Es injusto tratar de comparar Lost con Fringe, aunque la tentación de hacerlo es realmente grande. Son dos series creadas por la misma persona: JJ Abrams, y le temática relacionada con la ciencia ficción y los universos paralelos, lo ponen realmente fácil. Pero además de injusto, hacer dicha comparación es un error. Parte de esa manía nuestra de no querer reconocer cuando algo grande y único pasa frente a nuestros ojos, y queremos relacionarlo con nuestras experiencias pasadas, y al hacer esta comparación nos perdemos en un mundo de referencias que probablemente no existen, en perder el tiempo tratando de explicar una manifestación artística y en buscar padres hijos y consecuencias.

Al final ocurre que en el debate y la discusión perdemos lo esencial. Dejamos de maravillarnos, aunque estemos maravillados. Somos injustos con nosotros mismos.

Fringe es una serie de televisión única. Tiene los mejores colores que se han visto en años, una fotografía impecable, y una estética casi perfecta. Al mismo tiempo de su enorme calidad técnica, sus actores van creciendo en cada capitulo de forma exponencial, como si en cada episodio descubriéramos dos universos nuevos. Son actores con su propio Big Bang en desarrollo. La historia y el guión han viajado desde episodios mediocres en la primera temporada, al susurro ahogado de sorpresa que dimos al comprender la perfección del universo alternativo. Fringe es la típica serie que promete mucho, y tiene todos los elementos para no cumplir: una historia difícil, un nicho de espectadores en teoría muy pequeño, la necesidad de un alto presupuesto para hacer creíble otro universo, etc. A pesar de todos estos elementos han podido construir un “fuerte” castillo de naipes. Y si nos detenemos un momento la fortaleza de Fringe descansa en un terreno poco claro, así como puede terminar siendo una obra maestra, su recuerdo a través de los años pueda ser similar a los X-Files, la mejor serie de los 90s, que en sus ultimas temporadas fue la peor serie de los 90s.

Fringe es una serie que nos muestra el bien contra el mal bastante distorsionados. Depende de cual lado nos encontremos. Depende de nuestra moralidad. Depende si estamos dispuestos a salvar un universo destruyendo otro. No queda claro si la maldad puede ser opacada por la locura y la ternura, de un viejo científico que se ha quitado a si mismo, parte de su cerebro, para alejar al mal que sus ideas y conceptos producían. No queda claro si la ciencia es buena, es mala, es neutra, o es necesaria. La ciencia termina siendo una excusa para plantear que todos los habitantes del mundo tenemos copias alternativas de nosotros mismos, que mantienen nuestra esencia, pero que pueden haber tenido otro camino al desarrollar el carácter, la ideología e intereses cotidianos. Al final nos podemos enamorar de la copia alternativa del amor de nuestras vidas, y probablemente esa risa diferente no nos importe. Nos enamoramos igual.

Gran parte de la delicia de Fringe es ver a la actriz Anna Torv interpretando a Olivia Dunham. Todos de alguna u otra forma nos rendimos a sus pies. Algunos queremos a morir a Olivia, y otros a Bolivia. Su actitud frente a lo desconocido, sus ojos, su mirada eterna que traspasa universos, su actitud calmada y angustiada al mismo tiempo, sus ojos, sus ojos, sus ojos. Anna Torv ha tenido una capacidad de interpretación artística que ya quisieran grandes estrellas de cine. Al interpretar a dos personajes, nos ha enseñado la dualidad que podemos tener los seres humanos, nos ha enseñado que una actriz puede ir más allá del simple papel estereotipado de una agente del FBI solitaria, angustiada y con toda su pasión colocada en su carrera. Para mi, ver la sonrisa de la Olivia alternativa, y comprender como al personaje principal siempre le falto ese elemento, fue fantástico. Esa simple sonrisa vale la pena ver todas las temporadas de Fringe. Una sonrisa pura, que complementa enormemente a otro personaje, y le da toda una nueva lectura. Una sonrisa transparente y real, de esas que los poetas usan para inspirarse y crear versos alternativos.

Eso es Fringe: un verso alternativo a la televisión actual. Una serie que nos permite soñar con una ciencia ficción más allá del ghetto. Una idea osada, una sonrisa pura, un científico que decidió estar loco, dos universos luchando por sobrevivir, la venganza de un padre, el destino e inexistencia de un hijo, los misterios de la ciencia. Tenemos una cita el próximo 23 de septiembre por Fox. Hay que saludar a Olivia.

Fringe viene de un universo que no existe. Vamos a disfrutarla.

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