Un hombre aparcó su vehículo en un lugar solitario, a las afueras de la localidad de Biloxi, en Misisipi, no muy lejos de las costas del Golfo de México. Dejó una nota a la vista “para sus padres” y el motor al ralentí, se apeó, introdujo el extremo de una manguera por la ventanilla de atrás después de haberla conectado al tubo de escape, volvió dentro del vehículo y esperó a que el monóxido de carbono le adormeciera y acabara con su vida. Era marzo de 1969; el hombre sólo tenía treinta y un años y se llamaba John Kennedy Toole, alguien que jamás pudo saber que luego haría pasar uno de los mejores ratos de su vida a multitud de personas en el mundo entero, y seguro que ya para siempre, una y otra vez, conforme las generaciones se sucedan.

La lucha justa de una madre destrozada

Thelma Toole, una madre dominante y sobreprotectora que no le permitía jugar con otros niños, definía a John como “un tesoro”, y realmente lo era. Había nacido en Nueva Orleans en 1937, cuando ella iba camino de los cuarenta años, después de que los médicos hubieran insistido en que de ningún modo sería capaz de concebir hijo alguno. Él poseía una gran inteligencia, destacaba en creatividad y se mostró como un alumno aventajado: cursó dos años de una vez en la escuela elemental, y más tarde obtuvo una beca para la Universidad Tulane, donde se graduó con honores en 1958, y se inscribió en la neoyorkina Universidad de Columbia para estudiar Literatura Inglesa.Thelma Toole: “Cada vez que las editoriales me devolvían 'La conjura de los necios' era como si me muriese un poco”

Pero volvió a su estado natal en 1959 para trabajar de profesor asistente de Inglés en la Universidad del Suroeste de Luisiana, ubicada en Lafayette, y en 1960 fue el profesor más joven de la historia del Hunter College de Nueva York, con veintidós años, mientras trataba de cursar un doctorado en la Columbia. Sin embargo, fue llamado a las filas del Ejército en 1961, y se pasó un par de años formando en Inglés a los soldados hispanohablantes de Fort Buchanan, en Puerto Rico. Tras esto, rechazó regresar al Hunter, volvió a su ciudad, enseñó en el Dominican College y se inscribió en un doctorado la Tulane. En 1963, las cosas empezaron a torcerse, y seis años más tarde, John se suicidó.

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Thelma Toole - AnthonyJLangford.com

Según cuenta Kenneth Holditch, profesor emérito de Literatura en la Universidad de Nueva Orleans que trabó amistad con Thelma a partir de 1980, la mujer se encontraba hundida tras la muerte de su hijo y la convivencia con su pobre marido, “aislado en la sordera”, hasta que halló entre las pertenencias de John el manuscrito de una novela que había comenzado a escribir en Fort Buchanan, que había concluido tras su regreso a Nueva Orleans y que había tratado de publicar infructuosamente. Así que Thelma, a sus sesenta y siete otoños, se lio la manta a la cabeza y se propuso que fuera publicada durante los cinco años siguientes.Walker Percy: "Seguí leyendo. Y seguí y seguí. No era posible que la novela fuera tan buena"

Hasta ocho editores obtusos la rechazaron a lo largo de ese tiempo. “Cada vez que me la devolvían”, comentaba Thelma, “era como si me muriese un poco”. Su marido falleció entonces y su propia salud se fue quebrando. Pero, en 1976, supo que el escritor Walker Percy daba clase en la Universidad de Loyola, y tal como explica él mismo, un día empezó a recibir llamadas de Thelma en las que le insistía para que leyese el manuscrito de John, cosa que hizo a regañadientes, pero algo ocurrió: “… seguí leyendo”, recuerda Percy. “Y seguí y seguí. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarla; luego, con un prurito de interés; después, con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena”.

Y sí lo era, y sus carcajadas a veces le hacían objeto de miradas desconcertadas de aquellos presentes mientras la leía. Así que no le quedó más remedio que convencer a la Universidad Estatal de Luisiana de que debía publicarla, cosa que sucedió en 1980. Al año siguiente, la novela se agenció en Premio Pulitzer y, en Francia, el de la mejor novela en lengua extranjera. No se merecía menos una maravilla como La conjura de los necios.

De ‘La conjura de los necios’ a ‘La Biblia de neón’

Holditch relata que, gracias al éxito de la novela y pese a su precaria salud, Thelma se volvió más expansiva y, “en sus apariciones públicas escenificaba escenas de la novela, hablaba de su hijo, tocaba el piano y cantaba viejas canciones”, y aseguraba que ella “seguía en el mundo por su hijo”, el desdichado John, que había enviado la novela a la editorial Simon and Schuster en 1963, y su editor literario, Robert Gotlieb, se dedicó a animarle para que la revisara y la modificara en repetidas ocasiones hasta que John, harto de cambiarla, perdió la esperanza de verla en las librerías, y se desmoronó.

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'La conjura de los necios' y 'La Biblia de neón' - PollitoLibros.com

Debe de resultar de lo más exasperante saber que uno tiene entre manos una absoluta obra maestra como La conjura de los necios y que, parafraseando el fragmento de Jonathan Swift del que salió su extraordinario título, todos los necios editoriales se conjuren contra su genialidad. Porque esta novela es una inconmensurable y enloquecida sátira moderna, pero siempre lúcida, en la que casi todos los personajes se revelan como un hallazgo asombroso —en especial, por supuesto, el colosal Ignatius J. Reilly—, en ningún momento se intuye uno solo de los disparates que van a ocurrir y os juro que, como bien sabía Percy, se llega a llorar de la risa durante su lectura.Casi todos los personajes de 'La conjura de los necios' se revelan como un hallazgo asombroso; sobre todo el colosal Ignatius J. Reilly

John ya había pasado una buena temporada bebiendo demasiado alcohol en Fort Buchanan, pues allí era costumbre entre la soldadesca de lo asequible y abundante que era, y tras el batacazo editorial con La conjura de los necios, en la que estaba “algo de su alma”, John volvió a emborracharse, empezó a sufrir intensas jaquecas que no pudo remediar y a alumbrar pensamientos paranoicos y una creciente manía persecutoria, concretados una vez en que George Deaux, otro escritor, le quería robar su novela para publicarla con su propio nombre.

Su aspecto se deterioró rápidamente, se tornó errático en sus explicaciones en la universidad, de la cual tomó una excedencia, y llegó a buscar en la casa familiar aparatos escondidos para leer la mente. En enero de 1969, desapareció, y Thelma no volvió a saber de él hasta que la policía acudió a contarle en marzo que se había quitado la vida a las afueras de Biloxi. Ella destruyó la nota de suicidio después de leerla, y sólo dio explicaciones vagas sobre su contenido: “Desvaríos de un loco”, dijo que contenía una vez. Y John fue enterrado en el cementerio de Greenwood, en Nueva Orleans.

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Estatua de Ignatius J. Reilly en el número 819 de Canal Street, Nueva Orleans - Moledo.es

Por lo que cuenta Joel L. Fletcher, un amigo de John, de Thelma Toole, parece que había educado machaconamente a su hijo con un alto grado de autoestima, exigencia y esperanzas en que le aguardaba un futuro muy importante, una ironía de lo más trágica por la que quizá la tolerancia de John a la prolongada frustración de que Gotlieb no aceptara su novela era lo suficientemente exigua como para hacerle perder la serenidad y hasta la salud mental. Pero no cabe duda de que, pese a los errores que Thelma pudiera cometer en su relación con su hijo, se redimió tras su lucha para que el mundo gozara su obra maestra.Quizá 'La conjura de los necios' sea la mejor novela estadounidense de todos los tiempos

No obstante, su empeño no acabó ahí porque, tras el triunfo de La conjura de los necios, dio con otra novela de John escrita a máquina e hizo todo lo posible por que su familia política no sacara tajada de su publicación, impidiéndola primero y nombrando a Holditch guardián de la misma después en su testamento, cometido que tuvo que desempeñar en vano cuando Thelma murió en 1984.

Así que, tras varios años de litigios, La Biblia de neón vio la luz en 1989, y los lectores de todo el planeta pudieron confirmar que John Kennedy Toole era de verdad un genio que había redactado con sólo dieciséis años algo tan maduro como esta novela sobre la infancia y primera juventud en un intolerante pueblo sureño y, unos diez años después, había concluido La conjura de los necios, que podría ser la mejor novela estadounidense o al menos una de ellas sin duda, y que pensar en qué prodigios podría haber escrito de no haberse suicidado constata la gran pérdida que esto fue para el mundo.