Tengo una especie de fascinación por los artistas que no solo no tienen problema en sus inspiraciones, sino que lo hacen de forma súper honesta, casi descarada. Los integrantes de Led Zeppelin, por ejemplo, jamás ocultaron la copia a obras de Chester Burnett, Jake Holmes o Spirit, que hicieron sin vergüenza alguna. Steven Wilson hizo una disección del riff de The Wall de Pink Floyd y lo uso como base para crear Voyage 34, de Porcupine Tree, jamás lo ocultó, todo lo contrario, es hasta apropiado.

El arte se basa en la copia, a veces sutil, a veces totalmente obvia. Nada es original, en realidad todo es una re-mezcla, pero a veces no es del todo obvio, a veces no nos enteramos, a veces simplemente no nos importa (como con Game of Thrones). Pero en algunas ocasiones es el mismo creador quien decide contarnos a través de sonidos, palabras, escenas y referencias, de donde ha tomado inspiración para crear cosas nuevas.

Y aquí estamos, quienes vemos Mr. Robot, totalmente en shock con lo que ha sucedido en el episodio ocho y nueve de la primera temporada. Sam Esmail ha creado una obra de arte en la cual ha usado siete episodios para construir una situación imposible de paranoia absoluta mezclada con hackers, drogas, enfermedades, multinacionales, la aparente raíz de todo mal, la importancia y el tormento de la familia, Anonymous, la indignación hacia el poder, los extremos socio-económicos y la necesidad imperativa de acabar con el statu quo, reiniciar el sistema y poner en supuesta igualdad de condiciones a todos, con tintes anárquicos

¿Suena conocido? Sí, 1999, David Fincher, Chuck Palahniuk, Edward Norton, Brad Pitt… Fight Club o la búsqueda desesperada de un hombre por reiniciar el mundo, harto del consumismo desmesurado de la sociedad estadounidense de los 80s y los 90s, cansado de las apariencias, de la cultura del dinero, impulsado por un personaje ficticio llamado Tyler Durden que en realidad era, simplemente, él.

Esmail ha usado el formato de serie de televisión inspiradísima en Fight Club donde un chico que a duras penas es capaz de salir a trabajar a una empresa que odia, decide crear su propia versión de Anonymous por medio del cual planea reiniciar el mundo acabando con absolutamente todos los datos de la multinacional más grande y poderosa del mundo. «¿Qué pasaría si todos empezamos desde cero?» Es una de las preguntas que más se repiten a lo largo de la serie. A diferencia de El Narrador en Fight Club, Elliot Anderson, el protagonista de Mr. Robot no es un mediocre, no es un tipo que necesita proyectar su ideal en un personaje ficticio para lograr su cometido, es un genio, es un tipo capaz de hackear a una prisión para liberar a una persona, pero incapaz de entender su potencial real.

Así que Elliot recurre a Mr. Robot, este tipo que está y no está, que parece sacar a flote, inexplicablemente, su potencial para lograr su cometido. Hasta que te das cuenta que Elliot está totalmente fuera de si mismo, está totalmente loco, es un desequilibrado peligrosísimo, un mono con metralleta corriendo por las calles de New York a punto de cambiar el mundo.

Y ahí lo tienes, Elliot no era la persona que creías, no era solamente paranoia, no era solamente ansiedad, no era solamente las drogas, no era solamente alucinaciones, parece un ser esquizofrénico que proyecta su ideal en la figura de su padre. Elliot es Mr. Robot. Tu cabeza explota, te pones de pie, aplaudes a Sam Esmail por tener el valor de plagiar otra obra y crear de ahí lo que creo que es una de las mejores series de televisión de la década. Por hacer ese piloto majestuoso, por hacer ese episodio ocho y el nueve, donde con prácticamente soberbia pone Where is my Mind? de los Pixies en el fondo de una escena.

…y todavía nos queda un episodio más de esta primera temporada.