Cuando un joven entra a la universidad pasa por una época de crecimiento personal. Llega a un entorno en principio más heterogéneo, se enfrenta a responsabilidades de adulto y conoce gente con puntos de vista más variados. Es un rito de pasaje de las sociedades desarrolladas.

Las redes sociales, como las entendemos hoy, son desde hace tiempo un elemento que hace lo contrario. Lo que debería ser una herramienta para conocer diferentes puntos de vista, poder estar en contacto con personas de toda índole y el acceso a, literalmente, toda la información pública disponible en el mundo ha creado en la mayoría de las personas un sentimiento de angustia, desamparo e introspección.

La gratificación instantánea de un retweet o un compartido en Facebook son nuestra dosis que mantiene a nuestro cerebro enganchado y en búsqueda de otra opinión, artículo o meme capaz de generar cada vez más compartidos, más corazones y más aprobación digital. La forma en que los algoritmos, especialmente la parte orgánica del News Feed de Facebook, organizan lo que vemos desde hace unos años ha dado aún más apremio a esta sensación. Nos ha separado en grupos homogéneos.

Dejamos de seguir a quien constantemente está en contra de alguna de nuestras opiniones, ponemos en silencio a otros y nos acercamos a las posiciones más hacia los bordes de cada opinión. Facebook lo sabe y lo potencia: así estamos más tiempo dentro de su plataforma. Generamos más dinero a Facebook y otras redes sociales separados en grupos homogéneos.

No es un problema de las redes sociales. El aumento de las cadenas de televisión en activo ha aumentado el espectro de opiniones políticas disponibles que cada vez se alejan más de un centro o que eran capaces de mantener diversidad de opiniones. En casi cualquier país avanzado hay cadenas emitiendo solo contenido progresista y otras con contenido exclusivamente conservador. Cuando cambiamos de canal a una más neutra o variada, padecemos una sensación de ansiedad leve que nos devuelve a la chimenea, manta y café de lo seguro. A nuestra casa. Donde nuestras opiniones no se cruzan con los otros.

El contacto con opiniones exclusivamente similares nos extremiza, nos hace perder individualismo, rebaja nuestro nivel de pensamiento crítico y, con el tiempo, nos convierte en agentes radicalizadores. Nos divide en meros adjetivos, en vez de una suma borrosa de los mismos en las que hay sitio para una evolución personal, y nos crea anclas identificadoras que nos impiden movernos.

Nos divide entre jóvenes y viejos, progresistas y conservadores, hombres y mujeres, Mac o Windows, cis y trans, nacionalistas y globalistas, blancos y personas de color. Nuestros adjetivos pasan a ser nuestras prioridades. ¿Qué hay de lo mío?

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