En junio de 2015, el Rubius concedió una entrevista a Risto Mejide en Antena 3. En ella no faltó la pregunta hipócrita, «¿cuánto ganas?», que aparentemente es de mal gusto en la sociedad civil salvo si se la hace a un youtuber. Tampoco faltaron algunos tópicos más, así como partes interesantes donde Rubén destripaba lo que permanece oculto a los vídeos de humor. Pero seguramente lo más sorprendente fue lo que, aunque Rubén omitió, dejó entrever: depresión.

Aunque tratase de camuflarlo con eufemismos como «año oscuro», «estar down», «época mala» o «rayarme conmigo mismo», el Rubius estaba hablando de su depresión. Depresión a los 25 años, estimaciones de ingresos anuales millonarios, fama mesiánica y una legión de fans dispuestos a todo (a demasiado, quizás) por él. En Los Replicantes escribieron una estupenda carta abierta en torno a este tema.

Más allá de una cuenta bancaria como para despreocuparse de muchos asuntos durante mucho tiempo, y del hecho de conocerse aclamado, existe una persona tras el personaje, como ocurre con políticos, futbolistas y cualquiera con fama social. Una persona que puede sufrir y padecer como cualquier otra, y a la que su fama castiga con la diana permanente. Incluso para asuntos tan personales como la forma de vivir una relación de pareja.

El Rubius publicó ese tuit porque básicamente estaba harto. Harto de no poder estar con una chica sin que ella no se vea también constantemente señalada y perseguida. Harto de que en algunos medios se contribuya a este tiro al blanco mediante un pandemónium inflamado de azufre con los enlaces directos a las redes sociales de ella.

Harto de esa arma de doble filo que es la fama: en cuanto saltaron los primeros rumores sobre que la chica en cuestión sería su novia, cientos de comentarios y mensajes aparecieron en su bandeja de entrada, la de la chica. Y no eran mensajes agradables, en algunos casos se llegaba a un desprecio extremo, acusaciones («¡sólo estás con él para ser famosa!»), o directamente a la amenaza. No es la primera vez, con su anterior pareja terminó mal por motivos similares.

Por supuesto, al Rubius no tardaron en llegarle menciones con mensajes similares que venían a decir lo mismo: «es el precio de la fama». Y el Rubius respondió.

Y tiene toda la razón. No es de recibo verse acosado y sometido, la fama tiene un precio pero también barreras rojas que no pueden cruzarse, aunque en la práctica se crucen. Con los futbolistas de élite se pueden dar situaciones así, pero la cercanía que transmite el Rubius, que puede gustar o no pero su poder comunicativo es descomunal (y como muestra, el vídeo de la limonada con los sorteos para celebrar los veinte millones de suscriptores), acrecienta también la proximidad a la hora de atacar a su entorno. Lo nativo del Rubius en las redes sociales, y el público al que se dirige, muy joven y por lo tanto todavía inmaduro, se unen a la prensa que sabe que donde hay Rubius hay dinero, y no pasa nada por llevarse una relación amorosa por delante.

Ahí está la clave. El Rubius es un personaje y Rubén es la persona que está tras él, pero que nunca puede escapar del primero. Acostumbrados a la sonrisa perenne, a la carcajada, al trolleo compulsivo, ver a un Rubius alicaído y beligerante es una cosa rarísisima, como sacada de un What If…? de la mejor época de Marvel. Pero sucede, porque tras el Rubius está Rubén. Tras la popularidad y el fenómeno fan, sostener a un personaje así tiene demasiadas implicaciones como para reducirlo a que vive como un dios, o al todavía peor y paternalista «cobra una millonada por hacer chorradas». Cosa, por cierto, incapaz de curar los problemas del corazón, los que debe generar saberse el causante involuntario de que un ser querido se vea perseguido y atacado.

El Rubius no puede sentarse en la terraza de una cafetería con su novia, ni caminar de su mano por la calle, ni publicar una foto de ambos, ni irse de vacaciones con ella para desconectar salvo que sea a un lugar extremadamente remoto. No puede disfrutar de lo saludable y espontáneo de una relación a sus 25 años. Hacerlo le expone a él, y a ella. Y las consecuencias no son nada agradables, conducen al estrés, a la ansiedad. La fama y el dinero están muy bien, pero para según qué ámbitos, ser el Rubius es una mierda.

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