Florence Foster Jenkins fue única e incomparable. Nacida en una familia noble, durante su juventud fue una niña prodigio del piano. Pocos saben que llegó a tocar en la Casa Blanca durante la etapa de Rutherford Richard Hayes, el 19º Presidente de EE.UU entre 1877 y 1881. A pesar de sus notables actitudes, sus deseos eran otros y decidiófugarse con el que pronto sería su primer marido, un medico local llamado Frank Jenkins. Además, la diosa fortuna quiso que sufriera una grave lesión en un brazo, lo que terminaría con su joven carrera como profesora de piano. Así, su vida antes opulenta y acomodada mutó en una existencia cercana a la miseria.

Lejos de acabar su mala suerte, para desgracia de Florence, su marido sentía cierta predilección por las damas de la noche y contrajo la sífilis, que pronto contagió a su mujer. En esa época, la medicina rudimentaria que se le suministraba consistía en una mezcla de mercurio y arsénico venenoso que actuaba como calmante. Este hecho marcó el resto de su vida, debilitándola de forma masiva y sufriendo un deterioro de su sistema nervioso irreparable. Un golpe que fue motivo suficiente para abandonar a su primer marido y establecerse por su cuenta, aunque mantendría su apellido el resto de su vida. Además, Florence perseveró con su pasión y años más tarde su vida daría un vuelco definitivo.

En 1900 se trasladó a Nueva York y en 1909 conoció a su segundo marido. Ese mismo año falleció su acaudalado padre y la afortunada heredera usó el patrimonio familiar para cumplir su anhelo más profundo, su sueño desde niña: convertirse en una gran estrella de la ópera. Florence se convirtió en un mero entretenimiento de la aristocracia neoyorquina Su intención era contratar el gran salón del Hotel Ritz Carlton para ofrecer sus recitales. Y así fue. Como eran conciertos privados, ella misma se encargaba de entregar las invitaciones en mano para evitar invitar a ningún crítico profesional. Cuando por primera vez pisó el suelo de un gran escenario, vestida con un traje de alas y cargada de oropeles hasta el ombligo, no dudó en bramar cacofonías de Mozart, Verdi o Strauss, entre otros. E increíblemente recibió el apoyo de un público que vio a Florence como un nuevo entretenimiento en sus anodinas vidas entre la aristocracia neoyorquina. Una existencia ligada a la fiesta, el alcohol y los asuntos baladíes.

A pesar del apoyo, sus actuaciones estaban repletas de errores en el tiempo, el tono y la pronunciación de las palabras en otros idiomas. Así que su acompañante al piano se vio obligado a realizar ajustes en su forma de tocar, para poder adaptarse a los repentinos cambios de tono y tiempo que se pueden apreciar en las grabaciones que hoy se conservan. Todo un tesoro para los oídos:

Quién sabe si por no saber aceptar la realidad o por su ferviente pasión por la ópera, nuestra protagonista estaba convencida de que a sus conciertos acudían matones enviados por sus rivales llenos de envidia y que reían de forma descarada entre el público para perjudicar su carrera.Las entradas volaron ante su gran recital en el Carnegie Hall De hecho, era una mujer que se comparaba sin ningún pudor con sopranos con el renombre de Luisa Tetrazzini o Frieda Hempel. La cuestión es si ella era consciente de sus nulas dotes para la canción y formaba parte de toda una broma de forma intencionada, o si verdaderamente se consideraba una buena soprano además de su devoción por ser el centro de atención. Algunas de sus citas tampoco ayudan a esclarecer sus pensamientos y dejan aún más en el aire sus auténticas intenciones: “La gente puede decir que no puedo cantar, pero nadie puede decir que no canto”.

La rica heredera fue el hazmereír de la élite neoyorquina. Se convirtió en la celebridad que quería ser, aunque no por la razón que ella habría deseado. Sin embargo, por pura aclamación popular, a los 76 años dio una gran actuación en el prestigioso Carnegie Hall. Las entradas volaron y muchos quedaron fuera agitando sus billetes con la esperanza de conseguir una entrada. De hecho, los asientos más valiosos estaban en la parte de atrás, donde la gente podía caer de rodillas y partirse de la risa. Durante el concierto, ella interpretaba la risas como meras adulaciones, pero al día siguiente se dio de frente con la realidad: la crítica se cebó con sus críticas. Dos días más tarde, Florence sufrió un paro cardíaco fatal. Algunos lo atribuyeron a la decepción sufrida tras su actuación.

El próximo mes de mayo llega a los cines la película biográfica de Florence Foster Jenkins dirigida por Stephen Frears y protagonizada por la genial Meryl Streep. En los tráilers que hasta ahora se han publicado, no hemos podido oír la voz de la actriz en plena cacofonía. Habrá que esperar y comprobar si hace justicia a esa voz tan... especial.