Las elecciones municipales y autonómicas de este domingo no solo han confirmado la muerte del bipartidismo en España, también el nacimiento de una nueva política de pactos. Ahora, a unos pocos meses de las elecciones generales, las concesiones que hagan los distintos partidos para gobernar o dejar gobernar pueden suponer un escollo importante de cara a ganarse la simpatía de una sociedad cada vez más descontenta con la política que ha gritado muy fuerte en las urnas este domingo con un mensaje muy claro: basta de bipartidismo.

Muerto el fantasma de que votar a otros partidos es tirar el voto, el mal llamado voto útil, el nuevo panorama es tan alentador como lleno de dudas, de cuestiones y de incertidumbres. El nuevo mapa político ya no está bipolarizado por dos formaciones políticas que han hecho y deshecho, supuestamente representando a los ciudadanos, pero que, al final, la sensación generalizada ha sido que no han representado a nadie, y llega con tantos retos como preguntas -muchas sin respuesta- por delante.

Llegados a este punto, está mas que claro que los ciudadanos quieren un cambio en el rumbo político, y pese a que este tiempo atrás el bipartidismo ha demostrado no ser eficiente respecto a las necesidades más básicas de sus votantes, un cambio estructural en el sistema de partidos tampoco garantiza en sentido estricto una regeneración democrática, precisamente por las concesiones que tendrán que hacer unos y otro para permitir el gobierno, aunque siempre sea preferible a un sistema de mayorías absolutas, algo que puede generar un inmovilismo en políticas cruciales que ahora mismo España no puede permitirse.

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El problema es que la política española nos ha demostrado sobradamente que, en general, los pactos políticos pocas veces son a favor del ciudadano y muchas veces lo son a favor de que el político se asegure la silla. Además, el hecho de que los partidos tradicionales hayan perdidos escaños y concejales no quiere decir que hayan perdido su figura de poder, y por tanto, que hayan dejado de ser la llave de los pactos, y tenemos el mejor ejemplo con el freno a formar un gobierno en Andalucía y, desde luego, no será el último en estas próximas semanas. Pactos para salvaguardar sus intereses y pocos para los de los ciudadanos. Nos hemos cansado de escuchar a los partidos emergentes que no pactarán bajo ningún concepto con los partidos tradicionales tanto como a estos últimos decir que no lo harán con los emergentes.

Política para todos solo se puede hacer con el consenso de todos Por ello, y extendiendo la posibilidad de que los resultados de la municipales y autonómicas lo sean también para las generales en unos pocos meses, y teniendo en cuenta que un gobierno formado por muchos colores no garantiza una democracia más sana por el simple hecho de tener más colores, la situación empieza a complicarse para más de un partido, pues tendrán que hacer muchas concesiones si quieren gobernar.

Visto cómo está el mapa político, el tú más, las líneas rojas, la casta... será muy complicado abrazar acuerdos más allá de los intereses de gobierno. ¿Veremos pactos en políticas críticas o en la propia ley electoral? Como decía, la llave, por mucho que nos pese, y si los resultados se hacen extensibles a las generales, la siguen teniendo los partidos tradicionales. Ahora, lo inmediato para que los partidos emergentes puedan poner en marcha su proyectos políticos allá donde gobiernan serán los presupuestos locales y, para aprobarlos, no les quedará más remedio que pactar con aquellos que dijeron que no iban a pactar y viceversa.

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Son precisamente los partidos los que necesitan más regeneración democrática que el propio sistema, pues el nuevo panorama político no propicia, por el reparto de poder, un cambio en sectores claves que son los que claman los ciudadanos. Una ley electoral para dotar de mayor representatividad a los pequeños en relación con su total de votos. O para mejorar el control y los nombramientos del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional (recuerdo todavía 2010 y el freno a la renovación de cuatro magistrados del Constitucional que parecía no tener fin), o de las extintas cajas de ahorro. Ni hablar de la intromisión y politización de las empresas públicas como televisiones públicas o gestoras de infraestructuras.

Si tanto ganadores como perdedores de estas elecciones ya han dejado claro que de pactos nada, ¿cómo se van a poner de acuerdo para aprobar presupuestos? ¿Cómo vamos a llegar a acuerdos de estado en materias como la educación o la sanidad si llegamos así a las generales? España necesita más reformas que la reforma de los colores de sus parlamentos y ayuntamientos. Si la muerte del bipartidismo no es más que pérdida de poder de los partidos tradiciones en términos agregados, todavía queda mucho camino por delante para que lleguen los pactos de los ciudadanos, y no hablemos de los pactos de estado que son los que de verdad cambian la política y la sociedad.

Mientras todos los que están en medio de este embrollo no cedan, crucen sus líneas rojas de verdad, pacten con quienes decían que no iban a pactar y respeten las instituciones que decían no les representaban, el tú más, el ellos, el los malos y la muerte del bipartidismo no serán más que bonitas palabras, pero, desde luego, no será sinónimo de regeneración democrática, pues la regeneración democrática va de algo más que de gobernar para la mayoría, va de gobernar para todos.

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