Una de las escenas más aterradoras y recordadas del género del terror, no incluye monstruos, apariciones escalofriantes o asesinatos brutales. Solo el primer plano de un niño temblando de miedo a punto de hacer una confesión. Cole Sear (Haley Joel Osment) mira a la cámara y el director M. Night Shyamalan, mantiene la imagen estática. Poco a poco, los ojos del pequeño actor se llenan de lágrimas. Entonces llega la frase que haría historia en el séptimo arte. “Veo gente muerta”, explica a un aterrorizado Malcolm Crowe (Bruce Willis), que le escucha atento junto a la cama.
La secuencia entera pasó a la historia del cine y por más de una razón. Por un lado, la cinta logró una proeza que todavía se recuerda con cierta nostalgia. En una época anterior al hipercomunicación y a las filtraciones constantes en filmaciones, El sexto sentido logró guardar su mayor secreto con cuidado. Mucho más, lo convirtió en el motivo principal para acudir al cine. Eso, 39 años después que Alfred Hitchcock consiguiera el mismo efecto con Psicosis.
Al otro lado, lograr alzarse con una inesperada y merecida nominación al premio Oscar como Mejor película. Lo que le permitió entrar al selecto grupo de las muy escasas películas del género que pueden presumir de semejante honor. Pero más allá de tratarse de un éxito considerable, se trataba también de un reconocimiento que exploró en las muchas virtudes de la cinta. Desde su desatacado apartado visual, hasta su sensible guion. Lo cierto es que El sexto sentido es mucho más que su capacidad para aterrorizar y emocionar.

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Una sorpresa para el final del milenio

Para 1999, estaban ocurriendo varias cosas de interés en el cine. En una extraña confluencia de situaciones, acababa de estrenarse en Sundance, El proyecto de la bruja de Blair de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick. La cinta, se convertiría en emblemática del género. Pero a la vez, despertó de nuevo el interés el terror, de capa caída durante la década de los ochenta. También revitalizó la idea que las historias espeluznantes podían ser algo más que una colección interminable de escenas sangrientas y explícitas.
Pero en el caso de El sexto sentido, su importancia excede solo el aporte de una trama compleja, que no solo se basa en sobresaltos, aunque los hay. La historia del jovencísimo director y guionista, no se basaba solo en apariciones o en la capacidad de su niño dotado por una escalofriante capacidad para funcionar. En realidad, todo el argumento profundizaba en la profundidad necesidad del ser humano de ser escuchado y comprendido.
Una nueva forma de ver el terror

Lo que permitió a la película funcionar en dos niveles distintos. A un extremo, como la clásica película que profundiza en el tropo de las apariciones y fantasmas. De hecho, El sexto sentido tiene el raro honor de incorporar a su argumento un raro tipo de perspectiva sobre la vida después de la muerte. Alejada de la religión, los terrores colectivos o las explicaciones filosóficas, los fallecidos que aparecían en la cinta, tenían mucho de ser únicamente figuras trágicas.
Cole, que podía verlas, lo deja claro en varias oportunidades del argumento. Los muertos no saben que lo están, puntualiza en uno de los parlamentos más dolorosos y duros de la película. En el peor de los casos, están atrapados en situaciones que le superan, les aíslan y al final, les convierte en recuerdos eternizados de situaciones dramáticas. A diferencia de obras como Al final de la escalera (1980) de Peter Medak, los fantasmas de M. Night Shyamalan eran terrores sin sentido, rumbo o propósito.

Lo que hacía al don de Cole — la habilidad de comunicarse con los fallecidos — una trampa y una bendición. Podía comunicarse con los espectros, escucharles y hacerse escuchar. Pero eso le convertía en una especie de faro en la confusión de la muerte. En un niño destinado a ir por el mundo, consciente y aterrorizado por todo tipo de apariciones, espectros y horrores.
El principal tema de ‘El sexto sentido’

No obstante, a pesar de todo lo anterior, el principal punto de El sexto sentido, no era el miedo. Era el aislamiento, el dolor y el trauma, todo en el paquete interesante de una película de terror tensa y contemporánea. Cole, necesitaba explicar lo que podía ver, pero no sabía cómo hacerlo y a quién. Lo mismo ocurría con Malcolm, en medio de una aparente crisis matrimonial, para la que no tenía respuesta a pesar de sus conocimientos de psiquiatría.
Más doloroso aún resultaba la distancia entre Cole y su madre (una formidable Toni Collette), que intentaba proteger a su hijo, sin saber qué lo lastimaba exactamente. Todos los personajes mostraban el sufrimiento de encontrarse solos, confusos y heridos por sus respectivos traumas, de una forma natural y directa que sorprendía. Para cuando cada uno de ellos recibía la respuesta que ansiaba con desesperación, la película abandonaba los códigos del terror para explorar el drama.

Lo que le permitió ser más profunda que un simple vehículo de miedo o su capacidad para asustar. El sexto sentido, era una película sobre la complejidad del trauma emocional, que a la vez, profundizaba en la reconciliación. Entre ambas cosas, la cinta era una hermosa visión acerca del bien y del mal de nuestra época, llevado a un terreno casi poético que sorprendió y conmovió al público.
Un secreto bien guardado

A la distancia de veinticinco años, todavía resulta impactante la manera en que El sexto sentido guardó su principal secreto. A saber: que Malcolm estaba muerto y que Cole, lo aceptó con naturalidad y cierto pesimismo. Pero, es la tensión que genera este giro por entonces imprevisible, lo que resultó impactante, conmovió e incluso aterrorizó al público. No digamos a la crítica especializada, que consideró a la cinta la resurrección del cine de terror de la época.
Lo demás, es historia. Convertida en un éxito taquillero, también alcanzó el logro de una nominación al Oscar a Mejor película. Lo que la hace parte del selecto grupo que integra El exorcista de William Friedkin, Tiburón de Steven Spielberg y El silencio de los corderos de Jonathan Demme. Pero a diferencia de todas las anteriores, El sexto sentido es mucho más que terror puro. Es, también, un alegato sobre el corazón humano, que sobrevive a la muerte y al final, es la única posibilidad que tiene la conciencia de liberarse del dolor. Un mensaje particularmente profundo para una de las grandes obras de terror del mundo del cine.

