, que muestra una significativamente mayor precisión en las tareas, a pesar de ser sometido a información irrelevante o distracciones intencionadas. Las imágenes por resonancia, indican que las diferencias están en la microestructura de la materia blanca del hemisferio derecho.

"Nuestros resultados muestran que el control cognitivo sorprendentemente puede ser medido por las respuestas a los estímulos relevantes o irrelevantes. Y que dicho control se acompaña de alteraciones estructurales en el cerebro. Esto tiene implicaciones más allá de distinciones entre pilotos y el resto de nosotros: sugiere que la experiencia se asocia con cambios en las conexiones entre las áreas del cerebro, y que por lo tanto, no se trata sólo de tener las áreas relevantes del cerebro más grandes, sino de las conexiones entre áreas”.

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Si nos “estimulamos” en entornos difíciles, aumentamos el número de conexiones de las células nerviosas. Nuestro cerebro, literalmente, se hace más pesado, porque el número de sinapsis (conexiones entre neuronas) aumenta. Parece que la clave está en eso.

Aristóteles sugirió que nuestra mente era una tabla de cera, tratando de decir que el paso del tiempo desvanece la imagen a menos que tomemos medidas para preservarla. Y tenía razón, hasta en formas que nunca llegó a saber. Los investigadores saben ahora que, como una tabla de cera, nuestra memoria cambia cada vez que se accede a ella, debido a la plasticidad a la que se refiere a Restak. Bajo esta premisa también se tiene que poder moldear y mejorar, al menos hasta cierto punto. Cuando aprendemos algo nuevo, ampliamos la complejidad de nuestro cerebro y su red y, literalmente, aumentamos nuestra capacidad intelectual. “Básicamente, uno es lo que puede recordar y conectar”.

¿Hace falta memorizar?

Lo cierto es que muchos de nosotros no podemos recordar tanto como antes porque hemos externalizado nuestro cerebro. Una de las quejas más comunes en personas mayores de cuarenta años es la mala memoria. Pero la mayoría de estas personas no sufren de algo neurológico, sino más bien un efecto acumulativo de desuso —una degradación progresiva de su memoria por no usarla—.

Parte de esta falta de uso es cultural. Una de las críticas más extendidas hacia el sistema educativo actual es su escasa capacidad para adaptarse a los tiempos modernos. Tiempos en los que la memorización está devaluada. ¿No has pensado alguna vez que la acción de aprenderte de memoria la II Guerra Mundial es inútil en la era de Internet? Tal vez académicamente sí lo sea, pero puede que para la mente no tanto. Vivimos en un mundo diferente, las cosas cambian, el progreso está ahí y está bien. La información está en todas partes y eso es bueno. No tenemos que recordar nada gracias a la tecnología y eso ayuda. Sin embargo, es absurdo negar que obstaculiza el desarrollo de nuestra memoria. Tal vez la disponibilidad de la información no debería ser una excusa para subestimar la importancia de recordarla.

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Para Restek, la información es sólo tan valiosa como con cuántas cosas se conecta: “Todo lo que aprendemos se almacena en el cerebro dentro de una vasta red de interconexión. Y todo dentro de esa red está potencialmente conectado a todo lo demás. De hecho, la creatividad puede ser entendida como la formación de nuevos y originales vínculos a partir de la información disponible”.

De aquí podemos sacar un par de conclusiones razonables: si se aprende sólo sobre un campo, se limita la capacidad mental. Y la creatividad no es más que mezclar. Por eso las personas especializadas en un sólo campo rara vez son creativas: tienen poco para mezclar.

Los investigadores ahora aceptan que puede que no sea el tamaño del cerebro humano lo que le da habilidades únicas —pues otros animales tienen un cerebro grande también—. Más bien todo se basa en nuestra estructura; la forma en que nuestras neuronas están estructuradas, colocadas y ligadas entre sí.

Cuanto más se aprende, más se puede enlazar. Cuanto más se puede vincular, más se aumenta la capacidad. Y cuanto más crece la capacidad, mejor serás capaz de resolver problemas y tomar decisiones de forma rápida y correcta. Esto es realmente la capacidad intelectual y efectivamente, en resumen, el exceso de especialización puede ser bastante limitante para ser una persona sabia, otra vez, en el amplio sentido de la palabra.

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