Los otros 23-F
Manuel Pérez Barriopedro / EFE

A las 16:45 h de la tarde, un ingeniero protagonizaba la sesión que estaba a punto de comenzar en la Carrera de San Jerónimo. Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo se sometía al segundo debate para ser investido como presidente del Gobierno, después del fracaso en la primera sesión al no alcanzar la mayoría absoluta. Era el 23 de febrero de 1981 y todo hacía presagiar que el político de la UCD obtendría la mayoría simple de la Cámara.Un grupo de guardias civiles, liderado por Antonio Tejero, secuestró el Congreso mientras se celebraba el debate de investidura de Calvo Sotelo

Pero a las 18:20 horas, el debate de investidura se vio interrumpido violentamente. Como recoge el diario de sesiones del 23-F, "tras escucharse en el pasillo algunos disparos y gritos de «¡Fuego, fuego!» y «¡Al suelo todo el mundo!» irrumpe en el hemiciclo un número elevado de gente armada y con uniforme de la Guardia Civil". Entre ellos se encontraba Antonio Tejero, el cabecilla del golpe de estado que hizo tambalear la recién recuperada democracia española.

La entrada de los golpistas levantó al teniente general Manuel Gutiérrez Mellado de su asiento. El entonces vicepresidente primero del Gobierno intentó, sin éxito, frenar lo que estaba ocurriendo en el Congreso de los Diputados. Las ráfagas de metralleta, que aún pueden observarse en los techos de la Cámara Baja, hicieron que el resto de diputados se escondieran en sus escaños. Solo Adolfo Suárez y Santiago Carrillo permanecieron sentados, impasibles ante lo que estaba sucediendo.

La ciencia, protagonista de los otros 23-F

Treinta y cinco años después, el 23-F sigue marcado en la retina de los españoles que vivieron con miedo y angustia el levantamiento. El fracaso del golpe de estado se debió en buena medida a todos aquellos que se mantuvieron al lado de la Constitución. Entre otros nombres destacan los de José Luis Aramburu -director general de la Guardia Civil-, José Gabeiras -jefe del Estado Mayor-, Francisco Laína -director de la Seguridad del Estado- y el de Guillermo Quintana Lacaci -asesinado años después por ETA- o José Juste, que impidieron que la división Brunete se levantara.El científico Cordero del Campillo, en la mira de los golpistas, afirmó durante su clase en la universidad que "cada uno debía cumplir con su deber"

Pero la historia también contó con anónimos valientes. Como sucedió en el caso del profesor Miguel Cordero del Campillo, uno de los parasitólogos españoles más reconocidos. Haciendo suyas las palabras del duque de Wellington a Lord Uxbridge, según narra Alessandro Barbero en Waterloo (Ediciones Destino, 2004), el veterinario afirmó que "pasara lo que pasase, cada uno debía cumplir con su deber". El suyo, según contó en el aula donde impartía docencia, "era dar clase". Pocos sabían que entre la lista de "personas fusilables" también se encontraba el nombre de este célebre investigador.

Aquel lunes, un ingeniero vio interrumpida su investidura como presidente del Gobierno, mientras que el resto de la sociedad española -entre ellos científicos como el propio Cordero del Campillo- aguardaban el final del golpe. Un final que comenzó con el mensaje del rey Juan Carlos I a las 1:14 h de la madrugada y terminó con la liberación del Gobierno y los miembros del Parlamento a la mañana siguiente. El 23-F quedaría grabado en la memoria como el día del golpe de Tejero, pero lo que quizás pocos sepan es que la investigación también ha protagonizado otros 23 de febrero con avances y descubrimientos fundamentales.

El suceso más conocido tal vez sea la presentación de la oveja Dolly, el primer mamífero creado mediante clonación por el equipo de Ian Wilmut. El 23 de febrero de 1997, los medios de comunicación se hacían eco del trabajo del Instituto Roslin de Edimburgo. Aunque Dolly no fuera el primer animal clonado, su nacimiento el 5 de julio de 1996 supuso la aplicación de la técnica de la transferencia nuclear de manera regular, según explicaba a Hipertextual el Dr. Lluís Montoliu, del Centro Nacional de Biotecnología. La oveja saltaba así de la poyata del laboratorio a los medios, provocando un considerable debate ético y social.La presentación de la oveja Dolly, el éxito de la vacuna Salk contra la polio o el primer trasplante de hígado en España, las otras caras del 23-F

Veintisiete años antes del golpe de estado en España, la investigación biomédica también protagonizó otro acontecimiento histórico. En 1954, la vacuna contra la polio de Jonas Salk empezó a ser probada en niños de la Arsenal Elementary School de Pittsburgh (Estados Unidos). Los resultados de los estudios, según recogió The New York Times, demostraron una eficacia cercana al 90%. La vacuna de Salk, que no fue fue patentada, marcó un punto de inflexión fundamental en la lucha contra la poliomielitis.

La ciencia española también celebra importantes acontecimientos ocurridos un 23 de febrero. El primero sucedió solo tres años después del levantamiento del 23-F. Los médicos Carles Margarit y Eduard Jaurrieta, adjuntos del Hospital de Bellvitge de Barcelona, llevaron a cabo con éxito el primer trasplante de hígado. Por aquel entonces, los doctores se quejaban del estado del sistema nacional de salud en una entrevista concedida a la periodista Milagros Pérez Oliva, del diario El País. "El que hagamos una medicina que podría calificarse de élite no nos libra de sufrir, como todos los demás, los graves problemas de la sanidad española", afirmaban. El propio Margarit lamentaba cobrar un sueldo neto de 105.000 pesetas al mes (poco más de 600 euros) y de problemas tan conocidos como la presión asistencial o las reducidas becas.

Veintiún años después del primer trasplante, la ciencia en España asistía a otro hecho relevante. El 23 de febrero de 2005, el Ministerio de Sanidad autorizaba los primeros cuatro proyectos de investigación con células madre embrionarias. Los grupos de Bernat Soria, Carlos Simón, Juan Carlos Izpisúa, Ángel Concha y José López Barneo emprendían una carrera clave en el campo de la medicina regenerativa. Pero la salud no ha sido la única protagonista del lado científico del 23-F.

La incertidumbre del 23-F

El golpe del 23-F generó una terrible mezcla de incertidumbre y angustia en la sociedad española. Medio siglo antes, sin embargo, apareció otra clase de incertidumbre. El 23 de febrero de 1927, el joven Werner Heisenberg escribía una carta de 14 páginas a Wolfgang Pauli en la que describía el principio de incertidumbre, una pieza fundamental de la mecánica cuántica. Como explicaba el físico y cantautor Ismael Serrano, "el principio está relacionado con el hecho de que el observador por el mero hecho de ser testigo influye en la realidad que está observando, la altera, introduce una variable de indeterminación". La idea de Heisenberg, vigente todavía hoy, plantea que es imposible medir de forma simultánea la posición de una partícula y su velocidad.Heisenberg escribió una carta de catorce páginas a Pauli para describir por primera vez el principio de incertidumbre

Mucho antes de la detección de las ondas gravitacionales, científicos del Instituto Max Planck fueron capaces de confirmar por primera vez algunos efectos predichos por la teoría de la relatividad de Albert Einstein para las proximidades de los agujeros negros. Sucedió un 23 de febrero de 2005. Curiosamente, dos eventos más relacionados con la exploración espacial ocurrieron en esta misma fecha. En 1962, doce países occidentales (Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Italia, Holanda, Noruega, España, Suecia, Suiza, Reino Unido y la República Federal de Alemania) firmaban el nacimiento de la European Space Research Organization, germen de lo que conocemos hoy como Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés). Aquel día, pero veinticinco años después, la comunidad científica también detectó la supernova SN 1987A, situada a 168.000 años luz del planeta, lo suficientemente cerca como para ser visible a simple vista.

23-F

¿Un reloj de arena o una supernova? Ilustración que muestra los restos formados tras la explosión estelar. Fuente: ESO/L. Calçada

La investigación en química también ha protagonizado importantes avances en una fecha tan recordada como este 23 de febrero. En 1765, el científico británico Henry Cavendish descubrió el hidrógeno. Dos siglos después, el norteamericano Glenn T. Seaborg halló el plutonio. Su trabajo ayudó a producir suficiente material para fabricar Fat Man, el nombre clave con el que se denominó a la bomba que estallaría en Nagasaki. Tras el Proyecto Manhattan, Seaborg regresó a California donde descubriría el yodo-131, utilizado hoy en día en el tratamiento del cáncer de tiroides.El hidrógeno y el plutonio fueron descubiertos en un día como este. También fue patentado el motor diésel que, como la democracia española, arrancó sin que nadie ni nada pudiera pararlos

Los estudios de Seaborg sobre "la química de los elementos transuránicos" le valieron el Premio Nobel de Química de 1951. Quien no recibió el galardón, aunque su invención bien lo hubiera merecido, fue Rudolph Diesel. El 23 de febrero de 1893, la administración alemana le concedió la patente número 67207 para proteger su invención más famosa, el hoy conocido como motor diésel. De un ingeniero como Rudoplh a otro como Calvo Sotelo, no hay duda de que los 23 de febrero han enseñado la mejor y la peor cara del intelecto humano. Ambos protagonizaron avances clave. Uno con el desarrollo de un motor que a la larga cambiaría la industria. Otro, involuntariamente, con la superación de un golpe de estado que pudo incendiar los mimbres de una libertad recién recuperada. Por fortuna el levantamiento de Tejero no produjo la combustión que los militares esperaban. Y así arrancó por completo el motor de la democracia española, sin que nadie ni nada pudieran pararlo.

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