Al contrario de lo que muchos puedan pensar, la fascinación por los autómatas la hemos tenido desde hace miles de años; al menos, desde que la escultura del dios Osiris lanzaba llamaradas por los ojos en el Antiguo Egipto con un sistema manual. Hoy en día, después de diversas creaciones particulares de cada siglo y a partir del veinte, nuestros autómatas son los robots electrónicos que poseen cierto grado de autonomía, pero los más conocidos por la difusión de la literatura y el cine son los que tienen apariencia humana, es decir, los androides. Y una de las últimas muestras de esta fascinación es la serie Humans, con la que Jonathan Brackley y Sam Vincent han adaptado la sueca Real Humans (Lars Lundström, 2012-2014) para la AMC desde 2015

Su historia de ciencia ficción se centra en lo que podría suceder si, en una sociedad robotizada cercana en el tiempo a la actual, se produjese la singularidad tecnológica, esto es, la aparición de una inteligencia artificial capaz de automejorarse de manera infinita y de sobrepasarnos así en todos los sentidos como especie, qué es lo que traería su interacción con nosotros y a dónde nos podría conducir el miedo a que sus individuos robóticos pretendan y consigan dominarnos, un peligro que constituye la base de otras ficciones archiconocidas sobre el asunto, como la saga cinematográfica iniciada con Terminator (James Cameron, 1984). Y esto ocurre en un entorno social con los androides no conscientes, los sintéticos, al completo servicio de los seres humanos, sea en labores mecánicas, de atención al cliente o en el hogar e incluso para satisfacciones sexuales.

humans serie amc
AMC

Sin embargo, la perspectiva de Humans es menos épica o filosófica que en filmes como Metrópolis (Fritz Lang, 1927) y los dos largos de Blade Runner (Ridley Scott y Denis Villeneuve, 1982, 2017) o la serie posterior Westworld (Jonathan Nolan y Lisa Joy, desde 2016), y más intimista; la introspección de los androides con autoconsciencia está más enfocada a comprender quiénes y cómo son ellos mismos, el lugar que ocupan en el mundo y qué lazos emocionales pueden concebir entre sus congéneres y con la humanidad, y si esto es posible o el futuro resulta ominoso. Y aquí se dan cita la problemática de las personas que pierden su trabajo al ser sustituidas por las máquinas, la enérgica oposición de los reaccionarios antitecnológicos que se nutre de ello y las comprensibles reservas de los humanos ante una nueva forma de vida inteligente y sus aspiraciones, cuya legimitidad está en tela de juicio.

Por supuesto, hay mucho de las predicciones reales y de la obra literaria del escritor ruso-estadounidense Isaac Asimov en Humans, y que su nombre se utilice con elocuencia para designar un componente robótico lo confirma: desde la servidumbre de los androides y el rechazo casi visceral que ocasionan a multitud de gente como en sus relatos cortos y en la novela Las bóvedas de acero (1954), las reivindicaciones sobre su estatus de derecho legal como en el cuento El hombre bicentenario (1976) o las polémicas relaciones amorosas y sexuales de los seres humanos con ellos como en Los robots del amanecer (1983) y Preludio a la Fundación (1988). Pero la diferencia fundamental de la serie con la esencia de la robótica en los libros de Asimov es que los androides autoconscientes siempre procuran el bien de la humanidad y el respeto a las tres leyes que les impiden dañarles de ningún modo, y no les interesa otra cosa.

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A día de hoy, cuando con los avances tecnológicos se quiere dejar la agricultura o la cocina a robots, cuando se ha conseguido que la inteligencia artificial que diagnostique precozmente el cáncer de mama y prediga enfermedades cardiovasculares o, atención a esto, que posea determinadas capacidades intelectuales de un niño y que le sea posible aprender por sí misma de manera autodidacta, y cuando se postula que podría incluso elaborar una cultura propia y se aspira a su fusión con el cerebro humano, es perfectamente lógico que se despierte la curiosidad por ello y que se realicen series de televisión como Humans. Por lo pronto y lo que supondría un paso previo a lo que nos muestra esta ficción, se ha logrado un modo de dotar a las máquinas de emociones sintéticas. Siendo así, ¿qué nos deparará el futuro?