La historia de la ciencia se escribe gracias a la contribución de miles de personas que, a diario y de forma anónima, contribuyen a la generación de conocimiento y al progreso de la sociedad. Pero hay nombres que cambian para siempre la Historia -con mayúsculas-, y el de Frances Oldham Kelsey es uno de ellos. La científica canadiense, que salvó a Estados Unidos del desastre de la talidomida, falleció el pasado 7 de agosto a la edad de 101 años.

La investigación en farmacología no hubiera sido lo mismo sin el trabajo de Gertrude B. Elion o Frances Oldham Kelsey. Pero si la primera científica contribuyó de manera significativa al desarrollo de medicamentos contra la leucemia, la malaria o el SIDA, la segunda destacó por su especial olfato en una tarea tediosa pero fundamental: la regulación y el control de nuevos fármacos.

La mujer con nombre de varón

Oldham había nacido en Cobble Hill (Vancouver) en 1914, en una época en la que las mujeres no podían soñar con contribuir en condiciones de igualdad al desarrollo de la ciencia. Pero la joven Frances era tan tenaz como inteligente, y su capacidad le llevó a matricularse en farmacología en la Universidad McGill, tras completar con sólo 15 años los estudios en el instituto. Con apenas 21 años, ya había recibido la licenciatura y el máster en farmacología, y su curiosidad por la investigación la llevó a solicitar una plaza en el laboratorio de EMK Geiling.Durante su doctorado comenzó a evaluar los efectos secundarios de algunos medicamentos

Geiling era uno de los científicos más renombrados en el campo de la farmacología. Cuando Frances Oldham Kelsey le solicitó una plaza en su laboratorio, Geiling se encontraba montando su propio departamento en la Universidad de Chicago. En la comunicación que mantuvieron mediante correo postal, Geiling asumió en todo momento que "Frances" se refería a un nombre de varón, y sin subsanar aquel error, Oldham decidió embarcarse en una nueva aventura en Chicago.

Frances Oldham Kelsey
Frances Oldham Kelsey junto a su mentor E.M.K. Geiling. Imagen: Mike Hensen, The London Free Press

A pesar de la confusión inicial, Frances Oldham Kelsey pronto encajó en el grupo de Geiling. Durante el segundo año de doctorado, la joven ayudó al farmacólogo en un proyecto encargado por la FDA, la agencia reguladora de los medicamentos de Estados Unidos, para la que Oldham trabajaría años después. La entidad requería al laboratorio colaboración para entender algunos efectos secundarios mostrados por la sulfanilamida, un antibiótico del grupo de las sulfamidas.

Oldham se interesó por los efectos teratógenos de algunos fármacos, un descubrimiento clave años despuésSería la primera vez que Oldham evaluara los efectos de un medicamento para la FDA, pero no sería la única. En 1938, el trabajo de la joven en el laboratorio de Geiling permitió demostrar que aquel antibiótico había causado 107 muertes, incluyendo el fallecimiento de muchos niños. Aquel mismo año Frances Oldham Kelsey completaría su doctorado en Chicago, trabajo que le permitió interesarse por primera vez por los teratógenos, agentes o sustancias capaces de producir malformaciones a nivel embrionario.

Después de terminar la tesis doctoral, Oldham siguió trabajando en la Universidad de Chicago buscando una cura para la malaria. No lo consiguió, pero sus estudios demostraron que muchos fármacos eran capaces de cruzar la barrera placentaria, el límite que separa la sangre materna de la del feto. Este hallazgo sería clave años después, cuando Frances Oldham Kelsey comenzó a trabajar para la FDA.

La evaluación de la talidomida

Después de ser investigadora de la Universidad de Chicago, editora de la revista de la American Medical Association y profesora de la Universidad de Dakota del Sur, Oldham decidió cambiar de rumbo profesional. A comienzos de la década de los sesenta comenzó a trabajar para la Food and Drug Administration (FDA) de Estados Unidos, la entidad encargada de supervisar los medicamentos antes de ser comercializados.La industria farmacéutica presionó a la FDA para agilizar la aprobación del Kevadon

Por aquel entonces, sólo había siete personas trabajando a tiempo completo y cuatro a tiempo parcial revisando los fármacos antes de ser autorizados por la FDA. Las exigencias en cuanto al estudio y pruebas que deberían superar los medicamentos antes de ser comercializados no eran ni de lejos parecidos a los que tienen que realizar ahora. En septiembre de 1960, Frances Oldham Kelsey recibió uno de sus primeros encargos: debía revisar y autorizar, si procedía, un fármaco que recibía el nombre comercial de Kevadon.

La tarea parecía sencilla. El sedante, cuyo principio activo era la talidomida, se vendía ya en veinte países de Europa y varios más de África para tratar las náuseas de mujeres embarazadas. La presión de la industria farmacéutica trataba de agilizar los trámites de la FDA. Pero se toparon con la intuición de Oldham, cuya experiencia como farmacóloga evitó que el desastre de la talidomida se propagara también por Estados Unidos.

Frances Kathleen Oldham
Muchos niños nacieron en la década de los sesenta con focomelia, uno de los efectos de la talidomida en su desarrollo. Imagen: Leonard McCombe//Time Life

Al evaluar el Kevadon, la investigadora se dio cuenta de que faltaba información crucial sobre la seguridad del medicamento. La compañía farmacéutica Richardson-Merrell protestó ante la FDA, ya que los requerimientos de Oldham retrasaban la aprobación de un fármaco que ya estaba siendo administrado en Europa. La multinacional, conocida también por producir el Vicks Vaporub, empezó a presionar a la agencia tildando a Oldham de "burócrata".Sólo un año después se confirmaron las sospechas sobre la seguridad de la talidomida

Sólo un año después de comenzar a evaluar la talidomida, la historia daría la razón a la farmacóloga canadiense. Diversos informes en Europa, Canadá, Reino Unido y Oriente Medio alertaban de la relación entre la talidomida y las malformaciones congénitas aparecidas en muchos recién nacidos. En 1962, un artículo publicado en la revista Canadian Medical Association Journal confirmaba las sospechas: la talidomida era un teratógeno capaz de atravesar la barrera placentaria y afectar a los fetos durante el embarazo.

Ese mismo año, Frances Oldham Kelsey sería considerada como una auténtica heroína en Estados Unidos, país que se salvó del desastre de la talidomida gracias al empeño de esta científica. El propio John F. Kennedy le concedió la distinción al mérito civil más elevada en EEUU por su trabajo, que impidió que miles de niños sufrieran los efectos teratogénicos de un fármaco que hizo estragos en Europa. A partir de aquel momento, la normativa relacionada con la evaluación y autorización de nuevos medicamentos se endurecería en todo el mundo.

El problema de la quiralidad

Como se descubrió tiempo después, y se expuso magníficamente en Breaking Bad, el problema de la talidomida se centraba en una cuestión de quiralidad. Este concepto alude a "la propiedad de un objeto de no ser superponible con su imagen especular". En otras palabras, tal y como decía Walter White, si observamos nuestras manos veremos que son casi iguales, pero no superponibles.Oldham evitó que el desastre de la talidomida se extendiera por EEUU

En química ocurre algo similar: existen compuestos que pese a ser muy similares, no son superponibles. La quiralidad hace que presenten propiedades ópticas diferentes, distinguiendo dos tipos de enantiómeros, cuyas propiedades físicas y químicas son exactamente iguales, pero cuyo comportamiento frente a la luz polarizada cambia. En el caso de la talidomida, se comercializó una mezcla de enantiómeros sin saber que la forma "derecha" era teratógena.

Frances Oldham Kelsey
Enantiómeros de la talidomida. Fuente: UC Davis

No es el único caso en el que la quiralidad juega un papel importante en farmacología. Hoy en día sabemos, por ejemplo, que para tratar el Parkinson se usa el enantiómero L de la levodopa, ya que su imagen especular es inactiva a nivel biológico. Algo similar ocurre con el ibuprofeno, cuya forma activa es la de tipo S. Su forma especular, la del R-Ibuprofeno, es transformada por el propio organismo para su asimilación.

El conocimiento acumulado durante décadas nos ha permitido saber más acerca de la estructura química y la acción de muchos fármacos, incluida la talidomida. Pero cuando Oldham recibió en su mesa el expediente del Kevadon, nadie imaginaba que tenía ante sí uno de los medicamentos más peligrosos jamás comercializados. Su astucia evitó que el desastre de la talidomida se extendiera en Estados Unidos, al contrario de lo que sucedió en Europa. Tras su fallecimiento, vale la pena recordar a una figura que cambió para siempre la historia de la medicina.