En teoría, la propiedad intelectual existe para garantizar la innovación a través del establecimiento de monopolios comerciales sobre una determinada obra. Sin embargo, en la industria de la moda, a pesar de que la protección contra el plagio es mínima, las ganancias financieras son enormes.

En términos generales, la industria de la moda no tiene protección sobre derechos de autor salvo excepciones muy puntuales y diferencias en la legislación de ciertos países: se protege la marca registrada, pero no el diseño ni ninguna de sus características, lo que, en la práctica, significa que cualquiera puede copiar cualquier cosa, menos la etiqueta con el logotipo.

La razón para esto es que los tribunales decidieron hace muchísimo tiempo que las prendas de vestir son fundamentalmente utilitarias, y en consecuencia no pueden ser registradas. Desde entonces, los diseñadores pueden tomar elementos e incluso diseños enteros de cualquier lugar en la historia de la moda, pasada o presente. La cultura del diseño de moda es la cultura de la copia.

La paradoja de la piratería

Según los profesores de Derecho Kal Raustiala y Christopher Sprigman, las protecciones débiles a la propiedad intelectual han sido integrales para el éxito de la industria de la moda; éste es el efecto que denominan "la paradoja de la piratería". Para que la industria siga creciendo, los diseños de este año deben gustarle a los clientes, pero también deben dejar de gustarles relativamente pronto, para que puedan comprar los del próximo año.

industria de la moda
By UNIFORM Studio [CC BY 2.0], via Wikimedia Commons

Esto se denomina "obsolescencia inducida", y mientras que en otras industrias, como la tecnológica, puede lograrse a través de mejoras de rendimiento o desempeño, la industria del diseño depende del establecimiento de modas pasajeras, que permiten que los diseños se muevan hacia abajo en la cadena de consumo: comenzando por los grandes diseñadores y los clientes de altos ingresos, hacia la "moda rápida" o de consumo masivo. Una vez que un diseño ha llegado a las masas, las élites dejan de quererlo: ya no cumple con su función de símbolo de estatus.

La cultura del diseño de moda es la cultura de la copia.

En consecuencia, la industria se ve obligada a continuar innovando, compitiendo, de esta manera generando ventas muchísimo más altas de las que tendría si los diseños estuvieran protegidos por normas estrictas de propiedad intelectual. Aunado a esto, la ausencia de patentes permite a los diseñadores tomar prestadas ideas de cualquier lugar, lo que contribuiría a un campo más fértil para la creatividad.

A pesar de que se ha alegado que este modelo perjudica a los grandes diseñadores, disminuyendo sus ventas ante las de productos falsificados, la realidad es que el cliente que compra las imitaciones no es el mismo cliente de los diseñadores de alta costura: los materiales son más baratos, las prendas que adquiere son de menor calidad, no está buscando marcar la moda sino insertarse en ella. En el caso de los grandes diseñadores, al igual que sucede con los comediantes (los chistes tampoco tienen copyright) se trata del estilo: no importa si te copian, si tu estilo es identificable y consistente, cualquiera sabrá que es una copia y que era tuya en primer lugar.

El caso de la industria de la moda es sumamente interesante porque contradice todo lo que se ha dicho hasta ahora como fundamento de la existencia de normas estrictas de propiedad intelectual: que la creación de estos monopolios de comercio es indispensable para proteger la creatividad y en consecuencia permitirle a los creadores hacer dinero de su trabajo. Pero si existen otros modelos posibles, y hacen mucho más dinero que, por ejemplo, la industria editorial o la musical, ¿es realmente el copyright tan útil como quiere hacernos creer?