Si uno hubiese vivido a caballo entre los siglos XVI y XVII en España y se hubiera acercado a la Cárcel Real de Sevilla en 1597 para visitar a los presos, seguramente se habría encontrado con uno cincuentón, “de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada”, metido allí por haberse apropiado de dinero público siendo recaudador de impuestos atrasados que servían para financiar guerras. Y quizá le viese encorvado sobre una mesa desvencijada, mojando en tinta el extremo correspondiente de una pluma y escribiendo con ella pliego tras pliego. En el primero figuraría el nombre de un tal Miguel de Cervantes Saavedra, y sobre dicho nombre, el título de una obra inmortal: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

La obra más memorable que nos regaló el Príncipe de los Ingenios

Que el Quijote sea señalado como el texto más destacado de la literatura española y, además, uno de los mayores triunfos de las letras universales no debería extrañar a persona alguna, y seguro que no sorprenderá a nadie que haya tenido a bien introducirse en la historia inolvidable que relatan sus cientos de páginas: la de un hombre alucinado que abandonó tres veces su aldea, situada en algún lugar de La Mancha, y se fue por los caminos como un caballero andante con escudero en busca de batallas que librar, y que, como es bien sabido, vivió loco para morir cuerdo.

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Edición del 'Quijote' - fronterad.com

Cervantes, que llevaba dos décadas sin publicar ni un triste poema, sorprendió a todo el mundo editando la primera parte de la obra a comienzos de 1605, cuando contaba cincuenta y ocho años, una edad considerable para la época. No obstante, parece que pudo leerse en Valladolid ya a finales del año anterior. Es en el prólogo donde el propio autor dice que el Quijote “se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento”; si bien hay estudiosos que lo suponen una metáfora del mundo ingrato en que vivía o de lo que aprendió en él. Sea como fuere, se vio agraciada con un enorme éxito, y de él, Cervantes recibió más el beneficio de la fama y el reconocimiento que otra cosa, pues había vendido sus derechos a Francisco de Robles, su editor.En un arranque de presuntuosa clarividencia, Cervantes aseguró que el 'Quijote' sería todo un clásico literario, y su hidalgo, inseparable de la comarca manchega durante siglos

Y como Cervantes era literariamente pendenciero, en 1614, un tal Alonso Fernández de Avellaneda publicó una segunda parte apócrifa del Quijote, en cuyo prólogo se afirma que el Príncipe de los Ingenios era un envidioso por las críticas que había hecho en la primera parte a Lope de Vega y al teatro que entonces se estilaba. No se sabe si Fernández de Avellaneda existió en verdad o si su nombre era un seudónimo, pero lo que sí sabemos es que el libro apócrifo se vendió bastante bien, que Cervantes aceleró la escritura de su propia segunda parte para publicarla en 1615 y que en ella se refiere a Avellaneda como un “escritor fingido”, es decir, pensaba que su nombre no era real pero desconocía quién se escondía tras el mismo, y sugiere que ha acabado con la vida del ingenioso hidalgo para que ya no le sea posible “hacer nueva salida”, o sea, para que a nadie se le ocurra escribir otra continuación infame.

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'Don Quijote en la playa de Barcino', de Augusto Ferrer Dalmau

Es curioso advertir la forma en que Cervantes juega con la realidad y la ficción en el nuevo relato de las aventuras de don Quijote y Sancho Panza: ambos personajes saben tanto de la existencia de la primera parte como de la continuación apócrifa, y hasta hablan de lo que los lectores piensan del primero, que es “loco, pero gracioso”, o “valiente, pero desgraciado”, o “cortés, pero impertinente”; y algunos de los que se cruzan con ellos los reconocen por haber leído el libro de sus correrías originales. Pero lo mejor de todo es que tanto el hidalgo como el propio Cervantes, en un arranque de presuntuosa clarividencia, aseguran que la obra sería todo un clásico literario y que el caballero de la triste figura sería inseparable de la imagen de la comarca manchega durante siglos. Por cosas así, uno no tiene más remedio que querer al manco de Lepanto.El 'Quijote' es una extraordinaria sátira de la sociedad de su tiempo, a la que pone de vuelta y media, por mucho que hoy, con los mismos defectos, nos enorgullezcamos del soplamocos que nos propinó

Y porque su obra magna es tan subversiva que destruye sin piedad el mito caballeresco que había sido intocable durante demasiado tiempo; porque se la estudia como la primera novela moderna, en la que reina la polifonía, esto es, la contraposición de diferentes visiones del mundo encarnadas por los personajes, lo que le confiere un realismo entonces sin parangón; porque, siendo que los estudiosos la han interpretado de diversas maneras con el paso de los siglos, en el momento de su publicación se la vio sencillamente como un entretenimiento, una divertida burla de los libros de caballerías, y lo es, tanto como una extraordinaria sátira de la sociedad aquella, a la que pone parir, a caer de un burro, de vuelta y media, más verde que lo que Lorca quería verde, por mucho que hoy, cuando todavía cargamos con los mismos defectos que Cervantes denunciaba, nos enorgullezcamos del fenomenal soplamocos que nos propinó.