Cuando hablamos de racismo, por lo general nos referimos a conductas abiertas de odio y discriminación contra una minoría racial o étnica. Sin embargo, esa forma de racismo -tradicionalmente denominada racismo abierto-, que suele ir acompañada por hechos violentos, ha ido disminuyendo con el paso de los años, dando lugar a que mucha gente crea que vivimos en sociedades donde el racismo no es prevalente.

Sin embargo, hay al menos un segundo tipo de racismo: el denominado implícito o aversivo, según la teoría propuesta por Samuel L. Gaertner y John F. Dovidio en 1986. Esta teoría postula que existe un tipo de racismo que consiste en evitar ciertas interacciones con otros grupos étnicos, a raíz de evaluaciones negativas que tenemos sobre ellos en nuestra mente. El racismo aversivo se caracteriza por expresiones y actitudes más complejas, que catalogan como "amigo" o "enemigo" a otros seres dependiendo de si nos consideramos parte del grupo al que pertenece, o si por contraposición lo consideramos "otro", alguien de un grupo diferente al nuestro.

Las razas no existen

Sin embargo, uno de los factores que más persistentemente utilizamos para realizar esta diferenciación es el grupo étnico, o lo que solemos denominar "raza". En un estudio llevado a cabo por David Amodio y Patricia Devine en el año 2006, un grupo de sujetos debían señalar si una palabra que les era mostrada tenía un valor positivo o negativo, al mismo tiempo que se les mostraban rostros blancos y negros. Cuando los rostros eran negros, los sujetos asignaban una palabra negativa con mucha más rapidez.

A pesar de que el 75% de las personas demuestran comportamientos de racismo aversivo, la mayoría de ellos profesan creencias igualitarias, y cuando son confrontados, niegan el comportamiento en cuestión, tendiendo a racionalizarlo a través de estereotipos, lo que significa que este comportamiento tiene un origen subconsciente.

Sin embargo, esto no significa que sea menos peligroso: en un estudio llevado a cabo en 2007, se comprobó que los médicos cambiaban sus decisiones con respecto a pacientes negros en una medida proporcional a su sesgo racial. Los doctores blancos eran particularmente propensos a no administrar tratamiento contra la trombólisis a pacientes negros (una droga que reduce la posibilidad de coágulos en la sangre y previene los ataques cardiacos). Otros estudios han mostrado que las mujeres latinas y chinas tienen menos probabilidad de recibir tratamiento hormonal contra el cáncer de mama que las mujeres blancas.

Aparentemente, la culpa es de la amígdala. Puesto que vivimos insertos en culturas cargadas de estereotipos raciales, nuestro cerebro aprende información perjudicial con respecto a las personas que lucen diferente a nosotros. La amígdala, que se ocupa de manejar la respuesta condicionada al miedo, tiene el trabajo de recordarnos qué cosas son peligrosas y decirnos que nos alejemos.

racistas
"Silent diversity" por DryHundredFear bajo licencia CC BY 2.0.

Curiosamente, estos estereotipos no sólo se aplican a personas diferentes a nosotros: existe tal cosa como el autorracismo. Un estudio llevado a cabo por Harvard bajo el nombre de The Implicit Project mostró que los norteamericanos, por ejemplo, tienen prejuicios raciales contra los negros, incluso aunque ellos pertenezcan a este grupo.

El racismo implícito, por supuesto, pasa inadvertido más fácilmente, en particular para aquellos que no pertenecemos a una minoría, porque no significa una hostilidad explícita o una manifestación violenta. Sin embargo, sí implica un sesgo negativo que se manifiesta en diferencias en el trato hacia las minorías, y sí contiene en sí una idea de superioridad cultural, social o ética. Aunque afirmemos que todos somos iguales, hay un nivel subconsciente en el que creemos que ciertas personas son flojas, deshonestas, o más violentas que nosotros, y ese prejuicio se ve afirmado en reacciones como las causadas al cruzarse por la calle de noche con una persona de piel oscura. Y estos prejuicios, aunque parezcan inofensivos, al convertirse en estructurales generan desigualdad económica, diferencias en el acceso a los empleos, ingresos, servicios de salud y educación.

¿Podemos identificar en nosotros mismos estos prejuicios, y corregirlos? Como seres humanos, estamos predispuestos a la categorización: nos ayuda a ordenar el mundo y a darle sentido. Reconocer las diferencias entre nosotros y otras personas nos permite controlar nuestras interacciones. Dado que las personas que sufren de racismo aversivo usualmente poseen valores igualitarios, su sesgo no se ve explícito en situaciones donde existen normas sociales claras; en ese caso sus valores éticos están por encima. La discriminación surge en los casos en los que estos lineamientos no son precisos, o en los que sus acciones pueden verse justificadas o racionalizadas. Con respecto a esto, Amodio señala:

El cerebro humano es apto para el control y la regulación, y el hecho de que tengamos estos sesgos debería ser visto como una oportunidad para estar conscientes de ellos y hacer algo al respecto.

Los estereotipos están en todas partes: tenemos la capacidad y la responsabilidad de encontrar lo que nos une a otras personas, lo que nos hace similares, borrar las barreras cognitivas y regular nuestro propio comportamiento.