¿Podría estrenarse en nuestra época La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick? La pregunta se la planteó el crítico Adam Nayman hace unos años sin encontrar respuesta. Sin duda, se trata de un cuestionamiento que abre la puerta a la idea de la envergadura de la película como legado. También de su estructura como base de un cierto tipo de cine polémico, audaz, provocador e incómodo que ahora mismo resulta difícil de encontrar. En una época de ruptura estilística y argumental, La Naranja Mecánica superó todos los límites. Los llevó a otro extremo y convirtió el cine contemporáneo en algo extraño y poderoso. 

Todo, de la mano de un Stanley Kubrick obsesionado con contar una historia retorcida con un raro virtuosismo. Además de un libro que creó un universo propio basado en la violencia. No obstante, La Naranja Mecánica es más que una pieza escandalosa. Es una reflexión sobre la libertad de los individuos, su poder para volverse peligrosa y lo turbio de lo brutal de la naturaleza humana. Plagada de palizas, conversaciones retorcidas, violencia sexual y críticas a la hipocresía cultural, La Naranja Mecánica no es fácil de digerir. 

No lo fue en su estreno en 1971, cuando aterrorizó y cautivó a partes iguales a una audiencia que no supo bien cómo encajar el impacto. ¿Qué intentaba mostrar Kubrick con escenas aterradoras en las que podía escucharse a Beethoven como un contexto sofisticado? ¿Qué narraba una película en la que una violación se convertía en un acto simbólico y la tortura en una forma de bien común?

Kubrick experimentó, golpeó con fuerzas las bases de la moralidad de la época y sostuvo una historia impecable cuya huella está en todas partes

Kubrick tomó lo mejor del libro de Burgess y elaboró algo nuevo. No solo rompió el paradigma de la violencia que se castiga por inadecuada. También creó un tipo de villano/antihéroe depravado que removió las bases de ciertas ideas del cine, todavía sujetas por la censura. Kubrick experimentó, golpeó con fuerzas las bases de la moralidad de la época y sostuvo una historia impecable cuya huella está en todas partes. 

Lo está en la transgresión absoluta y temeraria de Trainspotting de Danny Boyle. En la subversión brutal y misteriosa de El club de la lucha de David Fincher. Lo está en el baile frenético y enloquecido del Joker de Todd Phillips. Cada nueva generación de cineastas y creadores parece haber tomado algo del carácter subversivo, siniestro y bien construido de La Naranja Mecánica. Pero más que eso, la película abrió en canal la industria del cine, enquistada en en el dilema de lo venial, lo absurdo y lo autoral. Kubrick tuvo el valor de reconstruir cada concepto y adjudicar un valor nuevo y transgresor a cada uno de ellos. 

Nada sería igual después de Alex Delarge (Malcolm McDowell), el antecedente inmediato de la enfurecida y oscura locura del Jack Torrance de Jack Nicholson. De la crueldad retorcida y sofisticada del Pat Bateman de Christian Bale. Incluso un eco renovado del miedo convertido en fatal condición del desastre que Anthony Perkins encarnó en Psycho. Al final, el personaje de McDowell convirtió el mal en un atributo fatal y necesario. En un recorrido siniestro por la oscuridad de los hombres. 

Una nueva época para la violencia 

Durante décadas, los críticos han insistido que la visión de Kubrick de la violencia la hace menos dura. Pero es justo esa deshumanización (el hecho de observar con un aparente burlón placer) lo que hace a La Naranja Mecánica más implacable. Una especie de efecto reflejo que hace al espectador preguntarse por su capacidad para reflexionar sobre la violencia. ¿Por qué incluso con todo su brutal discurso, La Naranja Mecánica sigue pareciendo pertinente, inteligente y comprensible? 

La novela tiene un discurso idéntico y por ese motivo le llevó tanto esfuerzo a Burguess vender los derechos

No hay una respuesta sencilla para eso. De hecho, Kubrick ideó a La Naranja Mecánica como una caja de resonancia. El guion no emite opiniones, tampoco juicios morales. Solo muestra y con una atención inquietante la forma en que la crueldad puede expresarse en cientos de dimensiones distintas. La novela tiene un discurso idéntico y por ese motivo le llevó tanto esfuerzo a Burguess vender los derechos. La posibilidad de la adaptación pasó por varias productoras y estudios. E incluso hubo una propuesta para dirigir la versión cinematográfica para Ken Russell, protagonizada por Mick Jagger. 

La mera idea que una de los grupos de rock más transgresores de la época en combinación con una novela inquietante provocó un debate. Uno tan sostenido que escandalizó a la Junta Británica de Certificación de Películas. Al final, el proyecto fracasó y Burguess se encontró de nuevo en el desagradable limbo de los proyectos inacabados. Hasta que finalmente Kubrick se interesó en el proyecto. 

La generación de La Naranja Mecánica 

El guionista Terry Southern hizo llegar a Kubrick la novela de Burgess y agregó una nota “Te gustará”. Pero el director, obsesionado con su inacabado proyecto sobre Napoleón ignoró la sugerencia. No obstante, su esposa terminó por leer el libro y se asombró por lo que llamaría “su espíritu destructor”. Poco después, Kubrick también terminaría por obsesionarse con el libro. Y para cuando comenzó a escribir el guion se esforzó por plasmar su singular “poder para la confrontación”. 

La historia pasó por varias reescrituras. Desde la eliminación de escenas ultraviolentas que Kubrick sabía no podría plasmar en pantalla sin el acecho de la censura, hasta la edad de Alex. Poco a poco, el proyecto tomó forma y Kubrick encontró una forma de reconstruir el durísimo lenguaje literario de la novela en una versión análoga. Para cuando escribió la escena final, incluso ya Alex tenía un rostro. Malcolm McDowell fue la primera y única opción del director para el personaje. El actor aceptó encantado e incluso contribuyó a la terrorífica e icónica imagen de Alex Delarge en pantalla. 

Y aunque después sería conocido por sus rigurosos y duros rodajes, el de La Naranja Mecánica fue extrañamente corto. Comenzó en septiembre de 1970 y culminó en abril de 1971. Poco después diría que había una energía “maníaca y perturbadora” que permitió a la película “tomar vida propia”.

Los hijos de La Naranja Mecánica 

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A cincuenta años de su estreno, La Naranja Mecánica continúa siendo incómoda, brillante, dura y complicada en cada uno de sus puntos. Prohibida en Inglaterra hasta 1999, en Brasil hasta 1978, en Sudáfrica hasta 1984 y en Irlanda hasta el 2000, se convirtió en un mito turbio. También en una ejemplar mirada al cine como herramienta subversiva e intelectualmente relevante. 

¿Podría La Naranja Mecánica estrenarse en nuestra época? La pregunta continúa sin respuesta. O más bien, la respuesta es tan incómoda como para que brindar una nueva dimensión a su importancia.