Es una historia contada miles de veces. La creación del ser humano que se revela contra él. El 25 de enero de 1921 se estrenó en el Teatro Nacional de Praga R.U.R. (Rossumovi univerzální roboti), obra que a la postre significaría el primer momento en el que se nombró la palabra robot.

Karel Capek (1890-1938), el autor checo que escribió esta obra, cuenta en ella la historia de una fábrica que consigue generar unos humanos artificiales para aligerar la carga de trabajo del resto y producir más. Y sí, la historia acaba como crees, con estos robots primigenios revelándose contra la fábrica.

Aquellos robots no eran sin embargo tal y como los imaginamos ahora. Capek los imaginó como una especie de copia orgánica, más pegados al concepto de clones o de androides. Podían razonar y hacerse pasar por humanos, pero estaban privados emociones, creatividad o deseo. Rossum, el nombre de la empresa que los crea, de hecho, significa en checo razón.

El término fue una sugerencia a Capek de su hermano Josef, quien le propuso que adaptara la palabra checa robota, cuyo significado es esclavo.

Desde entonces, el término robot no ha dejado de colarse en nuestros diccionarios hasta ser parte de nuestro día a día, de nuestra imaginación, de nuestros retos, y de nuestros miedos.

Escena del estreno donde se muestran los primeros robots.

De Asimov a Terminator: el temor de la ciencia-ficción

R.U.R. es importante por muchas razones además de dar al mundo la propia palabra «robot». También dio el argumento básico de muchas de las historias sobre robots y ciencia-ficción que se han hecho en los últimos cien años.

Y es que, podría decirse que sin la obra de Capek difícilmente la ciencia-ficción hubiera progresado como lo hizo, ni se hubiera despegado de la fantasía o el terror de tal forma en el campo de la literatura por algo fundamental. A diferencia de los vampiros o los zombis, los robots sí que han acabado estando entre nosotros.

Pero es innegable que R.U.R es también hija de su tiempo. Heredera en cierto modo de temas que se tratan en Frankenstein, y de la preocupación de los trabajadores en la era industrial.

Ahora, sin embargo, es curioso como seguimos temiendo a los robots por el miedo a que nos quiten nuestro empleo por la automatización, e incluso hemos elucubrado decenas de veces con que realmente se vuelvan contra nosotros.

Desde Asimov en Yo, robot y sus reglas, pasando por Terminator, hasta versiones más cariñosas pero también reflejo de los defectos humanos como Wall-E.

Y de la ciencia a la automatización y los miedos modernos a los robots

Pero dejando a un lado los relatos, los robots de la vida real no tardaron mucho en surgir tras R.U.R.

20 de septiembre de 1928, Londres. La Sociedad de Ingenieros de Modelos -que aún sigue existiendo– organiza su exhibición anual. Una cita en la que ingenieros de todo tipo, pero sobre todo inventores centrados en la mecánica y la electricidad, mostraban sus último ingenios desde que esta sociedad se creara en 1898, en plena segunda revolución industrial.

Museo de Ciencias de Londres

Allí, congregados en el Royal Horticultural Hall, decenas de creadores esperaban el discurso del Duque de York, el príncipe Albert, que llegaría a ser el futuro rey Jorge VI. Sin embargo, ante unos atónitos espectadores, quien apareció en el estrado para lanzar el discurso no fue el Duque, sino un humanoide de aluminio que comenzó a mover los brazos mientras reproducía unas palabras para la inauguración. Su nombre era Eric, y el relato de esta situación descrito en diarios como el Telegraph, le dio fama mundial y le hizo ser considerado el primer robot humanoide o androide real de la historia.

Eric había sido una creación del periodista y veterano de la Primera Guerra Mundial William Richards y del ingeniero Alan Reffell. Al parecer, Richards era el secretario de la Sociedad de Ingenieros, y decidió que una buena forma de impresionar al público era construir un robot de tal calibre. Eric medía como una persona media, era de aluminio, pesaba media tonelada y el secreto de su restringida movilidad estaba en sus pies, anclados a una caja en la que había un motor eléctrico de doce voltios. Dentro de su cuerpo había otro motor y once electroimanes, según los reportes de la época. A partir de estos motores se activaban un sistema de poleas que hacían que pudiera mover sus brazos y cabeza.

Tras Eric llegó Elektro, que también recibía con una grabación a los visitantes de la Exposición Internacional de Nueva York en 1939. El cine, con Metrópolis como pionera, fue poco a poco labrando esa imagen de robot humanoide.

Aunque en realidad, los robots que bajaban a la Tierra todo esos deseos eran mucho más parecidos a simples máquinas. En 1961 GM introdujo el primer robot automático en su cadena de montaje. En 1997, el rover Sojouner se convierte en el primer robot en recorrer marte. En el año 2000, Honda sorprende al mundo con Asimo, el primer robot bípedo realista. Y en 2021, tenemos a los robots de Boston Dynamics.

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