La lepra, una historia de marginación social
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Hay enfermedades que forman parte de la estigmatización social, no sólo por lo desagradables que pueden resultar sus síntomas y su desarrollo y la aprensión y el miedo que producen, sino también las razones por las que una persona se contagia de ellas si son infecciosas. Las venéreas o de transmisión sexual, como la sífilis o el sida, son las que se han visto siempre con peores ojos; el motivo, por supuesto, es la represión sexual de toda la vida, esa que prima la abstinencia frente a los posibles medios profilácticos por absurdo ascetismo.La lepra lleva con nosotros al menos 4.000 años

Sin embargo, no sólo padecer una ETS ha estigmatizado a la gente a lo largo de la historia, sino también cualquier otra enfermedad repelente o mortal en potencia. Y del mismo modo que no pocos religiosos afirman que el sida es un castigo divino por el pecado de la homosexualidad, como la buena de Teresa de Calcuta, quien decía que “el sida es una retribución justa por una conducta sexual impropia”, otras infecciones han sido consideradas escarmientos de los dioses.

Pero, de entre todas ellas, hay una que se lleva la palma en esto de las enfermedades estigmatizadoras hasta tal punto que probablemente hayáis escuchado algún chiste sobre ella de humor negrísimo: la lepra, que a diferencia de la sífilis o el sida, conocidas de forma masiva desde hace unos 500 años y treinta respectivamente, lleva con nosotros al menos cuatro milenios.

Un cuerpo que, literalmente, se desmorona

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El bacilo de Hansen, responsable de la lepra, debe su nombre al médico noruego Gerhard Armauer Hansen, que dio con él en 1874. Pero no fue hasta nada menos que 2008 cuando se identificó a una variante del bacilo en la Universidad de Texas, la mycobacterium lepromatosis, que explica su incidencia en países de climas distintos.La lepra provoca úlceras cutáneas, pérdida de sensibilidad en las extremidades, estragos neurológicos, debilidad muscular, nódulos y defiguramientos

Se trata de una enfermedad infecciosa con un largo periodo de incubación, y cuyos síntomas en concretan en la aparición de manchas y úlceras cutáneas, es decir, en la piel, con pérdida de sensibilidad hasta incluso el entumecimiento de las extremidades y lesiones que no se curan, estragos neurológicos y debilidad muscular; y en los casos más graves, de la variante lepromatosa y no de la tuberculoide, se observan considerables protuberancias y nódulos o hinchazones, y horribles desfiguramientos causados por la destrucción de tejidos como el cartílago de la nariz y las orejas, daños permanentes en los nervios de brazos y piernas y privación irreversible de la sensibilidad cutánea.

El contagio ocurre solamente cuando una persona que transmite la lepra mantiene un contacto físico continuado durante mucho tiempo con otra con predisposición genética a contraerla. Esto se debe a que no todos los enfermos ejercen como agentes infecciosos, propagando bacilos, y a que la mayoría de la población es inmune a ellos. Por ahora se han identificado cinco genes que provocan la falta de resistencia a la enfermedad, y los niños son más propensos que los adultos a infectarse.No todos los enfermos de lepra son infecciosos y la mayoría de la población es inmune a sus bacilos

Cuando por fin dejamos atrás los inútiles rituales y oraciones específicos y nos decidimos a averiguar las causas reales de la lepra y buscamos una cura, comenzaron a probarse varios remedios, como los basados en el aceite de ginocandia o chaulmogra, incluido el antileprol en cápsulas de Bayer de 1908, en oro y yoduro potásico, o como los localizados para necrosar las lesiones cutáneas, con lejía de potasa, alcanfor, ácido fénico, pasta cáustica de unna, pirogalol, ictiol, nieve carbónica y termocauterización.

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Campaña de prevención de la lepra en Ladakh, India - PCruciatti, Shutterstock

Todo ello era un suplicio para los pacientes, tanto por los efectos secundarios como por las molestias en la aplicación de algunos tratamientos. Además, Se trata la lepra combinando los antibióticos dapsona, rifampicina y clofaziminaninguno de ellos era tan eficaz como lo fue luego el uso de la sulfona dapsona, antibiótico sintetizado por los alemanes Emil Fromm y Jacob Wittmann en 1908 y aplicado desde 1937, y sus derivados, pese a la existencia de algunas cepas resistentes de la bacteria y, sobre todo, la vacuna del doctor venezolano Jacinto Convit, que obtuvo el mycrobacilum leprae, el bacilo de Hansen, y lo mezcló con el de Calmette-Guérin o BCG, la vacuna contra la tuberculosis, en 1973.

En la actualidad, aparte de prevenir con inyecciones de la vacuna, se trata la enfermedad combinando los antibióticos dapsona, rifampicina y clofazimina desde los años ochenta del siglo pasado.

La enfermedad de los malditos

En la Biblia, el mismo Dios afirma ser quien envía la lepra, llama “inmundos” a los que la padecen y ordena su humillación pública: “Y el leproso en quien hubiera llaga llevará vestidos rasgados y la cabeza descubierta, y embozado deberá pregonar: «¡Soy inmundo! ¡Soy inmundo!»”. Y en el Sushruta Samhita, texto en sánscrito que se atribuye a uno de los iniciadores de la pseudomedicina aiurvédica, el hindú Súsruta, entre algunas consideraciones Según la OMS, en 2013 se notificaron más de 200.000 nuevos casos de la enfermedad en 103 paíseserróneas sobre ella, destaca la siguiente: “Los sabios sostienen que a veces un hombre es maldecido con esta enfermedad ―mediante la retribución divina― por haber matado a un sacerdote (brahmán), a una mujer o a un familiar, así como por haber realizado actos de impiedad. La lepra volverá a atacar en su siguiente nacimiento a un hombre en caso de que haya muerto de lepra”.

Durante la Edad Media, los leprosos llevaban en la mano las denominadas tablillas de San Lázaro, patrón de estos enfermos, que al golpear entre sí avisaban de que iban a pasar por algún lugar. Es importante comprender que hasta en siglo XIX se desconocía la causa de la lepra y, como hemos visto, no se dispuso de un tratamiento verdaderamente efectivo hasta varias décadas después del inicio del XX: no había remedio para ella, y lo único que se nos ocurrió fue apartar a los infectados del resto de la población, en asentamientos fuera de las ciudades o en leproserías.

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Colonia de leprosos abandonada en la fortaleza de Spinalonga de Creta (Grecia) - Nfoto, Shutterstock

Estas aún persisten en catorce países del mundo al menos, incluyendo Argentina, Brasil, República Dominicana y España, cuyo sanatorio de Fontilles es la única que queda en Europa Occidental. Porque se tiene la idea de que la lepra es una enfermedad del pasado pero, aunque así lo parezca y prácticamente lo sea en los países desarrollados, no es cierto: según la OMS, en 2013 se notificaron más de 200.000 nuevos casos de la enfermedad en 103 países, con algunos focos endémicos, sobre todo en África, y no obstante, ha sido eliminada en 119 de los 122 países que la tenían como un problema de salud pública en 1985.No tiene ningún sentido recluir a los enfermos en leproserías porque lo primero que hace el tratamiento es cortar la transmisión de raíz

Aún persiste la exclusión social de los enfermos en los focos endémicos, pero no tiene ningún sentido recluirlos en leproserías, leprocomios o lazaretos, no sólo por las condiciones especiales y prolongadas que deben darse para que contagien a otras personas, no sólo porque muchas veces se ha confundido con leprosos a los que sufren de sífilis, que es mucho más contagiosa, sino porque, además, si están en tratamiento son incapaces de hacerlo: lo primero que hace este es cortar la transmisión de raíz. Dicho esto, creo conveniente recordar la cita de Jack London que a Laura Prieto y Miguel de Górgolas, médicos de la división de Enfermedades Infecciosas del hospital universitario de la Autónoma de Madrid, tienen a bien rememorar del relato Koolau, el leproso, publicado en 1909: “La enfermedad no es culpa nuestra. No hemos pecado”. Por supuesto que no.

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