En 1996 se observó por primera vez en los demonios de Tasmania un curioso tumor facial que, a diferencia de la mayoría de cánceres, se contagiaba de unos individuos a otros. Desde entonces, se calcula que esta rara enfermedad ha terminado con el 80% de la población de estos marsupiales carnívoros.

Esto ha llevado a investigadores de todo el mundo a analizar los orígenes de dicho trastorno, por dos razones muy diferentes. Por un lado, conocer su modus operandi puede ayudar a buscar un tratamiento que permita frenar su expansión, antes de que termine extinguiendo a toda la especie. Por otro, si bien no se conoce ningún tipo de tumor contagioso que afecte a los seres humanos, sí que es cierto que dentro de estos mecanismos puede aparecer algún punto en común, que ayude a detener procesos patológicos como la metástasis.

Entre estos científicos hay varios grupos de universidades australianas, pero también destaca un equipo formado por componentes de la Escuela de Medicina Veterinaria de Viena y el Centro de Investigación de Medicina Molecular de la Academia de Ciencias de Austria. De hecho, han sido ellos los autores de un estudio, recién publicado en Cancer Cell, que establece por fin cuáles son los mecanismos implicados en la expansión de este tumor facial, a la vez que los compara con las vías implicadas en algunos procesos cancerosos típicos del ser humano.

Corriendo de mordisco en mordisco

Estudios anteriores establecen que las muestras extraídas de tumores de individuos diferentes son muy similares entre sí. Esto indica que todas podrían proceder de una misma célula origen, desde la que se fueron difundiendo a través de los mordiscos de los animales.

Después del contagio, el sistema inmunológico apenas es capaz de hacer frente a lo sucedido, por lo que el cáncer se expande rápidamente, hasta acabar con la vida del enfermo. ¿Pero cómo consigue evadir a sus defensas con tanta facilidad?

La respuesta, según este nuevo estudio, se encuentra detrás de los receptores ERBB. Dichos receptores consisten en un grupo de moléculas presentes en la superficie de las células cancerosas, implicadas en la puesta en marcha de una reacción en cadena, que termina activando a las proteínas STAT3. Estas, a su vez, alteran el programa genético de la célula, algo así como si se cambiaran las instrucciones de uso de un electrodoméstico. Como resultado, se reduce drásticamente el número de moléculas implicadas en el reconocimiento de agentes extraños, a la vez que se acelera la producción de factores implicados en la metástasis. Así, el cáncer se extiende como la pólvora, mientras que el sistema inmunológico, carente de “vigías”, se mantiene ajeno a lo que está ocurriendo y, por lo tanto, no actúa en consecuencia.

Aparte de todo esto, los investigadores austriacos descubrieron también que el bloqueo de los receptores ERBB con un medicamento concreto logra matar selectivamente a las células cancerosas. Esta sería, por lo tanto, una buena opción para tratar a los animales en poblaciones en las que la enfermedad ha comenzado a extenderse.

Parecidos con el ser humano

Otro punto importante de esta investigación es que se comprobó que el 99’1% de las proteínas STAT3 del demonio de Tasmania es idéntico a la variante humana de la proteína. Esto establece que un bloqueo similar de la misma ruta podría también ayudar a frenar la metástasis por la cual tantos tipos de tumor terminan expandiéndose por todo el organismo, complicando peligrosamente su tratamiento. El demonio de Tasmania, sin saberlo, ha aportado a nuestra especie un gran número de herramientas de utilidad para el tratamiento de algunas de nuestros problemas de salud más graves. De nuevo, vuelve a darnos información muy necesaria, pero para que siga haciéndolo es necesario salvarlo. Salvar al marsupial australiano y de paso seguir aprendiendo cómo salvarnos a nosotros mismos.