Hace algunos meses comentaba acerca de las limitaciones del activismo iraní en Facebook, sobre cómo una protesta organizada dentro de la red social resultó un desastre por la falta de coordinación y las cifras infladas por "activistas" incapaces de participar de forma local. En esta ocasión, Foreign Policy habla sobre el papel de Twitter en estos conflictos. La conclusión es contundente: Internet, lejos de ayudar, ha resultado ser contraproducente.

Pero, ¿de qué hablamos? ¿No ha sido Twitter una herramienta de difusión para las protestas, de discusión alrededor del globo, de demanda y presión internacional? "Sin Twitter, la gente de Irán no se habría sentido empoderada y confiada para lenvantarse por la libertad y la democracia", señaló Mark Pfeifle otrora consejero de seguridad de EE.UU, al sugerir a la red social para el Premio Nobel de la Paz. ¿Cómo se puede afirmar que Twitter es contraproducente con esta abrumadora evidencia?

Lamentablemente, esta revolución ha resultado ser una mera pantalla, una ilusión. La discusión se lleva fuera de Irán, no dentro. El indicativo más claro es el idioma. Si Twitter fuera tan activo como se presume, la comunicación sería predominantemente en farsi, no en inglés. Antes de una de las protestas, una periodista alemana mostró una lista con tres prominentes usuarios de Twitter que se comprometieron con los eventos en Teherán. Al ser cuestionada sobre la identidad de los promotores, resultó que uno estaba en Estados Unidos, otro en Turquía, y el tercero ---enfocado en convocar a la gente a "tomar las calles"--- vivía en Suiza.

Buena parte de la sobredimensión de Twitter fue culpa de los medios de Estados Unidos. El periodismo occidental no pudo (o no quiso) localizar fuentes locales, por lo que se limitaron a rastrear la actividad de Twitter en inglés. Una muestra de la miopía fue un perfil publicado por el diario británico The Guardian sobre una twittera que se describió como un personaje clave en las protestas después de las elecciones en Irán. Sin embargo, el reportero falló en preguntar cómo le hizo para comunicarse con los residentes de Teherán por vía telefónica cuando el gobierno local desactivó la red de celulares.

En contraparte, un activista situado de Karaj con sólo 300 seguidores (cuya identidad se ha mantenido en anonimato por precaución), publica en lenguaje persa, conviertiéndos en una fuente valiosa de información para sus compatriotas. ¿Por qué no es tan conocido? Porque prácticamente ningún periodista es capaz de leer sus tweets.

Otro inconveniente son los bulos, que circulan con una velocidad impresionantes. La rapidez de la información da lugar a rumores infundados, y en el peor de los casos, sembrados por el propio régimen. Por ejemplo, en los primeros días después de la elección, corrió la voz en Twitter de que los helicópteros de la policía estaban lanzando ácido y agua hirviendo sobre los protestantes. El caso resultó ser un rumor más, pero fue creído por buena parte de la población --- e incluso replicado por numerosos medios internacionales. En pocas palabras, Twitter puede servir por igual a los propósitos del régimen como ayudar a los activistas del país.

Si en algo ha ayudado Twitter a las protestas es a atraer la atención internacional y la cobertura mediática. No es que la gente que apoya la causa en Irán no haya jugado un rol en los eventos del año pasado. El problema es que se ha sobredimensionado su aportación, al grado de hacer creer a la población que basta con dar unos cuantos retweets o mostrar el apoyo moral para sentir un revolucionario. Al final, resulta injusto para aquellos que, con o sin computadora, han luchado por reconstruir un país en desgracia.