En 1979 se da el cierre por parte de la fuerza aérea del Área 51. Todo el material almacenado es transportado a Ohio en tren, cuando un camión se salta las barreras y choca contra el tren provocando que este descarrile y una gran explosión. Pero el material almacenado oculta un secreto...

Nostalgia. Esa es la sensación que me quedó al acabar de ver la película. Nostalgia de un chico que cuando estaba en su adolescencia disfrutó como ninguno de las joyas de los 80. Los Goonies, ET, Stand By Me, Exploradores… así de primeras son las primeras que me vienen a la cabeza, todas con varios puntos en común; cine de aventuras, sin grandes pretensiones (o quizá sí), con toques del género fantástico, con niños que actuaban como grandes actores, con una score mágico… y con Spielberg, claro.

Un cine que, en definitiva, ahí se quedó, porque cuando acabó la década de los 80, nadie más supo de él. Spielberg, el motor de la mayoría de clásicos de este tipo de aventuras, pasó a una segunda época, distinta, más seria, dejando de lado y algo huérfano el espíritu Goonies.

Apostaría a que Super 8 creará en el subconsciente de muchos niños esas sensaciones. No sólo a ellos, si alguno se ve reconocido cuando hablo de estos filmes no deberían dejar pasar la oportunidad de ver esta gran película.

Abrams plagia prácticamente todos los conceptos de estas películas. Los calca, en muchas ocasiones sabrás lo que va a acontecer, pero lo hace de manera tan fantástica, que más que un plagio, suena a homenaje brillante de quién también disfrutaba con las películas de Spielberg, también productor de la película.

La historia en Super 8, mil veces contada, la de una pandilla que vive la mayor aventura de sus vidas y que junto a ella madurarán y se enamorarán y todas esas batallas que hemos visto tantas y tantas veces… aquí vuelven a estar todas sin excepción. En el fondo cada cliché hace a la obra aún más grande, porque lo que podría haber acabado como un intento fallido de recuperar esos blocksbusters de la década pasada, acaban configurando un cóctel brillante, a camino entre el sabor añejo a serie-B de Amblin con el poderío de una obra facturada en la actualidad.

Los efectos especiales, brillantes también, tienen tan sólo dos momentos cumbres. El accidente en el tren y el final apoteósico en el pueblo. No le hacen falta más, el resto de ellos juega de una manera sutil con el espectador, volviendo de nuevo la vista atrás con un grano y unos efectos de luz en la pantalla que recuperan y nos recuerdan las obras del "rey midas de Hollywood". Incluso la música del genial Michael Giacchino (impagable su score para Up de Pixar o la delicadeza de Lost) acompaña a Super 8 casi sin darnos cuenta con unas partituras muy cuidadas.

Mención aparte tiene el reparto, quizá la gran clave de la película para que funcione tan bien. Estos jóvenes actores, todos semi-desconcidos, logran crear esa sensación de camaradería necesaria para que el espectador se sienta parte de la aventura. Geniales todas las actuaciones destacando por encima de ellas la de sus dos protagonistas, Joel Courtney y Ellen Fanning, ambos enormes e impropios de la edad que tienen.

En definitiva una obra de hoy que evoca al ayer y que recomiendo a todos los geeks, a todos los padres, madres, niños y no tan niños y en general a todos los que gustan del cine de aventuras que se hacía hace no tanto, sin más pretensiones que entretener. He disfrutado volviendo atrás en el tiempo, quizá y en parte por la melancolía que me produjo cada escena. Abrams se sale del trabajo de sus anteriores films como Star Trek o Mission Impossible 3, y aún así, al creador que le debemos joyas como Lost o Fringe consigue el mejor homenaje al ídolo de la adolescencia. En mi opinión, lo hace de la manera más grata que podría hacerlo, con el mismo espíritu y nostalgia de aquellos tiempos.