Esta mañana, Marilín Gonzalo - nuestra querida Directora de Contenidos en Hipertextual - nos emitía ciertas recomendaciones de escritura sobre el uso de emoticonos. ¿Es el uso de estos símbolos un empobrecimiento del lenguaje ocasionado por la explosión informática, o por el contrario, estamos ante una ventaja comunicativa? Se desató un buen debate, y he querido rescatar algunas reflexiones para compartírselas.

El arte de la conversación se vale de dos elementos: el lenguaje fonético y el lenguaje visual. Por tanto, es muy difícil malinterpretar el mensaje del interlocutor cuando nos hallamos frente a él. Ante la imposibilidad de la omnipresencia física, la tecnología nos facilita la comunicación. Pero de igual manera entorpece la correcta interpretación. El ejemplo más antiguo es el teléfono. La parte visual queda suprimida y el entendimiento se torna ligeramente más complejo. Afortunadamente, el histrionismo de la voz facilita la comprensión de la intención de las palabras.

En el caso de los textos, la parte fonética queda reducida a meros símbolos, a la frialdad de la palabra escrita. Situación grave para estos tiempos, en los que muchas de nuestras conversaciones se realizan a través de servicios de mensajería instantánea. Esto supone un gran problema para el receptor del mensaje: la ausencia de intención evidente. Al no contar con elementos fonéticos o visuales, la interpretación del texto depende enteramente de factores asociados con quien lo recibe.

El mensaje enviado está descontextualizado y el trabajo del lector es darle sentido. La dificultad radica en otorgarle un sentido más o menos parecido a la intención original del emisor. Dicha labor se entorpece aún más con la economía del lenguaje: una tortuosa manera de escribir que ahorra letras, acorta términos y suprime signos. Tan simple como que el sentido de un tqm y un te quiero mucho es diferente por el sencillo hecho de estar escritas de manera distinta.

Desde esta perspectiva, se torna más complicado entender la intención de términos tan simples como sí, no, hola y adiós. Los emoticonos, signos de puntuación que asemejan expresiones faciales, intentan aclarar el panorama. Sin embargo, resultan en una saturación de pequeñas imágenes genérico-intercambiables, que obvian los matices de la comunicación gestual. La interactividad textual de la mensajería instantánea se torna en un juego de especulaciones interpretativas donde nunca existe una certidumbre acerca de la intención. De cierta manera, la conversación pierde buena parte del contexto, y se sitúa en una arena donde lo literal y lo irónico son difícilmente identificables. ¿La ausencia de la intención del que habla es una ventaja o una desventaja? Depende de quién lea y quién escriba. ;)

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