Por alguna razón, el sufrimiento y la tristeza son constantes en la vida de todo ser vivo. Para algunos, la existencia es una montaña rusa extrema, con altibajos por doquier. Para otros, sigue siendo una montaña rusa, pero una bastante aburrida: las tragedias se suceden unas tras otras, hasta el punto en que uno se acostumbra. Este último es el caso del individuo retratado en la fotografía de arriba.

Fue capturada en el Congo Belga en mil novecientos cuatro. Un territorio africano que Bélgica se había anexado como una más de sus colonias. En la época en que varias naciones europeas buscaban hacerse con un pedazo de África con el objetivo de generar enormes ganancias. explotando recursos naturales, los belgas no perdieron la oportunidad de controlar completamente el Congo.

El rey Leopoldo II se embriagó de poder, instalando una serie de políticas brutales que, además de diezmar a la población congoleña, aterrorizaron a la nación entera en una búsqueda motivada y cegada moralmente por la codicia.

No podía tener más apariencia de villano.

Dicho rey no tuvo siquiera que visitar el Congo para destruirlo, sus órdenes eran la ley, y la ley era inhumana. La razón por la que el país africano generaba montones de dinero era que la mano de obra era gratis. No por generosidad de su fuerza productiva, Leopoldo II ordenó a sus hombres a esclavizar a millones de congoleños para abastecer sus plantaciones, minas y otras instalaciones, bajo amenazas de muerte. Niños secuestrados, alimentos mantenidos escasos artificialmente, saquear y quemar poblados, cortar manos y genitales como castigo, no existía crimen que los belgas no estuvieran dispuestos a cometer para oprimir a los habitantes del Congo.

El negocio del caucho era masivo, por lo que los trabajadores encargados de ese ámbito eran tratados con extrema severidad. El que no cumpliera con su cuota del día era asesinado, o peor.

Los militares encargados de mantener el orden debían cortarles una mano a sus víctimas para probar que los habían matado. Los jefes querían asegurarse de que sus soldados no usaran las municiones que se le otorgaban (las cuales eran extremadamente caras) para cazar, por lo que les exigían esta sádica confirmación.

Y sorpresivamente, todavía no hemos llegado a lo peor.

Cercenar manos se convirtió en una costumbre arraigada. Se usaba de castigo por cualquier tipo de delito. Así, cualquier pueblo que se negara a proveer caucho era pulverizado, sus habitantes asesinados y sus manos cortadas.

Los altos mandos militares incluso prometían a sus inferiores que su servicio sería más corto mientras más manos les entregaran. Las extremidades ganaron estatus de trofeo entre los soldados, varios las recolectaban y mostraban como símbolos de orgullo y trabajo duro.

La crueldad sobre los nativos comenzó a considerarse, no solo un mal necesario, sino un disfrute. Leopoldo II había permitido que sus subalternos perdieran el norte, y ya no había vuelta atrás.

El rey belga contrataba a bandas de mercenarios, varias de ellas compuestas por caníbales, para que aterrorizaran a los congoleños.

El hombre de la imagen se llamaba Nsala, se encuentra observando una mano y un pie, extremidades que solían pertenecerle a su hija, Boali, de cinco años. Nsala no había podido cumplir su cuota diaria de caucho, por lo que sus esclavistas decidieron castigarlo de la manera más terrible posible. También asesinaron a su esposa, para luego comérselas a ambas. Luego fue que le entregaron a Nsala lo que quedó de las dos personas que más amaba en el mundo.

A fin de cuentas, estos son los efectos de las acciones de los colonialistas irracionales. Un hombre, además de ser esclavizado, fue castigado por razones arbitrarias, de la manera más inhumana posible.

Ninguna otra fotografía es capaz de expresar tanta pena, horror y frustración. El momento de reflexión de Nsala representa la totalidad del sufrimiento que provocó Bélgica, y otros países europeos en África. Por eso la denominamos "la fotografía más deprimente de la historia".

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