Imagina que alguien llega a tu bar y te pide un café y a la hora de pagar la cuenta te dice: «¿ah, pero costaba dinero?». O, mientras lo estás preparando, se mete en la barra y te dice que no se hace así. Es una cosa difícil de imaginar, ¿verdad? Sin embargo, si eres un creativo, se convierte en el pan de todos los días.

Son profesiones como las de fotógrafo, diseñador o ilustrador, por nombrar algunas de las más afectadas. Profesiones que, como todas, han tomado sus años de estudio y práctica, requieren una inversión en materiales —que por cierto pueden llegar a ser terriblemente caros— e incluso, tienen el innegable hándicap de requerir cierta cantidad de talento innato.

Situaciones como las del ejemplo del bar, ocurren todos los días cuando te dedicas al mundo del arte. Seguramente hayas oído incluso esa frase hecha que dice que si te dedicas a pintor o escritor, serás pobre toda la vida. No es que carezca de base totalmente, al fin y al cabo, Vincent van Gogh murió a los 37 años sin un centavo y vendió un sólo cuadro en toda su vida.

Contra estas situaciones luchan diariamente creativos como Irene Nadal, una diseñadora gráfica e ilustradora de profesión, residente en Valencia. «Creo que no conozco a nadie que trabaje en profesiones creativas al que no le hayan pedido trabajar a cambio de reconocimiento, posibilidades y recompensas futuras que, ahora lo sé, nunca llegan», dice.

Irene nos cuenta que en su caso ha tenido que hacer entrevistas de trabajo que se convertían en concursos donde los participantes directamente hacían campañas publicitarias gratuitas, supuestamente para ver quién era el mejor pero donde nunca se les remuneraba. «Tampoco faltan los clientes que no te pagan por un trabajo que ya has hecho porque el resultado no es el que ellos esperaban o quienes te ofrecen un trabajo a cambio de una miseria como si te estuviesen haciendo un favor».

Es más, es un problema internacional y no entiende de fronteras. Podemos cruzar el charco y ver el mismo modus operandi. Así lo afirman otros profesionales como César Olguín, natural de México. César es Licenciado en Comunicación y ha trabajado como asesor de comunicación, diseñador e ilustrador en modalidad freelancer.

Para César, el tema de poder llegar a cobrar lo justo por lo que haces puede llevarse por el camino «relaciones interpersonales, tiempo invaluable y varios proyectos». Y continúa: «ser freelancer es a tiempo completo y lleva tiempo concretar ventas. Al principio pensé que era importante hacer favores que cobraría después, ¡vaya mentira!». Además, a nadie se le ocurriría venir a enseñarle a un abogado cómo defender un juicio, en cambio si eres artista, «podrían estropearte un buen trabajo [ellos, los clientes] porque “a mí me gusta más”, “yo soy el cliente”, “creo que se vería mejor si…”. Muchas veces no sabes cobrar ni cuanto pedir y haces directamente lo que te dicen los jefes, que no todos son creativos pero ellos creen que sí».

Y podemos seguir con Rubén Flores, también mexicano pero ejerciendo ilustración y producción teatral. «Por ejemplo, cuando trabajaba en el proyecto de imagen de un nuevo restaurante italiano. Trabajé con él varias propuestas que no le convencían del todo, cuando al cabo de unas semanas estábamos sobre lo que parecía ser el logotipo final, el cliente me dijo como comentario: «¿Sabes? Un diseñador (de una localidad cercana) me dijo que me hacía un logotipo por…» mucho menos de lo que le estaba cobrando yo. Me molesté y no sé de dónde me salió decirle que en el mercado servían un plato de espagueti por una fracción de lo que él lo cobraba (lo sabía, ya que estaba diseñando también el menú). Él se ofendió bastante y no recuerdo cómo terminó esa charla, pero sé que jamás terminé ese proyecto y al paso de los días abrió con un logotipo casi igual al que le estaba trabajando. Decidí no tratar más con gente como él».

Joel Perez, natural de las Islas Canarias y caricaturista de profesión, opina que la culpa la tiene el consumo rápido del arte sin pararse a pensar qué artista está detrás y lo que le costó crearla. «Las personas viven en un mundo de consumo rápido […], bostezos delante de El jardín de las delicias, risas atontadas delante El David, miradas apagadas ante la sonrisa de La Gioconda, selfies con La Sagrada familia de fondo, ¿qué más da quién está detrás de la obra?».

«Evidentemente, en más de una ocasión se me ha dicho «hazme esto gratis». Las famosas palabras «para ti son 5 minutos» las he oído mucho, pero no pasa nada, decir que no también me cuesta menos de 5 minutos».

Y la realidad es que no sabemos si Vincent van Gogh sufrió gorroneo pero por seguro tuvo la ventaja de no vivir en pleno siglo XXI donde Internet trabaja en contra del creador. En un mundo en el que puedes hacer control-c y control-v al trabajo de cualquiera gratuitamente, la gente empieza a pensar que dicho trabajo tiene por defecto que ser gratuito o que se hace de forma tan instantánea como se copia. Pero no.

Un trabajo de ilustración de dificultad media, negativamente, puede tomar varios días entre que se hacen varios bocetos previos, se elige el mejor, se entinta y colorea y, dado el caso, se pasa al formato digital después. Todas esas horas de trabajo extra, los desvelos y los años de práctica, son los que marcan la diferencia abismal que hay entre un profesional y un aficionado.

Agustina Göttert, de toda formas, nos da la perspectiva no digital: «Quien te habla es una artista plástica, de Buenos Aires, realizo exposiciones (ahora por suerte por el mundo), ilustraciones, hago todo tipo de creaciones que tengan que ver con el arte visual y me manejo con lo tradicional en técnicas de pintura, aunque no me privo de lo digital».

«Yo particularmente lo que hago es ubicarme como norte generar motivos por los cuales mi cliente entienda que mi trabajo vale. Ya sea mostrándole los beneficios que le va a traer a lo que él o ella quiera vender (hoy es todo visual, imagínate el valor agregado que le da al producto), explicarle qué técnica utilizo o el tiempo que eso lleva». Y continúa: «Es un combate constante que tiene que hacer el artista para hacer valer su trabajo. Por eso el camino del arte no es fácil. Pero la buena noticia es que tampoco es imposible».

Sería ideal que todo esto directamente no ocurriese, que no se necesitara defender algo obvio como que un trabajo es un trabajo y como tal, cuesta. Pero como ocurre, «como profesionales es nuestra responsabilidad tomar medidas al respecto, firmar contratos pre-obra y, sobre todo, aprender a decir que no. Con educación, con calma, pero decir que no: Si no me pagas, no trabajo».

Como decía Ayn Rand en su obra cumbre, el libro más leído después de la Biblia en toda la historia de Estados Unidos, La Rebelión del Atlas, el creador es el que sostiene el peso del mundo y lo hace girar. Para detener su motor y enseñar a la humanidad la necesidad que tiene de aquellos con el potencial, motivación y conducta para crear, sólo tiene que hacer una cosa: detenerse.

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