Hace algunos años que las infografías tomaron la web por asalto (mucho antes habían hecho lo mismo con el mercado editorial). No cuesta entender el porqué: munida de representaciones gráficas fáciles de digerir, una infografía puede explicar conjuntos complejos de datos de manera ordenada y casi sinóptica.

Y si el recurso era exclusivo de gente del departamento de “arte”, distintos servicios web y apps lograron que cualquiera pudiera realizar una infografía sin importar sus aptitudes en el mundo del diseño (todos conocemos Visual.ly, la plataforma comunitaria para creación de infografías y visualización de datos fundada por Stew Langille, Lee Sherman, Tal Siach, y Adam Breckler en 2011).

Hay algo en la oscuridad del sentido que siempre me atrajo. Las infografías buscan claridad, buscan que uno pueda digerirlo todo de un tarascón. Chad Hagen, con su serie de infografías sin sentido, sugiere otra posibilidad. La infografía puede ser un objeto artístico, y como tal, una pregunta más que un dato.

Cuando uno mira una infografía sobre el aumento del calentamiento global en el último siglo o sobre las tasas de mortalidad en poblaciones de lobos marinos a lo largo de las costas del Atlántico Sur, adquiere algo: datos. ¿Qué nos queda después de mirar una de las infografías de Chad hagen?

Las infografías sin sentido de Hagen son la cifra de una promesa. Pueden hablarnos de la composición del suelo marciano, de los distintos goleadores en las ligas de fútbol de Europa o de la evolución de los precios de cómics de Marvel en el último decenio. Pero lo interesante es que pudiendo referirse a cualquier cosa no nos dicen nada, dejándonos la sensación de que siempre habrá algo más por entender.