Con el estreno de Alien: Romulus, la importancia de la saga de la que forma parte, toma una nueva importancia. Después de todo, en 1979, Alien — El octavo pasajero, de Ridley Scott, deslumbró. No solo por ser una historia de terror ambientada en el espacio — que ya sería un buen punto —, sino por su criatura. Sin nombre u ojos, el diseño del monstruo intergaláctico inmortalizado en la cinta, era todo innovación. También, un paso en firme a una dirección por completo nueva de la ciencia ficción basada en criaturas intergalácticas. Ya no se trataba de una exploración caricaturesca sobre el espacio profundo, como popularizaron cintas clásicas del género en su década dorada de 1950. Ahora, apuntaba a una mirada terrorífica al cosmos inexplorado. Todo eso, a través de la imaginación del artista suizo H. R. Giger.
En la primera entrega de la saga Alien, la criatura — ya por entonces, denominada xenomorfo — dejaba a su paso más preguntas que respuestas. El guion de Dan O’Bannon apenas mostraba su ferocidad, pero sin añadir demasiado a su misterio. Por lo que interrogantes acerca de su lugar de origen, evolución e incluso, algo tan básico como una manera de detenerlo, permanecían en el misterio. Lo que convertía a la cinta, en una historia de terrores basados en la capacidad de la aterrorizada tripulación del U.S.C.S.S. Nostromo para reaccionar. Poco a poco, la entidad mostraba su poder, basado en una ferocidad imparable y un ciclo de vida asombroso. Lo que la convertía en un enemigo formidable contra cualquier arma y maniobra.
De hecho, Dan O’Bannon diría después que uno de los requisitos del argumento, era un total desconocimiento acerca de la criatura a bordo de la nave galáctica. Por primera vez, los seres humanos tenían todo que perder en medio de una batalla a ciegas contra una bestia que cumplía un ciclo biológico muy puntual. Se reproducía para matar y a la vez, mataba para reproducirse. Lo que convirtió al xenomorfo en una criatura a mitad de camino de un animal y un ser inexplicable. Mucho más, en la demostración que la exploración intergaláctica podía ser un paraje de pesadilla.

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Lo que muestra ‘Alien — El octavo pasajero’ de su criatura

Para la primera película de la franquicia, el guion se enfocó en que la cinta fuera algo más que body horror, que, por supuesto, era parte del argumento. Pero más allá de eso, la intención de O’Bannon y el director Ridley Scott, era dar un sentido pesimista, decadente e industrial a la exploración del espacio. Muy alejada de las épicas pulcras o las grandes gestas galácticas, Alien — El octavo pasajero, mostraba una tripulación cansada y cínica. Sin otro propósito que cobrar por su trabajo, los viajeros del Nostromo eran expertos técnicos, más que soñadores o científicos.
Para expresar esa idea en su criatura, Ridley Scott contrató al suizo H. R. Giger, al que había conocido gracias a su obra Necronomicón IV y V., adaptación del libro ficticio de H.P. Lovecraft. El dibujante e ilustrador, tuvo libertad absoluta para plantear su idea, por lo que proyectó una serie de sus obsesiones en el diseño. La criatura de Alien, tenía un cráneo alargado y fálico — lo que ha hecho correr ríos de tinta sobre su simbología — un cuerpo alargado y una probóscide de doble dentición. También, una dura y reluciente piel de silicio. Además, de sangre con cualidades corrosivas. Lo que convierte a la entidad en virtualmente indestructible.
Más aterrador, es su sistema reproductivo. Lo que comienza como un espécimen parasitario — denominado facehugger por la misma mitología del universo — cubre la cara de la víctima e inoculan un embrión xenomorfo. Una vez que lo logra, cae y muere, lo que le convierte en simple vehículo para el desarrollo de la especie. Todo lo anterior, se mostró en la primera película de la franquicia y quedó establecido como parte del contexto que se relaciona con la criatura.
La reina en ‘Aliens: el regreso’

Para la segunda parte de la franquicia, el director y guionista James Cameron, complicó un poco más todo lo relacionado con el xenomorfo. Si la cinta original basó su efectividad en mostrar muy poco a su criatura — en esencia, por limitaciones de presupuesto — la segunda hizo todo lo contrario. También, con mayores recursos que usar, Cameron decidió explorar mucho más en la naturaleza de la criatura.
En esta ocasión, se trataba de todo un nido de xenomorfos. Lo que permitió al guion explicar algunas características de su naturaleza. Por un lado, la reproducción dependía de una serie de huevos — como se mostró en la película inicial — pero estos debían ser producidos por una reina. Esta última, una criatura más grande, robusta y con una cabeza amplia que terminaba en una elaborada ornamenta.
El nido, era construido con resina biológica, un fluido transparente que exuda la criatura. Al endurecerse, permite inmovilizar al posible huésped que engendrará al xenomorfo luego que el facehugger abandona el huevo. Lo que implica que las criaturas tienen la capacidad de construir sus propios refugios a partir del instinto biológico de la reproducción.
Una nueva especie de entidad para ‘Aliens 3’

En la tercera parte de la saga, la criatura termina por reproducirse dentro de un perro, lo que da un aspecto distinto y nuevos movimientos. También descubre una nueva capacidad: el denominado ADN reflect. Este último es la capacidad del organismo para adaptarse a cualquier genética y así, crear una criatura por combinación de una y otra.
Este es un punto que se explotará en adelante y que, de hecho, es esencial para comprender no solo la siguiente parte de la saga, sino también, las precuelas. En las tres películas, se explora tanto el origen del xenomorfo como las consecuencias que esa flexibilidad de su código genético para adaptarse a otros, es lo que, al final, la distingue de otras criaturas.
El intercambio genético en ‘Alien: la resurrección’

En esta película de Jean-Pierre Jeunet, el ADN reflect toma un lugar preponderante. Eso, luego que Ellen Ripley (Sigourney Weaver), sea clonada con material genético de un xenomorfo. Lo que le permite no solo acoger a una reina (que es extraída de su pecho, en las primeras escenas de la película), sino también, obtener características de la criatura. Ripley conserva su forma humana, pero es más fuerte, rápida y tiene sangre corrosiva como la criatura alienígena.
Por otro lado, la reina que logró crear en su cuerpo, adquiere la capacidad de engendrar con un útero humano. Lo que la lleva a engendrar un xenomorfo con aspecto antropomórfico y por primera vez en la saga, con ojos. Lo que evidencia la capacidad del Alien para mezclar su poderosa biología con otras criaturas del cosmos. ¿Un dato curioso? La película que muestra que además de todas sus capacidades físicas, el xenomorfo también puede nadar.
El origen de xenomorfo en ‘Prometeo’ y ‘Alien: Covenant’

Las precuelas — ambas dirigidas por Ridley Scott — exploran con cuidado todo lo relacionado con el posible origen del xenomorfo. En Prometeo, se sitúa en el planeta LV-223. En este territorio desconocido, los llamados Ingenieros — creadores del ser humano —, lograron crear — o eso se deduce — a una criatura en forma de huevo.
No obstante, la evolución real ocurre cuando esta, mezcla sus genes con un ser humano, debido a la experimentación de David (Michael Fassbender). Lo que provoca que, a su vez, la doctora Elizabeth Shaw (Noomi Rapace), termine por concebir una entidad con genes antropomórficos y de un espécimen desconocido.
A su vez, la criatura resultante, mezclará sus genes con uno de los Ingenieros, lo que, al final, terminará por crear al primer xenomorfo, tal y como lo conocemos en Alien — El octavo pasajero. Por otro lado, en Alien: Covenant, es posible ver cómo la especie se multiplicó hasta convertirse en toda una raza que después asoló a otros planetas y regiones del cosmos. Tema que Alien: Romulus, recuperará.

