Para disgusto de aquellos que lamentan que la cultura se popularizara y que sólo quieren catar el cine de autor, lo cierto es que hablar de cine comercial no es necesariamente lo mismo que hablar de mal cine, del mismo modo que las películas de autor no tienen por qué ser valiosas así como así: todo depende de cada una de ellas, y en el cine comercial también hay sus más y sus menos, como en la carrera del británico Ridley Scott, uno de los directores a los que se les presta una generosísima atención que, en realidad, pocas veces ha merecido verdaderamente, aunque por lo general consiga entretenernos.

No sólo de ‘Alien’ y ‘Blade Runner’ vive el hombre

Quizá haya a quien le sorprenda que considere a Scott un director mercenario pero, además de que no soy el primero en hacerlo, hay que puntualizar que no se trata de un autor porque se dedica, al igual que muchos otros hollywoodienses, a sentarse y esperar a que le vayan llegando guiones, y él los selecciona como quien se acomoda en alguna tienda de ropa muy exclusiva y le van enseñando modelitos: su interés no es sacar adelante El interés de Ridley Scott no es sacar adelante proyectos con los que esté comprometido desde el principio, sino rodar los encargos que le apetecenproyectos con los que esté comprometido desde el germen de la idea, su maduración y la escritura del guion sino, sencillamente, rodar los encargos que le apetecen; no le preocupa aportar una visión particular del mundo y ni tan siquiera mostrar un estilo visual inconfundible de puro propio, sino trabajar en lo que le gusta y en lo que se le da bien. Esto, sin duda, es algo del todo respetable; pero eso no quita que haya que tener claros los conceptos.

La primera experiencia cinematográfica que se le conoce es el corto Boy and Bicycle (1965), elaborado cuando estudiaba Fotografía en Royal College of Art londinense. Se trata de la única película de la que es autor de su escaso guion, y está protagonizada por su hermano Tony, el malogrado director Tony Scott (Crimson Tide, 1995, Man on Fire, 2004), que interpreta a un estudiante que va camino de una playa en su bicicleta, en un ejercicio de estilo contemplativo con un injustificado blanco y negro que se deja ver.

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'Alien' - 20th Century Fox

Transcurrieron doce años hasta su siguiente filme, The Duellists (1977), un largometraje minúsculo basado en una novela de Joseph Conrad sobre dos militares napoleónicos (Keith Carradine y Harvey Keitel) que se baten en duelo repetida y empecinadamente a lo largo de su vida, y en el que el único gusto verdadero es poder ver un ratitoDe 'Alien' destaca la conseguida atmósfera gótica, su buen ritmo, la tensión que logra en los espectadores, el terrorífico monstruo diseñado por Hans Giger y, sobre todo, la teniente Ripley el saber hacer de Albert Finney. A esta película le siguieron las dos por las que más se defiende o se reivindica a Ridley Scott: Alien (1979) y Blade Runner (1982).

De la primera, sobre la tripulación de una nave espacial que sufre el acecho de un perfecto depredador alienígena, hay que hablar de su conseguida atmósfera gótica, de su buen ritmo, de la tensión que logra en los espectadores, del terrorífico monstruo diseñado por el suizo Hans Giger y, sobre todo, del icónico personaje femenino de la heroína que no iba a serlo, la teniente Ellen Ripley, interpretada por Sigourney Weaver; pero no hay que perder de vista que se trata sencillamente de un relato sobre un bicho extraterrestre con muy malas pulgas que juega a un grosero Diez negritos con la tripulación de la Nostromo, cuyos miembros carecen de profundidad como personajes.

De la segunda, que cuenta la historia de unos robots de aspecto humano que buscan a su creador para alargar su propia vida y de un blade runner que les sigue la pista para destruirlos, hay que destacar la notable mezcla de ciencia ficción, cine negro y estética punk, el trasfondo existencialista y nietzscheano y el celebrado monólogo final que Roy Batty (Rutger Hauer) le dirige a su perseguidor, Rick Deckard (Harrison Ford); pero la puesta en De 'Blade Runner' se recuerda en especial el celebrado monólogo final del androide Roy Battyescena no pasa de una corrección bastante fría.

Digamos que Alien y Blade Runner se contraponen: en la primera sobresale la forma en que está realizada y no tiene demasiada hondura intelectual, y en la segunda es justo al revés. Y si Blade Runner fue un fracaso de taquilla y de crítica que sólo empezó a valorarse hasta el culto una década después, las obras de Scott que le siguieron no volaron muy alto: la pueril Legend (1985) y las mediocres Someone to Watch over Me (1987), con problemas de verosimilitud finales, Black Rain (1989), que podría haberla rodado cualquiera, Thelma and Louise (1991), recordada colleja feminista, 1492: Conquest of Paradise (1992, en el quinto centenario), fácil de olvidar excepto por la banda sonora coral de Vangelis, White Squall (1996), emotiva pero simplona, y GI Jane (1997), un despropósito sin rumbo. Quince años y siete películas desperdiciadas.

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'Blade Runner' - Warner Bros. Pictures

Y llegó la académica Gladiator (2000), un péplum que reelabora lo narrado en The Fall of the Roman Empire (Anthony Mann, 1964) sobre Máximo (Russell Crowe), un esforzado general romano del emperador Marco Aurelio (Richard Harris) que cae en desgracia cuando este muere y le sucede su pérfido y celoso hijo Cómodo (Joaquim Phoenix). Fue el mayor éxito de Scott, ganadora de los Oscar gordos, de los BAFTA y los Critics’ Choice, tan sobrevalorada que uno se asombra. Esforzado es Crowe con su interpretación como su propio personaje, y el filme'Gladiator' está tan sobrevalorada que uno se asombra contiene alguna secuencia con una hermosa composición que la eleva un poco al final, pero desde luego no hasta las cumbres que muchos pretenden: en general, posee la planificación funcional de su director.

Mucho mejor es, a mi entender, su siguiente película, la exquisita e hipnótica Hannibal (2001), basada en la tercera novela que ha publicado Thomas Harris sobre el maligno y brillante psiquiatra lituano, el doctor Lecter, de nuevo con el gran Anthony Hopkins en el papel de tan renombrado asesino caníbal tras diez años desde The Silence of the Lambs (Jonathan Demme, 1991). Es la única verdadera sinfonía de Ridley Scott, en la que el montaje es un portento, las secuencias se suceden con siniestra naturalidad y el compositor Hans Zimmer se luce como pocas veces. No sólo Florencia; hasta la violencia y el horror obnubilan en esta película.

Black Hawk Down (2001) y Matchstick Men (2003) se ven con cierto gusto. La primera, sobre una misión de unos soldados americanos en Somalia que se tuerce, es un terrible y trepidante retrato bélico en el que No sólo Florencia; hasta la violencia y el horror obnubilan en 'Hannibal'participan un buen número de actores conocidos, entre ellos, Josh Hartnett, Eric Bana y Ewan McGregor; y la segunda, una entretenida historia de estafadores con Nicolas Cage, Sam Rockwell y Alison Lohman, injustamente olvidada. Luego vino Kingdom of Heaven (2005), una limitada epopeya medieval de las Cruzadas en la que Scott tuvo la desfachatez de reutilizar la bellísima ópera Vide cor meum, que se representa en Hannibal, para su banda sonora. Y también en 2005 participó junto a su hija Jordan en la película episódica con trasfondo social All the Invisible Children; su corto se titula “Jonathan” y se centra en la ensoñación juvenil de un fotógrafo de guerra (David Thewlis), y ni siquiera la absoluta libertad creativa que tenía en este proyecto le empujó a escribir o colaborar en el guion, que firma su hija en solitario. De todos modos, su trabajo es mejor que el aportado por el sobreestimado Emir Kusturica, por ejemplo.

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'Hannibal' - MGM, Universal Pictures

A la elección incomprensible de la comedia superflua A Good Year (2006) la sucedió el escalofriante thriller American Gangster (2007), en el que Denzel Washington borda la personalidad criminal de un mafioso que trafica con drogas en los años 70 del siglo pasado al que busca un honrado policía (Crowe). Y a esta, la disfrutable Body of Lies (2008), Robin Hood (2010), cuyo poso es igual a cero, la denostadísima Prometheus (2012), primera precuela de Alien después de tres secuelas, las inanes The Counselor (2013) y Exodus: Gods and Kings (2014), cuya'The Martian' falla en algo capital: mostrar y hacer comprender a los espectadores la tremenda angustia que se debe de experimentar si uno se encontrara abandonado en Marte premisa es exactamente la misma que la de Gladiator y que es una nueva versión de la bíblica The Ten Commandments (Cecil B. DeMille, 1923, 1956).

Y este 2015 ha estrenado The Martian, la esperada adaptación de la novela de Andy Weir sobre Mark Watney (Matt Damon), un astronauta estadounidense al que dan por muerto en Marte y allí queda, abandonado e intentando sobrevivir. Y, de hecho, el filme de Scott falla en algo capital: mostrar y hacer comprender a los espectadores la tremenda angustia que se debe de experimentar si uno se encontrara en la situación de Watney, más preocupado por ser didáctico y científicamente verosímil, lo cual no debería ser incompatible con lo primero. Pero esta película es el ejemplo perfecto de cómo suele ser trabajo de Ridley Scott, es decir, de una entretenida eficiencia de encargo que no brilla y que, si acaso, titila en ocasiones. Uno se da cuenta de que Ridley Scott no es Alfonso Cuarón y que The Martian no es Gravity porque carece de ingenio audiovisual. Y, siguiendo esta pauta, uno es capaz de hacerse una idea de lo que podemos esperar de sus siguientes proyectos, Alien: Paradise Lost, secuela de la precuela de ídem, y posiblemente, una secuela de Blade Runner. Pero ¿quién sabe? Quizá, como a veces, consiga sorprendernos.