Elon Musk ha sido durante los últimos diez años el rostro de la innovación. Si hoy tuviéramos que contarle a un extraterrestre quién es Musk le podríamos narrar el relato romántico de un visionario que a lomos de su fortuna de 21.000 millones de dólares surgida en gran medida tras su primer gran proyecto -PayPal- se ha propuesto cumplir sueños futuristas para un mundo mejor.

Musk es el dueño de Tesla, una empresa que ha conseguido hacer vehículos eléctricos atractivos con un plan maestro para que la automoción sea sostenible con el medio ambiente, también ha fundado Space X, que se dedica a hacer trabajos privados para la NASA, Hyperloop, un medio de transporte que promete romper todos los récords de eficiencia y velocidad, The Boring Company, una loca idea que quiere acabar con los atascos haciendo túneles bajo nuestros pies y, por último, Neuralink, con la que pretende conectar nuestros cerebros a las computadoras. “¿Algo más?” nos podría preguntar nuestro amigo extraterrestre, a lo que tendríamos que responder que “sí”: también ha participado de forma activa hasta adquirir con sus empresas SolarCity, una subsidiaria también soñadora que quiere revolucionar la energía fotovoltaica.

Seguramente para cuando acabemos de contarle esto nuestro extraterrestre se haya convertido ya en un nuevo seguidor de Musk. Su carisma ha sido durante mucho tiempo el mayor activo de su grupo de empresas, y especialmente de Tesla, una compañía que nunca ha conseguido dar beneficios anuales pero que en el segundo trimestre de este año ha logrado -por fin y tras muchos retrasos- cumplir su objetivo de producir 5.000 vehículos Model 3 a la semana, el objetivo marcado para la rentabilidad y viabilidad de la empresa. Tesla está ahora mismo, por tanto, en un punto de inflexión para pasar de ser una empresa de ensueño para muchos a tener una contabilidad en números verdes, paso imprescindible para cumplir su verdadera misión: hacer del vehículo eléctrico un útil para todos los bolsillos y todo el mundo.

Las críticas a Musk se han avivado con sus polémicas en Twitter

Su camino hasta aquí no ha sido desde luego fácil, y menos en los últimos meses. En primer lugar por sus retrasos en los periodos de entrega que han hecho, según información de CNN, que hasta un 24% de las reservas del Model 3 se hayan anulado por la larga espera superior a un año y la aparición de alternativas en la competencia. En segundo por sus pérdidas, las cuales se triplicaron en 2017 hasta los 2.240 millones de dólares y que solo se mantenían a raya precisamente por las reservas de nuevos vehículos. Y en tercer lugar, por las idas y venidas de su CEO Musk, encorsetado en una serie de polémicas en Twitter, contra la prensa, y contra algunos de sus inversores que pueden indicar que además de su compañía, también puede ser él quien esté pasando un punto de inflexión.

Elon Musk. Photo by Inc.

Musk se enfrentó el pasado mes de junio, durante la última junta general de accionistas de Tesla, a una votación que pidió que fuera relevado de cargo como Presidente de la firma para poner a alguien independiente. El consejo de administración la rechazó tajante considerando que su doble cargo como presidente y consejero delegado permite a la compañía adaptarse rápido a los nuevos retos. Hasta ahora al menos, ha sido siempre así. Musk ha conseguido dotar a Tesla, además de nombre propio y de titulares en la prensa que le han hecho competir con firmas que gastan millones en publicidad, de eficacia para salir al paso de crisis y problemas. Lo que ha cambiado en los últimos meses es que para algunos la visión idílica de Musk como soñador se ha polemizado.

En los últimos meses la compañía ha tenido que enfrentar críticas por la seguridad laboral de sus fábricas -que tiene mayor número de accidentes laborales en proporción que el resto de automovilísticas-, pero sobre todo ha llamado la atención la relación de Musk con la prensa, tras criticar las preguntas de varios periodistas cuando en mayo, durante la presentación de resultados, le inquirieron sobre los retrasos del Model 3 y las pérdidas, y, sobre todo, tras llamar pedófilo en Twitter a un miembro de los rescatistas del grupo de niños de la cueva de Tailandia. Musk, en un acto que se ha asimilado como una mezcla de publicidad y de parte de su labor filantrópica, mandó construir un pequeño submarino para las labores de rescate. El artilugio fue descartado, generando el encontronazo de Musk, que acabó pidiendo perdón en un tuit posterior por sus palabras.

A ello se han sumado las críticas de varios analistas e inversores de Tesla. Gene Munster, analista de inversiones de riesgo, publicó hace unos días una carta abierta a Elon Musk donde decía que "su comportamiento está alimentando una percepción poco útil de su liderazgo: sin fuerza y de mal genio", donde también le recomendaba tomarse un año sabático. Al hilo también de la polémica, James Anderson, socio de Baille Gifford, cuarto inversor de Tesla señalaba a The Guardian sería preferible que Musk tomara un perfil más discreto. “Se necesita un momento de silencio y paz para trabajar en los problemas”, señala el inversor, “sería bueno que se concentrara”. Musk, que aglutina más de 22 millones de seguidores en Twitter, parece que no se ha tomado en serio estas recomendaciones, tuiteando hasta 29 veces, aunque con un perfil más calmado, desde el altercado del rescate. Una media de 2 tuits por día.

Con estas tiranteces y una petición para su relevo ya vencida, nos preguntamos: ¿está en juego el puesto de Musk al frente de Tesla? Lo cierto es que hace mucho tiempo que el sudafricano ya no controla la compañía accionarialmente, aunque sí que lo sigue haciendo en la práctica, una situación de debilidad que ahora se hace más importante que nunca.

Aunque no lo parezca, Musk solo posee ahora mismo el 22% de Tesla

Como decimos, Musk ha sido en gran medida el gran activo de Tesla durante los últimos años, una compañía que no invierte en publicidad, dado que ya se la da su líder. A Musk, el hombre en el que se fijó Robert Downey Jr. para interpretar a Tony Stark en el rol de millonario agresivo y bocazas pero comprometido, le han seguido siempre una horda de geeks, creyentes en la tecnología como solución de todo, y nostálgicos de inventores-genio de otra época.

Y lo cierto es no faltan motivos para seguirlo, pero también hay que poner a Musk en su contexto. Y quizá remontarnos a la protohistoria de Tesla sirva para ejemplificar cómo el actual CEO de Tesla protege la compañía como si fuera suya, aunque hace tiempo que ya no lo sea completamente. Musk es sin lugar a dudas una mente creativa extraordinaria, pero sus primeros pasos como fundador de Tesla se dieron desde el campo de la inversión, dejando a sus socios JB Straubel como CTO (hoy sigue en la compañía) y al ingeniero Martin Eberhard como CEO. Musk ponía su imaginación a través del diseño del primer prototipo Tesla (el Roadster), mientras que Eberhard y Straubel se enfocaban en la gestión y la técnica. Eberhard acabó saliendo de la compañía en 2007 tras el primer aviso de bancarrota, cuando Musk era el máximo inversor a la vez que socio, y acabaría demandando al sudafricano por calumnias e intentar disminuir su peso en la historia primigenia de Tesla. Eberhard y Musk acabaron llegando a un acuerdo en 2009 para dejar la demanda a un lado. Sobre quién tenía más cuota de verdad en esta historia hay muchas versiones, pero preferimos pensar que ambos tenían su parte de razón: Musk protegió su inversión en Tesla presionando para la marcha de un Eberhard con quien la compañía estaba en serios problemas, mientras que a este último seguramente no se le reconozca a día de hoy tanto como se merece como parte primigenia de la empresa.

Musk acabó poniéndose completamente al mando tras invertir millones de dólares en las rondas de financiación de su propia compañía, que creció exponencialmente a la vez que su fama, pero hoy su capital accionarial solo se remite a un 22%, tras la salida a bolsa de la firma en 2010 y la entrada de capital por parte de Daimler, el fondo inversor AABAR, Toyota o Panasonic, aunque sigue siendo el accionista mayoritario.

¿Cómo es posible que mantenga el control con menos de una cuarta parte de la compañía? El ejecutivo sigue contando con una supermayoría en los derechos de voto de la junta de accionistas que le siguen permitiendo ejercer su control férreo. Esto se vio especialmente en 2016, cuando Musk impulsó la compra por parte de Tesla de SolarCity, empresa en la que ya invertía, y que investigó una corte de Delaware como parte de las instrucciones que se llevan a cabo en la absorción de empresas. Según se supo entonces, los estatutos de Tesla contienen requisitos de votación que requieren la aprobación de dos tercios de las acciones para aceptar cambios importantes en el fabricante.

El 22% de los derechos de participación y voto en la empresa no parece demasiado comparando con por ejemplo Mark Zuckerberg, que controla el 60% de los votos en el gigante de las redes sociales. Además, uno de los inversores de Tesla que más guerra ha dado a Musk en los últimos años, James McRitchie, contó en una entrevista que las acciones de socios fundadores tienen mayor peso, obligando a unirse casi el 90% de los votos externos para ganarles una pugna. En la práctica, esto se resume en que Musk sigue ejerciendo todo el poder, un mecanismo que para Tesla es importante porque evita movimientos ajenos que puedan desviarlos de su plan a largo plazo, surgido de la mente de Musk.

¿Afectan de verdad a Tesla las polémicas de Musk?

Con Musk bien aferrado a su sillón a pesar de no contar con más de la mitad de las acciones, la otra pregunta que cabe responder es hasta qué punto sus desaires en Twitter lastran a la compañía. La respuesta es que, a largo plazo parece que no, aunque sí que ha tenido algunos puntos dramáticos.

Tesla llegó a cotizar en bolsa durante 2017 por un valor que superaba a GM y Ford. En 2018, cuando Musk hizo su broma de April Fools' al hilo de los retrasos de Tesla, apareciendo en Twitter con un cartel que decía que la compañía estaba en bancarrota, sus acciones cayeron un 5%. Sin embargo, su insulto al rescatista de Tailandia y su posterior petición de perdón apenas parece que tuviera impresión en bolsa. El patrón es, según un análisis llevado a cabo por The Verge, que las acciones de Tesla tienden a la baja cuando Musk se pasa de la raya, pero vuelven a recuperarse en el momento que echa marcha atrás o hace algún anuncio importante.

Tesla sigue siendo en gran medida Elon Musk, para lo bueno y para lo malo, aunque las voces que cuestionan su liderazgo cada vez son más notables. Habrá que ver si la compañía mantiene sus niveles de producción como en las últimas semanas y el boca-oído de los primeros Model 3 en las calles hace que su plan de escala se dispare en el camino a la rentabilidad. El punto de inflexión está ahí, pero no solo es para Tesla, también lo es para su CEO.

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