De un tiempo a esta parte la producción televisiva británica, que siempre fue de las mejores del mundo, ha dado un salto cualitativo. Algunas de las producciones más influyentes de los últimos años vienen de los estudios de cadenas como la BBC (Being Human, Torchwood) o Channel 4 (Misfits, Skins). Si a eso le sumamos un talento natural para la ficción de género -que prácticamente inventaron ellos y queda claro con por ejemplo Doctor Who- comprenderán ustedes que la noticia de una nueva serie de corte sobrenatural de la BBC deje a pocos indiferentes. Esa serie es The Fades, y una vez más, trae un soplo de aire fresco a un género estancado.

A ver, para empezar, el mero concepto de serie de corte sobrenatural es un cliché tan utilizado que empieza a saber rancio. Uno puede imaginarse los pitches en salas de reuniones de todo el mundo: «Sí, es un procedimental sobre una unidad de la policía de San Francisco que resuelve crímenes... usando magia negra». De terror, y no en el buen sentido. Y en todo el trajín se nos ha olvidado una cosa: se supone que los vampiros, los hombres lobo, las brujas y los monstruos dan miedo. El único miedo que dan los vampiros de True Blood -con todos sus méritos- es el miedo a las enfermedades de transmisión sexual. The Fades no comete ese error. Es oscura, seria, prácticamente gótica en sus métodos. No hace ningún intento por humanizar al monstruo. No hay matices. Los malos son malos. Y ese, creo, es su gran acierto.

La serie narra la historia de Paul, un adolescente socialmente torpe que tiene sueños proféticos y moja la cama. La interpretación de Iain de Caestecker consigue darle un patetismo soberbio. Este no es el típico adolescente que se cree raro, como todos los adolescentes. Este es raro de verdad. Tiene un único amigo, Mac, interpretado por Daniel Kaluuya (el inolvidable Tealeaf de Psychoville), un inadaptado obsesionado con el cine, en especial el de terror, que pone casi el único contrapunto cómico en todo el primer episodio. Mac es el único en quien Paul puede confiar cuando una noche, en un centro comercial abandonado, descubre que puede ver cosas que los demás no pueden. Y esas cosas son los muertos.

A partir de ahí empezamos a meternos de lleno en la mitología de la serie. Esto no es EE.UU., y sólo tenemos seis episodios, así que el ritmo de exposición es, sin ser frenético, mucho más rápido que al otro lado del Atlántico. No quiero entrar en detalles -spoilers, sweetie- pero estamos hablando de una mitología mucho más oscura y macabra de lo que nos tienen acostumbrados. Con ello, consigue transmitirnos una sensación de peligro inminente, de desconocimiento del enemigo que es muy bienvenida. Incluso las escenas diurnas son incómodas gracias a la propia naturaleza del protagonista, pero lo mejor es la presencia constante e inmutable de los fades del título, los muertos que sólo unos pocos pueden ver. La mirada perdida, la postura desencajada, la piel blanquecina consiguen transmitirnos una sensación de desesperación y tristeza que nos acompaña incluso cuando no aparecen.

Visualmente, The Fades es una producción soberbia. Los colores, la iluminación, los encuadres, todo sirve para empapar cada escena del tono adecuado. El guión está exquisitamente escrito -incluso si en algunos momentos utiliza ciertos lugares comunes- y mantiene la tensión al cien por cien de principio a fin. El uso de los silencios es casi tan importante como el del diálogo, y en este caso es magistral. La interpretación de todos los actores está por encima de la media, y en el caso de algunos, muy por encima de la media. En general, es difícil encontrarle una pega. Claro que en los cinco episodios que le quedan por delante la serie puede descarrilar e irse al cuerno muy fácilmente, pero de momento, parece que nos hemos encontrado con una de las grandes revelaciones de la temporada, si no de la década.