El 24 de mayo, el movimiento #YoSoy132 convocó a su primera marcha multitudinaria, la cual tuvo como punto de partida la Estela de Luz. Este monumento, un auténtico icono del derroche y la corrupción, sirvió como espacio de reunión para una manifestación histórica. En algún momento, uno de los asistentes lanzó globos con pintura roja hacia la Estela, manchándola simbólicamente de sangre. La respuesta de los miembros del contingente fue cercar el monumento y limpiar la tintura. Ese acto fue percibido (y celebrado) como una muestra de civilidad sin precedentes en la historia de la protesta nacional.

Pero las cosas cambian muy rápido. Poco más de dos meses después de esa marcha, #YoSoy132 ya no cuenta con el mismo apoyo popular. Los esfuerzos por minar su reputación por parte de terceros han sido efectivos, y pese a iniciativas exitosas como el debate independiente, el movimiento presenta problemas para mantener el capital político que ganaron en el inicio. El ciudadano mexicano privilegia la comodidad, y tomar la vía contraria (aunque pueda resultar la correcta) tiene un impacto negativa en la opinión pública. Vamos, que tienen muchos fantasmas contra los cuales pelear: desde la huelga de la UNAM en 2000 hasta el plantón de López Obrador en Reforma en 2006.

Tras las elecciones, el movimiento ha debido tomar decisiones complicadas, hacer malabares para mantenerse distanciados lo más posible de la política partidista. Cuando un grupo organizó una protesta afuera de las instalaciones del Instituto Federal Electoral, la parte central del movimiento se deslindó. ¿Por qué? Porque #YoSoy132 no quiere ser un actor demasiado incómodo. Paradójico, pero cierto. En su lugar, organizaron brigadas para limpiar las pintas y el graffiti de las calles de la ciudad.

La iniciativa tiene muchas lecturas. La primera, por supuesto, apela a esta necesidad de mantener el apoyo popular. En protestas anteriores, los 132 han sabido utilizar estrategias de no confrontación que les han valido simpatías públicas, como su intención de marchar en las aceras en lugar de ocupar las calles; una acción que en su momento fue ensalzada por muchos. Esta tendencia a no incomodar les da un bono con la sociedad, al tiempo que marcan una distancia con otros movimientos estudiantiles del pasado o con las protestas encabezadas por grupos sindicales.

Sin embargo, la limpia de pintas es un precedente peligroso. Si la separación con la protesta del IFE evidenció su deseo por no confrontar, esta acción trasciende el límite de la censura al de la sumisión. Un sector amplio considera que el graffiti no es más que un acto de vandalismo, una destrucción de la propiedad privada. Claro, lo ven así porque altera el paisaje, cambia el espacio público y refleja una realidad diferente a la que se quiere proyectar. Tira la fachada de que todo está bien (y es una pantalla que muchos mexicanos prefieren mantener).

Decía Marshall McLuhan que el medio es el mensaje. Uno de sus ejemplos más famosos es el mensaje que da un foco. Tener una luz en la calle construye una idea: por ejemplo, que es más seguro caminar por ahí que por un lugar sin iluminar. Así, una ciudad más alumbrada se percibe como menos peligrosa. Lo mismo ocurre con la configuración de la urbe. La pinta transmite cosas más allá del mensaje que suscribe: comunica inconformidad, desacuerdo, crítica. Al alterar el espacio público, se modifica sustancialmente la idea que se tiene de él. Así, un lugar rayado le grita a sus habitantes; se vuelve portavoz, actor, participante.

El movimiento #YoSoy132 comete por lo menos tres errores con su acción. Primero, la de desacreditar una forma de disenso que no pasa por ellos ("La protesta soy yo"), que no comparte sus métodos. Si se ha acusado fragmentación en el movimiento, esta actitud se asemeja más a una separación entre originales y copias no autorizadas. Segundo, que es incompatible con su agenda de democratizar los medios. Como alguna vez leí, democratizar los medios no es que Televisa los invite a hablar; significa garantizar el acceso y la transparencia. Prohibir y borrar el graffiti atenta contra ambos objetivos.

El error más grave, tercero, es que su comportamiento está desactivando su propia manifestación. Sí, es probable que ganen algunas palmas por su supuesto civismo, pero están sacrificando el poder de su mensaje en pos de la comodidad, donde lo diferente es lo vandálico, lo condenable. Me recuerdan (tristemente) a la iniciativa de los legisladores mexicanos por crear un manifestódromo para evitar los atascos de trafico.

[De aceptarse], los manifestantes podrían perder su carta más fuerte: la incomodidad. Aceptémoslo, si no nos estorbaran, ¿cuántos de nosotros nos enteraríamos de las peticiones del SME, del SNTE, y de tantos otros grupos de manifestantes? Al no incomodar, una manifestación deja de ser una carta de negociación para convertirse en un mero desahogo comunal.

Chicos de #YoSoy132, así como les he reconocido en muchas ocasiones, hoy difiero de esta postura. ¿Quieren proteger el espacio público? Úsenlo. Respétenlo como el vehículo de ideas que es. ¿Quieren mantener el prestigio de su movimiento? Déjense de preocuparse tanto por su imagen, por el "qué dirán"; sigan cuestionando, proponiendo alternativas (¡no borrándolas!). Quien sabe: quizá habría sido mejor para todos ver manchada la Estela desde el inicio.