– Feb 16, 2019, 17:30 (CET)

La primera ‘Máquina del Tiempo’ que imaginó el hombre fue española

Enrique Gaspar y Rimbau publicó El anacronópete ocho años antes de que Wells hiciera lo propio con La Máquina del Tiempo. Su escritura pionera, sin embargo, nunca se reconoció.

El siglo XIX se marca como el que configuró la ciencia-ficción como género. Aunque el germen es anterior -e incluso se remonta siglos- en 1818 se publicó Frankenstein, donde la electricidad servía para revivir un cuerpo humano, y en las décadas posteriores Julio Verne y H.G. Wells sumarían decenas de historias que siguen hoy vivas sobre aventuras imposibles pero que tenían siempre un pie apoyado sobre el avance de la ciencia y la tecnología.

Siempre se ha dicho que Verne tenía un carácter mucho más técnico, explicando con detalle cómo funcionaba por ejemplo el Nautilus de Veinte mil leguas de viaje submarino, mientras que Wells tenía una mente más fantasiosa si cabe. Suya es sin embargo la que casi siempre se ha considerado la primera novela moderna de viajes en el tiempo. En La Máquina del Tiempo (1895), un científico conseguía transportarse a un futuro lejanísimo donde se encontraba con seres extraordinarios. Lo hacía gracias a un artilugio, y no como resultado de un sueño o un conjuro, como se había descrito en otros relatos. Era, supuestamente, la primera vez que una novela exploraba la posibilidad de que el ser humano, gracias a su conocimiento, pudiera dominar el paso del tiempo.

La novela de Wells fue un éxito, pero no fue la pionera. Ese logro corresponde en realidad a Enrique Gaspar y Rimbau (1842-1902), un diplomático y escritor frustrado español que publicó ocho años antes El anacronópete, una novela en forma de zarzuela donde no solo había una máquina del tiempo cuyo funcionamiento se explicaba gracias a algunas premisas científicas y el uso de electricidad, sino que además viajaba al pasado e introducía algunas de las paradojas de estos viajes que otras obras del género como Regreso al Futuro han mantenido hasta nuestros días.

Gaspar y Rimbau

El anacronópete: así era su historia

El anacronópete fue publicada en 1887 en Barcelona aunque su autor la había tenido en mente desde hacía tiempo. Gaspar y Rimbau era un autor nacido en Madrid y afincado en Valencia que se interesó por el mundo de la zarzuela, género teatral de moda en la España de la época. Sin embargo, mientras los temas eran costumbristas, Gaspar y Rimbau comenzó a introducir nociones que ya apuntaba hacia dónde quería ir.

Su vida le llevó a casarse con una mujer aristocrática y a entrar en el cuerpo de diplomáticos, viviendo en París, Grecia y China. Durante su estancia en Francia se sabe que entró en contacto con el astrónomo Camille Flammarion, autor de una novela llamada Lumen que exploraba los viajes en el tiempo, pero en su caso a través de un sueño.

Gaspar y Rimbau intentó sacar adelante su zarzuela sin conseguirlo, por lo que acabó publicándola como novela editada con numerosas ilustraciones. El libro no tuvo una gran difusión, seguramente porque aunque Verne también gozó de éxito en España, el público local estaba acostumbrado a temas más cercanos, a pesar de que la obra de Gaspar y Rimbau también se vea como una crítica a la sociedad de la época a través del humor que va regando todas sus aventuras.

Sin embargo esto no quita que años después hasta los medios y museos británicos hayan rendido homenaje a El anacronópete como novela pionera por encima de su compatriota Wells. En la novela española se nos cuenta la historia de Sindulfo García, un inventor zaragozano que consigue darse cuenta de la verdadera cualidad del tiempo, su ayudante Benjamín y su sobrina Clara, además de otros personajes que se van sumando a sus viajes.

Ilustración de la máquina del relato

El protagonista, diseña su particular máquina del tiempo, que como él mismo define de forma literaria en el libro “es una especie de arca de Noé [...] debe su nombre a tres voces griegas: Ana, que significa hacia atrás; crono, el tiempo, y petes, el que vuela, justificando así su misión de volar hacia atrás en el tiempo; porque en efecto, merced a él puede uno desayunarse a las siete en París, en el siglo XIX; almorzar a las doce en Rusia con Pedro el Grande; comer a las cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra”.

Sindulfo García crea su máquina para presentarla en la Exposición Internacional de París, desde donde inicia un viaje al que se suman un grupo de mujeres “de vida alegre” y varios personajes más y que los llevan hasta la batalla de Tetuán de 1860, la Granada de 1492, la Rávena del 690, la China del siglo III, la Pompeya de la erupción del Vesubio del 79 y, finalmente, el siglo XXX a.C., donde llegan a ver a los hijos de Caín transportando el cuerpo de Abel.

Pero, ¿cómo justificaba 'técnicamente' estos viajes en el tiempo?

En toda historia de viajes en el tiempo, siempre existe un parapeto supuestamente científico que justifica la acción. En Regreso al Futuro es por ejemplo el sistema instalado en el Delorean y su condensador de flujo/fluzo, mientras que en otras películas como la independiente Primer (2004), se intenta dar una explicación ligada a la física.

En las novelas de la época, sin embargo, esto no era tan habitual. Wells por ejemplo explica que la máquina de su protagonista es algo así como una bicicleta con partes de hierro y distintas piedras, pero en El anacronópete Gaspar sí que introduce algunas explicaciones, aunque sean muy peregrinas. En su novela, el paso del tiempo está ligado a la atmósfera, como explica en este símil con los alimentos en conserva:

“Dícese vulgarmente que para conservar las sardinas de nantes y los pimientos de calahorra, hay que extraer el aire de las latas. Error. Lo que se extrae es la atmósfera, y por consiguiente, el tiempo. Porque el aire no más que un compuesto de nitrógeno y oxigeno. Mientras que la atmósfera, además de constar de ochenta partes del primero, y veinte del segundo, lleva en sí una porción de vapor de agua y una pequeña dosis de ácido carbónico, elementos todos que no se separan nunca al llenar un vacío. Figurémonos que el mundo es una lata de pimientos morrones del que no hemos extraídos la atmósfera [...[ Supongamos que hemos extraido el aire y que abrimos la lata 100 años después. ¿Qué vemos? Los pimientos en perfecto estado de conservación, sin que el tiempo haya pasado por ellos. Luego […] es indudable que lo que nos comemos cien años después es la vida vegetal de una centuria antes y que por lo consiguiente retrocedemos un siglo”.

De acuerdo, la atmósfera es lo que hace que pase el tiempo por su degradación, entonces, ¿cómo podemos viajar en el tiempo si necesitamos también esa atmósfera para respirar y vivir? Ahí la novela explica el funcionamiento de la máquina en sí, una caja enorme con una especie de cucharas movidas por electricidad, elemento que se empezaba a introducir y que se veía como un bastión del futuro, y que iba desenmarañando las moléculas de la atmósfera para retroceder en el tiempo. Algo que hacía además yendo en sentido contrario al movimiento de rotación terrestre, como casi un siglo después haría el Superman de Christopher Reeve para retroceder en el tiempo y salvar a Lois Lane.

“Como el tiempo para envolverse en la tierra camina en dirección contraria a la rotación del planeta, el Anacronópete para desenvolverlo tiene que andar en sentido inverso al suyo e igual al del esferoide, o sea de Occidente a Oriente. El globo emplea veinticuatro horas en cada revolución sobre su eje; mi aparato navega con una velocidad ciento setenta y cinco mil doscientas veces mayor; de lo cual resulta que en el tiempo que la Tierra tarda en producir un día en el porvenir, yo puedo desandar cuatrocientos ochenta años en el pasado”.

El equipo del Anacronópete contaba además con un material especial creado por su inventor y que él mismo llamó 'fluido García' que evitaba que al viajar en el tiempo, los pasajeros también envejecieran o rejuvenecieran. Prueba de ello es que los ropajes de las mujeres parisinas que se meten en la máquina, al no estar impregnados del fluido, acaban pasando de ser lana a ovejas que salen corriendo dejándolas medio desnudas en un momento dado.

Por todo ello, El Anacronópete se considera la primera novela que habló de una máquina del tiempo. Todo un hito que no fue reconocido en su momento. Gaspar y Rimbau murió a los 60 años en Francia, donde vivió los últimos años de su vida, sin éxito literario, pero por suerte su legado se recuperó con el tiempo hasta el punto de que en 2017, con motivo del 130 aniversario de su publicación, una editorial valenciana recuperó su novela actualizando su lenguaje al castellano actual y rejuveneciendo sus colores e ilustraciones.