"Es como el PHD Comics mexicano", me dijeron cuando me presentaron Bunsen. Corrían los tiempos en que los que hacia tesis y en PHD había encontrado un webcómic que me relajaba del estrés constante --pero ya habrá tiempo de hablar de él después--. Así que decidí hacer caso de la sugerencia. El resultado: una semana completa sin escribir ni una página, enganchado a una de las mejores series que he leído en mi vida. No en balde, cuando comencé a recomendar cómics en línea en este espacio, fue la elección para mi primera entrega.

Bunsen: un cómic de ciencia y chocolate es obra del dibujante mexicano Jorge Pinto. Protagonizado por un perezoso pero ocurrente **Adel Ortega, narra las peripecias de un grupo variopinto de investigadores de una facultad de Física. Entre sus personajes entrañables se encuentran Víctor, el colega responsable de Adel; el Dr. Mono, un primate hedonista y vago; Juanita Becaria, una trabajadora anónima casi esclavizada; Arturo Navarra, un científico hipster; entre muchos otros, como un pájaro azul que funciona como consciencia, un rector inútil que no sabe qué pasa en su universidad, y más elementos de la fauna científico-universitaria.

Para nadie es secreto que este tipo de temática han tenido un boom en la cultura popular en los últimos años. La aparición de The Big Bang Theory en la televisión provocó un alud de propuestas de este tipo. Pero, antes de esa fiebre, ahí estaba Bunsen: un esfuerzo por retratar con humor e ironía lo que acontece en el desarrollo científico mexicano. Las situaciones que se plantean rodean muchas veces el absurdo, pero son sus conexiones con lo cotidiano lo que nos saca una sonrisa. En cierto modo, Pinto ha logrado extraer la esencia de series como The Office y adaptarlas a este escenario, sintetizándolo en algunas viñetas y diálogos memorables.

El foco del cómic es Adel Ortega, cuya psicología de personaje lo hace identificable con esa parte holgazana y ventajosa del mexicano. Lo miramos incapaz de realizar su labor, ignorante, aprovechado, incauto, ingenuo para lo bueno e ingenioso para lo ocioso. Y por supuesto, nos identificamos con él cuando le observamos perder el tiempo en Facebook en lugar de trabajar o improvisar un router con un jabón y un gancho para ropa. Pinto ha conseguido emular la personalidad de Homer Simpson (sobre todo, su versión tropicalizada por Humberto Vélez), para hacer su propia versión. Si Homer es el estereotipo de la clase trabajadora estadounidense, Ortega es el everyman del oficinista nacional.

De los personajes, mención aparte merece **Juanita Becaria* una estudiante de ciencias recién egresada, incapaz de conseguir un trabajo decente por falta de experiencia laboral. Ella es una pieza sustituible, un personaje estoico y abnegado. Los que hemos pasado por la etapa de becarios conocemos la sensación del trabajo duro y no reconocido, de la talacha y el anonimato. Porque por cada Ortega del mundo hay diez Juanitas que nadie mira.

Leer Bunsen es leernos a nosotros mismos, en el malabar entre la estafa, la charlatanería y el avance real. Es un vistazo a la ciencia y tecnología como academia y empresa, como modo de vida y escape del mundo, como vicio y necesidad. Pero, sobre todo, les animo a mirar Bunsen con ojos disidentes. El humor fino de Pinto es la capa de exquisito chocolate que encubre la amarga medicina para que nos sepa mejor. Porque Pinto va para allá: hacia una observación ácida sobre una ciencia agridulce y una academia apachurrada; hacia reírnos de nuestros vicios tecnológicos llevados al absurdo. Y es que, en el fondo, es la risa la que nos permite hacer la crítica más sincera.