Materialistas es una comedia romántica que juega con los tropos del género. Pero también, es una reflexión y en ocasiones, dura y hasta cruel, sobre el amor en nuestra época. Para lograrlo, la segunda película de Celine Song ambienta su historia en Manhattan. Eso, para convertir a la ciudad en un escenario en que los sentimientos son tan negociables como el metraje cuadrado de un penthouse. Una comparación que la cinta utilizará más de una vez de manera ingeniosa. 

El guion se enfoca entonces en Lucy (Dakota Johnson) una consultora amorosa con un agudo sentido del humor y una óptica cínica sobre el romance. Su historia se enreda con las de John (Chris Evans), un actor bohemio venido a menos, y Harry (Pedro Pascal), un banquero con más carisma que ética. Un triángulo amoroso que pone al descubierto no solo sus corazones, sino también sus hojas de cálculo personales.

Lucy es una profesional en el arte de buscar pareja. Un elemento que el guion explora al inicio, desde su ángulo más frívolo. Por lo que, al principio, la trama la muestra como una hábil negociadora de virtudes y defectos de sus clientes. Paso a paso, el personaje deja claro que el argumento trata más acerca del negocio del amor y de las citas, que un giro romántico tradicional. Una decisión que permite que el argumento vaya de la risa fácil — la película es realmente graciosa — a momentos conmovedores. 

Materialistas

Materialistas es una comedia romántica, que utiliza los giros habituales del género para explorar en el amor contemporáneo. De modo que va desde la ambición al romance idílico, pasando por el complejo mundo de las aplicaciones de citas. Pero Celine Song elige profundizar en su historia desde ángulos poco comunes. Lo que brinda a Dakota Johnson, Pedro Pascal y a Chris Evans la oportunidad de dar complejidad a sus personajes.

Puntuación: 5 de 5.

Una comedia romántica que, en realidad, es otra cosa 

Celine Song no se contenta con reproducir la fórmula de siempre en el género. En lugar de seguir la sombra de cintas como Tienes un e-mail (1998) o Notting Hill (1999), opta por sabotear la burbuja. Si en los noventa la magia del amor florecía entre librerías y correos electrónicos, aquí surge entre aplicaciones de citas de lujo y conversaciones de post-cena con el contador. Lo que aparenta ser una comedia romántica se despliega como un ensayo disfrazado de cuento glamuroso. Por lo que reflexiona sobre el cruce entre capital y cariño, sobre si el amor se puede permitir o simplemente se puede pagar.

Debido a eso, la etiqueta de RomCom no es suficiente para definir a Materialistas. La directora y guionista, construye una trama que juguetea con los tropos clásicos — la protagonista indecisa, los dos pretendientes con atributos opuestos, la ciudad como tercer personaje — , pero les quita el azúcar y los viste con ironía. Mucho más, permite al argumento tocar puntos poco comunes en historias semejantes. Por lo que la película muestra el fracaso amoroso, el desánimo e incluso, la desesperanza. Eso, con tanta complejidad como se esfuerza por mostrar que, a pesar de todo, el amor puede sobrevivir. 

Lucy trabaja para Adore, una empresa que se encarga del negocio de buscar pareja de forma corporativa. En especial, se asegura que el alma gemela cumpla con criterios tan fríos como una hoja de Excel: altura, patrimonio, atractivo, carrera. Lo que en la saga Bridget Jones era adorablemente caótico, aquí es pulido y calibrado. Adore no es Tinder, pero actúa como una boutique exclusiva del romance. Pero es menos deslizar en busca del match y más, entrevista de trabajo con velas. Este universo brilla porque es absurdo, y no obstante, es extrañamente reconocible.

Un homenaje al género en ‘Materialistas’

Sin embargo, Celine Song no cae en la caricatura fácil. Las referencias al universo de Jane Austen y Edith Wharton no son casuales. Al igual que las autoras, la directora entiende que el amor está condicionado por las estructuras sociales, pero también por las ilusiones personales. Lucy no es una heroína romántica tradicional. Su trabajo le permite ser testigo del romance a la medida. También, la muestra como víctima de su lógica. Su sueldo es modesto, su juicio agudo y sus propias decisiones sentimentales, un reflejo de las contradicciones que predica. En ese juego, el corazón no siempre gana.

Dakota Johnson brinda una singular combinación entre humor corrosivo y una vulnerabilidad realista a Lucy. Algo que hace que su personaje sea mucho más tridimensional que otros del RomCom reciente. Chris Evans, que muchas veces ha funcionado en piloto automático, encuentra aquí una veta más interesante: la del hombre bueno, pero sin glamour, sin fortuna y sin brújula.

Pedro Pascal, por otro lado, interpreta a su personaje como si fuera el James Bond del Upper East Side: encantador, acaudalado y dispuesto a comprometerse. Sin embargo, el intérprete logra que, entre tanto brillo, se haga evidente la trampa. A pesar de su atractivo, el personaje se vuelve progresivamente cruel. Lo fascinante es cómo la directora no lo glorifica ni lo condena: lo examina, lo expone y lo deja en manos del espectador.

Un final acorde con los tiempos para ‘Materialistas’

Materialistas no ofrece una moraleja fácil ni un final con fuegos artificiales. No hay un paseo en globo aerostático ni un beso bajo la nieve. En cambio, lo que queda es una pregunta incómoda acerca de si el amor contemporáneo puede volver a ser alguna vez desinteresado. La película no juzga a Lucy por su ambición ni a sus amantes por sus chequeras: simplemente muestra cómo la seducción ha sido secuestrada por la lógica de mercado. El amor ya no es lo que solía ser. O quizás nunca lo fue.

El clímax de la historia no se apoya en una gran revelación, sino en una acumulación de pequeños gestos, miradas y confesiones honestas. La estructura clásica del “elige a uno” se subvierte cuando te das cuenta de que la elección no garantiza el desenlace feliz. ¿Quién quiere estabilidad si viene con aburrimiento? ¿Quién elige pasión si viene con precariedad? El guion no da respuestas; sugiere preguntas. 

De modo que se disfraza de comedia elegante, pero contiene dentro una tragedia moderna. Su principal virtud es cómo logra mantener un equilibrio entre el espectáculo visual — la ropa, los departamentos, los gestos perfectos — y la desnudez emocional que subyace bajo esa fachada. Una película estupenda para románticos, que, en realidad, no lo son tanto. 


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