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Noelia Adánez (escritora): “Las mujeres han recibido el mandato del silencio”

- Sep 23, 2019 - 9:00 (CET)

Ficha del entrevistado

Noelia Adánez

Doctora en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM y MBA en gestión de Instituciones y Empresas Culturales por la Universidad de Salamanca.

Gestora cultural, narradora y comunicadora de oficio. Co-autora de los monólogos teatrales Emilia y Gloria, producidos por el Teatro del Barrio, ha participado en iniciativas como el colectivo Contratiempo o la editorial de libros escritos por mujeres Recalcitrantes.

Actualmente, su trabajo se centra en la literatura y lo audiovisual y el texto y sus derivas escénicas y acaba de publicar el ensayo Vivir el tiempo: mujeres e imaginación literaria (Edicions Bellaterra).

El fulgor que atraviesa los visillos revela el rostro amable y elegante de Noelia Adánez, que nos acoge con una sonrisa, gafas puestas y volúmen en mano, haciendo lo que más disfruta, leer. Entre libros se pierde en la memoria de las escritoras del medio siglo, cuya voz fue secuestrada por los anales de la historia, para tender la suavidad de su mano a aquellas mujeres que buscaron rasgar sus ceñidas hormas a través de la literatura.

Vivir el tiempo: mujeres e imaginación literaria (Edicions Bellaterra), recoge algunas de esas voces robadas de la historia en un vademécum que invita a atravesar los umbrales del manantial de la memoria.

Este ensayo es un reconocimiento al relato de las mujeres que nos antecedieron, y empieza precisamente con una alegoría enmarcada en tu propio recuerdo. ¿Por qué es importante recuperar la memoria de las mujeres?

La publicación de este libro coincide con que se ha hecho público hace muy pocos días un proyecto audiovisual en el que han participado dos universidades, la de Exeter y la de Barcelona, y que ha financiado la Fundación Santander, donde se habla precisamente en esos términos de recuperar la memoria de las mujeres.

Sin embargo, lo que yo he intentado hacer con este ensayo no es recuperar la memoria de todas y cada una de las mujeres, porque eso es algo sencillamente imposible, sino hablar de algunas mujeres que fueron olvidadas y cuya memoria es importante recuperar precisamente porque fueron olvidadas, que puede parecer de perogrullo, pero no lo es. Hay mujeres en la historia que no han sido olvidadas. Pilar Primo de Rivera no es una mujer olvidada de la historia y, sin embargo, en este proyecto al que aludo se la ha incluido, y se la ha incluido con el estatus de olvidada, cuando no lo ha sido. Las mujeres con las que yo he trabajado en este ensayo sí lo han sido.

Además, las dos escritoras en torno a las que centro más la reflexión (Dolores Medio y Concha Alós) fueron dos perdedoras de la guerra civil, porque eran dos mujeres de filiación política republicana. De manera que, si en general en el marco de la dictadura para las mujeres la vida no fue fácil, y escribir menos aún, para las que habían sido republicanas y perdieron la guerra fue más duro. Su trabajo no era solamente el ejercicio de resistencia a un modelo de mujer que comporta el hecho de la escritura, sino que además escribían para difundir una determinada versión de lo que había sucedido en España, y de lo que estaba sucediendo, que era una visión crítica con la versión que se imponía desde las instituciones del régimen franquista.

Hay que tener cuidado con qué memorias se rescatan, porque en este país hemos convivido con un relato oficial que ha rescatado una memoria muy concreta, la de los vencedores, y ha tendido a ocultar de la escena la memoria de los perdedores y, en este caso, de las perdedoras de la guerra. Es importante restituirles el papel que tuvieron, es una cuestión de justicia histórica y también de justicia transicional.

¿Es por eso por lo que has escogido a esas autoras en concreto?

Yo creo que sí, porque la nómina de escritoras de la generación del medio siglo de las que nadie se acuerda es grande, no son solo Dolores Medio y Concha Alós, hay más. Algunas también las menciono en el ensayo, como por ejemplo Carmen Kurtz, Elena Quiroga o Mercedes Salisachs. Luego están las que conocemos todos y todas, aunque solo sea de nombre, Carmen Laforet, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite o Josefina Aldecoa. Son muchas escritoras.

Decidí quedarme sobre todo con estas dos porque eran mujeres republicanas que escribían desde la conciencia de ser perdedoras, con todo lo que eso implica, y que volcaron en su escritura su condición de activistas, adhiriéndose además a la corriente literaria del realismo social, es decir, tratando de hacer testimonio con lo que escribían. Dos mujeres republicanas, ambas maestras, que habían tomado la decisión, muy arriesgada en la época, de dejar de enseñar para dedicarse a escribir, que tuvieron mucho reconocimiento, tanto público como de la crítica, y ninguna de las cuales tuvo hijos, o sea que también tomaron una serie de decisiones que solo las mujeres toman. Había un cierto paralelismo en las vidas de ambas que me hizo querer ir hacia ese lado, podían aparecer en el ensayo otras escritoras, que aparecen, pero el protagonismo lo iban a tener ellas dos.

En el prólogo haces un pequeño repaso a las reivindicaciones históricas de las mujeres, pero dices que el pasado no está para que nos comparemos con él. ¿Desde qué lugar debemos conversar con el pasado?

Desde el extrañamiento. Tendemos a establecer comparaciones con el pasado en términos de progreso, es propio del modo en que se conceptualiza el paso del tiempo desde la Ilustración hasta nuestros días. Cuando lo hacemos así, generalmente, lo que sentimos es o que hemos progresado mucho, lo cual suele ser una falacia, o que no hemos progresado lo suficiente. Estamos todo el tiempo con una normatividad histórica que no corresponde.

Con el pasado lo que hay que entablar es un diálogo, en el que hay que partir de esa premisa, del extrañamiento. Lo que sucedió antes siempre nos va a sorprender. Si nos sorprende lo que pasa cada día, cómo no nos va a sorprender lo que sucedió hace 50 o 60 años en España. Es desde la sorpresa desde donde hay que entablar ese diálogo con el pasado, porque lo otro es muy normativo y sirve para constatar cosas que presuponemos. Tenemos una relación con lo histórico, en ese sentido, muy poco fértil, porque miramos hacia atrás para justificar algo que estamos haciendo en el presente, generalmente malo. Es mejor no mirar hacia atrás con ese propósito, sino hacerlo de una manera más prospectiva, “voy a ver qué hay allí”.

Cuando yo empecé a leer a las escritoras del medio siglo aluciné, porque para mí ese mundo era un mundo desconocido, y durante mucho tiempo no quise leer textos especializados, históricos, sobre esa generación porque preferí tener mis propias sensaciones. Es cierto que yo soy una persona que tiene formación en historia, tampoco el siglo me era desconocido y además me acercaba desde una polémica historiográfica muy concreta que tiene que ver con la memoria histórica, pero creo que el pasado está para que lo interroguemos, no para saber si estamos mejor o peor, sino para comprenderlo y, de alguna manera, también comprendernos a nosotras mismas.

Háblanos un poco de la “chica rara” que encontramos a lo largo de la obra de Dolores Medio. ¿Qué tipo de mujer representa? ¿Qué busca reflejar la autora a través de ese tipo de mujer?

El concepto lo empleó Carmen Martín Gaite por primera vez. En la novela de Medio (Nosotros, los Rivero) que está disponible sin censura, gracias a que Ángeles Caso la ha editado hace apenas un año y medio, hemos podido ver las circunstancias de esta chica rara en toda su amplitud, porque en las versiones que existían hasta entonces veíamos a Lena Rivero, pero no del todo, no como la concibió Dolores Medio.

¿Qué es la chica rara? Pues Lena Rivero es un paradigma de eso. Es una mujer que vive de una manera intensa las contradicciones que comporta quererse revelar contra un mandato social, institucional, que le dice que tiene que hacer unas determinadas cosas porque es una mujer y que, a su vez, le recuerda que es una mujer porque tiene un condicionante biológico, que es el poder dar vida, el ser madre. Todo lo que tiene que ver en esa época con la condición de mujer está muy relacionado con la maternidad, de ahí la obsesión de la Sección Femenina por ser un proyecto institucional pedagógico en el que las mujeres se entrenen en la transmisión de determinados valores a otras mujeres para que estas, a su vez, hagan de las mujeres que vendrán después el mismo tipo de mujer.

Lena Rivero, como tantas otras chicas raras, es una mujer cuyos impulsos vitales no encajan para nada con el mandato del régimen. Entonces, toda su vida, sobre todo en el contexto de la República y durante los guerra, es un intento por encontrar los subterfugios y los lugares en los que ella pueda tener un desarrollo autónomo de un mandato que percibe claramente como hiriente y opresivo, que le causa un extraordinario sufrimiento.

La obra de Concha Alós está manifiestamente atravesada por lo fisiológico. ¿Cómo relaciona la autora la figura de la mujer con su condición física?

En el caso de Concha Alós y el tema de lo fisiológico, solo hay otra escritora en la que yo personalmente he sentido que tiene ese mismo peso, que es Carmen Laforet, y concretamente su primera obra y una de las más importantes, Nada. Creo que hubo mujeres que sintieron lo físico en aquella época de una manera distinta y peculiar por razones puramente históricas, especialmente el hambre de la guerra y, por supuesto, también las heridas de guerra en el contexto del conflicto.

El hambre, que está muy presente la novela de Laforet, está también muchísimo en una buena parte de las novelas de Concha Alós, en las que el hambre despierta una fisiología, unas sensaciones y un estado de conciencia de sus personajes, de los femeninos también, que no lo encuentras en ningún otro grupo de novelas o corpus literario. En el caso de Alós es desgarrador porque ella une a su existencialismo, a personajes que están muy colocados en una reflexión existencialista, lo histórico, lo inmediato, lo concreto, lo que les está sucediendo cada día, que es extremo y que afecta de manera directa al cuerpo. El hambre es mucho más que una sensación, es un dolor que remite a una carencia y, además, provoca un estado de postergación, no solamente del cuerpo, sino también del alma y, por supuesto, de la inteligencia, porque pensar con hambre o desnutrido es casi imposible.

Cuando me preguntabas al principio por qué razón habría que recordar a estas mujeres, es que no entendemos la guerra civil si no tomamos en consideración esto, y generalmente es algo que se pasa por alto. Todos sabemos que la guerra se cuenta de otra manera, la historia en general se cuenta atendiendo a otro tipo de cuestiones, y esto es vital porque esa experiencia va a marcar a varias generaciones de españoles, las heridas de guerra y el hambre.

Uno de los temas más significativos para las escritoras del medio siglo es la relación de la mujer con la palabra. ¿Por qué es algo tan relevante para ellas?

Porque las mujeres del medio siglo, y las mujeres hasta hace muy poco, reciben un mandato en sociedades convencionalmente patriarcales, que es el del silencio. Las mujeres tienen que hablar poco, ser discretas, por supuesto no chillar, no hablar demasiado, no hay nada menos elegante y menos sensual que una mujer que habla mucho, y si además hablan de temas importantes están fuera de su lugar, no es lo que les corresponde. La palabra es siempre, con relación a la mujer, un espacio de transgresión y cuando esta la usa tiene que tener todo tipo de cautelas, no puede hablar por hablar.

Entonces, las mujeres que toman la palabra, como hacen las escritoras del medio siglo y las chicas raras que ellas retratan en sus respectivas novelas, son ya en sí mismas transgresoras. Como decía Carmen Martín Gaite, tomar la palabra, escribir, es una manera de vivir el tiempo cuando el dictado fundamental del régimen franquista era que el tiempo estaba bloqueado. La dictadura es un bloque del tiempo, no hay futuro, no hay salida posible, no hay escapatoria para estas generaciones. Las mujeres que escriben buscan la manera de salir de ese bloqueo porque toman el tiempo. Si no escribes, dejas pasar el tiempo, lo dejas morir, y eso es morir también.

Precisamente otro tema que resulta fundamental es el paso del tiempo. Para las mujeres que viven en la otredad, el tiempo está fuera de su dominio en tanto que no son sino a través de otros. ¿Decidieron estas escritoras vivir su tiempo como una manera de compensar las vidas de aquellas mujeres que habían visto las suyas detenidas durante esos años?

No sé si es así, porque esta pregunta que me haces implicaría que estas mujeres hubieran tenido alguna clase de conciencia feminista, y del grupo de escritoras que yo menciono y que rescato en medidas distintas no hay, salvo Concha Alós, que sí que debió de tener a partir de un determinado momento, más en la década de los 70 y 80, una cierta conciencia feminista, ninguna que la tuviera.

Aunque tampoco el feminismo era algo que estuviera disponible. En los años en los que ellas escribían, estamos hablando de los años 50 y los años del desarrollismo, cuando escribieron más cosas y sus obras tuvieron más impacto, el feminismo no estaba disponible, por lo menos no para ellas.

Sus resistencias eran resistencias muy individuales. En realidad el único diálogo que existe entre ellas es a través de sus textos literarios y del corpus que queda después, que nosotras recibimos y con cuyo imaginario trabajamos. Pero ellas no hacen activismo con la palabra, lo que hacen es literatura, aunque, bajo mi punto de vista, la literatura no deja de ser una forma de activismo, sobre todo en un contexto dictatorial y opresor como fue la dictadura de Franco. Pero ellas, en primera persona, siempre te hubieran dicho que lo del feminismo no les tocaba, que no era su tema.

Carmen Martín Gaite incluso menciona eso mismo en una entrevista.

Piensa que estas mujeres venían de un fuerte descreimiento con la política, porque al final sí había calado un poco en la conciencia colectiva que la política era lo que había provocado la Guerra Civil, por eso nuestra democracia es tan desmovilizada desde el punto de vista de la cultura política ciudadana.

Son mujeres, en ese sentido, poco políticas de partidos y lo del feminismo, que llegó a España organizado ya en forma de partido político, no creo que fuera una cosa que les interesase, sin perjuicio de que sus vidas sean, desde un punto de vista de rescatar proyectos de vida feministas, ejemplares. Eran mujeres independientes políticamente, que trabajaron en lo que quisieron, que tomaron decisiones muy arriesgadas, que tuvieron varias parejas a lo largo de su vida, en un momento en España en el que eso no se contemplaba y que decidieron no tener hijos, renunciando también a la maternidad con un cierto grado de conciencia de lo que eso implicaba.

Como reflejas en el libro, la obra de muchas de estas autoras fue mutilada. ¿Cómo transformó sus relatos la censura?

De formas muy distintas, habría que ir viendo caso por caso. Por resumir mucho, no hay un patrón de censura durante la dictadura franquista, hay varios y van cambiando con el tiempo. Luego, dentro de los distintos patrones que hay, no hay un censor, hay muchos, y se deja al criterio de cada censor el modo en que aborda las obras que lee.

Hay que coger cada novela expurgada, reincorporar las palabras que le faltan y después emitir un juicio sobre esa novela concreta, o, si quieres, sobre un censor y su manera de trabajar con un determinado grupo de novelas a las que afectó o intervino. Hay consignas, y funcionan durante un determinado tiempo, pero luego en la ejecución es muy arbitrario.

En general se omitieron todas aquellas acciones que podían salirse del recato, de los personajes femeninos de las novelas de estas escritoras, todas aquellas acciones que se salieran del recato, que tuvieran algún tipo de contenido o carga sexual, en las que una mujer pudiera tener algún tipo de iniciativa política y expresarla en términos propios de la época, se censuran, o se pide la sustitución de esos términos.

Lo más grave, que, por ejemplo, con Nosotros, los Rivero sí se ve, es cuando se pide la supresión de partes enteras, porque eso es otra novela. En el caso de Nosotros, los Rivero, que es una novela muy reeditada, la novela entera es otra, que no tiene nada que ver con la versión que se ha estado leyendo en España durante décadas. En este caso se eliminan partes enteras, ya no es matiz, no es sutil, no es haber pasado por el tamiz del lenguaje de la dictadura el de la propia autora, es haber mutilado literalmente una novela, lo que la convierte en otra cosa distinta.

En el caso de las escritoras del ensayo, yo diría que todas fueron víctimas de la censura y, desgraciadamente, los libros que leemos hoy, que están muertos salvo alguna excepción, son libros censurados, no sabemos qué escribieron. Las versiones originales de estas novelas no están disponibles para el público, esto es un trabajo que está pendiente de hacer porque no se ha recuperado. Lo ha hecho Ángeles Caso con Nosotros, los Rivero y nosotros (la editorial Recalcitrantes) lo hicimos con Las hogueras. Pero todas las novelas fueron tocadas por la censura y como no se ha reeditado a estas autoras.

Desde aquí le quiero pedir a la Fundación Banco Santander que financie un proyecto en el que podamos sacar a la luz pública las obras completas de las escritoras de la generación de los años 50. Ya que tienen tanto interés en mujeres olvidadas y pioneras, que hagan esto, porque esto sí que está pendiente. Esos libros se han perdido para la historia, eso sí que está fuera de la historia, no existe, no lo podemos leer.

Para estas mujeres escribir fue “vivir el tiempo”. ¿Qué entiendes tú por vivir el tiempo?

Probablemente lo mismo que ellas. Tener una actitud activa con la propia vida, tener una actitud activa en lo político y activa en lo personal. No tener miedo.